lunes, 16 de febrero de 2026

Fragmentos de nada: un paseo por las nubes


La frase de Ivo Andrić en Un puente sobre el Drina, <<el pueblo solo recuerda y cuenta aquello que puede comprender y transformar en leyenda>>, me hizo pensar una vez más en un interrogante que me resulta al tiempo difícil y sencillo de responder. Pues ¿dónde situar los orígenes, si no al principio? Pero también me pregunto si a menudo el principio de cualquier avance se pierde en la desmemoria, en el olvido del que algunos nombres serán rescatados y otros no. Pensando en ello, recuerdo mi regreso a Porto tras varios años sin pisar sus calles. Ahora transformadas en tránsito de hordas turísticas entre las que me sabía parte. Pero ¿llevaba puesta la sonrisa que leía, no voy a decir que en la totalidad, pero sí en la mayoría de los rostros que antes o después acabarían pidiendo una francesinha, algún tipo de plato de bacalhau, unas natas o una cata de vinos en alguna de las bodegas del otro lado del río, en la no menos turística Gaia? Lo dudo, pero no voy a negar que me alegré de estar allí y no encerrado entre cuatro paredes, no porque prefiera los encierros al aire libre, sino porque la compañía de una persona me liberaba de mí mismo. Aparte de aquella lectura fisonómica y de aquella fuga acompañada, leí en el interior de la estación de São Bento, la que tiene más de 20.000 azulejos en los que se cuentan algunos fragmentos de la historia portuguesa, tal como su vasallaje en el s.XII a la corona leonesa, un vasallaje entre primos, nietos del mismo Alfonso VI que casó a Teresa y a Urraca con otros dos primos, Henrique y Raimundo de Borgoña, otra famosa tierra de vinos. La inscripción a la que me refiero conmemora la primera travesía aérea del Atlántico sur, la llevada a cabo por Gago Coutinho y Sacadura Cabral. En ese breve instante de lectura, me interese por su vuelo por etapas, que unía Portugal y Brasil. Me dije entonces que le dedicaría mayor tiempo cuando regresase a la monotonía de andar por casa. Y eso he hecho. Así pude descubrir que, para llevarlo a cabo con éxito, necesitaron tres hidroaviones, puesto que la travesía resultó problemática y exigió ese número de aparatos para completarla en once etapas, a lo largo de setenta y nueve días, en poco más de sesenta y dos horas de vuelo. Lo que no se cuenta son los otros nombres que participaron en la gesta, los anónimos que ya se han perdido para la historia, pero que sin ellos la historia sería otra, es decir, la conocida sería imposible. Esto sucede en todas las gestas y catares, indistintamente de su origen nacional y geográfico. Se pierden aquellos que no serán “cantados” como héroes, lo que me lleva a concluir que muchos de nuestros héroes no lo serían de no construirse su heroicidad sobre los hombros anónimos que los sostuvieron.


Con anterioridad, conocía la hazaña de Charles Lindbergh, que en 1927 cruzó en solitario y sin escalas el Atlántico, de Nueva York a París, y tenía constancia de la travesía de Ramón Franco, Julio Ruiz de Alda, Juan Manuel Durán y Pablo Rada en 1926, la cual se completó en siete etapas. Y también sabía que Amelia Earhart fue la primera mujer en lograrlo, en solitario y sin escalas, en 1932. Por supuesto, conocía la historia de los hermanos Wright, la que reduce a unas líneas en un libro de consulta o a unos pocos minutos de imágenes documentales. En realidad, la sintetizan para hacer hincapié en lo que se supone importa a la historia: su logro. Muchos otros fueron pioneros en la aeronáutica, pero el imaginario popular solo recuerda a los menos. Tres años antes, en 1919, John Alcock y Arthur Witthen Brown volaron sobre el Atlántico en un vuelo sin escalas que los llevó de Terra Nova (Canadá) a Irlanda en 16 horas, lo que los convertía en los primeros seres humanos en realIzar la travesía atlántica. En 1926, Ramón Franco, futuro hermano de dictador, Ruiz de Alda, futuro cofundador de Falange, el teniente Durán y el cabo mecánico Rada alcanzaban Buenos Aires en el Plus Ultra, que había partido de Palos de la Frontera (Huelva) para completar tras casi sesenta horas de vuelo, divididas entre los días 22 de enero y 10 de febrero de 1926, la primera travesía atlántica que unía España con América. Pero a quien popularmente más se recuerda es a Charles Lindbergh, que fue el primero en realizarla en solitario y sin escalas, tal vez con lo única compañía de una mosca que se negaría a cruzar el charco. El nombre de su aparato, The Spirit of Saint Louis dio título a la hagiografía realizada por Billy Wilder y protagonizada por James Stewart, quien en la realidad había sido oficial de la aviación estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Durante el conflicto bélico, el actor participó en una veintena de misiones sobre Europa. Además, en tierra, fue uno de los oficiales encargados de gestionar los ataques sobre las distintos objetivos a bombardear, lo cual, supongo, le generaría el conflicto entre la ética y el deber, un conflicto y un período de los que nunca quiso hablar en público. Pero esa es otra historia, la que me llevó a escribir estas líneas no trata de guerra ni de estrellas de celuloide, es la de los pioneros de la aeronáutica, la que sentí la necesidad de descubrir a partir de aquella inscripción portuense que me recordaba lo poco que sabemos y cómo nos empeñamos en reducir todo a nuestros pequeño radio de acción.


Pensando en la inscripción, me digo que no tiene la finalidad de recordar a las personas que nombra, ni al hecho que idealiza, sino la mítica del hecho; la simplificación de la persona convertida en héroe, es decir, los nombres funcionan no como la vía que nos lleve a los personajes y a su momento histórico, sino a la idea que conviene en el momento del homenaje, el cual sirve para hacer popular la leyenda y lo que esta pretenda. Es nuestro modo de limitar la historia, quizá sea el único que nos permita sentir curiosidad y simpatía hacia ella, porque es la que nos resulta cercana y familiar, pero también es la que omite más de lo que expone porque nos es más sencillo. De tal manera, recordar implica olvido, aunque no lo veamos, puesto que el olvido es la ausencia en el presente de uno de tantos fantasmas que fueron vida en el pasado. Por eso la memoria, la propia historia, la que damos por sentada, puede resultar engañosa, ya que da una idea que es aquí (en cada lugar propio) donde se producen los hechos y no en otros lugares donde también existen. Todos los lugares tienen su historia y suelen desconocer la de otros espacios ajenos a los suyos. En esto, el cine no es diferente, aunque llegase para ser un medio que acercarse al mundo las realidades de sus distintos lugares. Y no es diferente porque pronto cayó en la costumbre de seleccionar y crear los mitos y las leyendas a proyectar, que eran y son las que, si hablamos de industria cinematográfica, cumplen la finalidad de mayores ventas y que se adapten al gusto de la época, que no es el gusto que impone el público, aunque este sea culpable de aceptarlo, sino el que crean los distintos intereses y pensamientos dominantes. Aun así, quien busque, puede encontrar en el cine una ventana abierta a diferentes lugares y, por lo tanto, a diferentes historias, de ahí que se pueda descubrir la existencia de personajes como el protagonista de Hayao Miyazaki en El viento se levanta, de los soviéticos Valery Chkalov en el film homónimo realizado por Mikhail Kalatazov y el Andrei Tupolev de la pelicula “Poema de alas”, o del brasileño Alberto Santos Dumont en O triunfo de um sonho

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