lunes, 23 de febrero de 2026

Boda en el infierno (1942)


<<Divide y vencerás>> no era un dicho que entrase dentro de las ideas escogidas por la propaganda franquista para su campaña de desprestigio a la República, al contrario, el suyo sería algo así: <<engloba que conviene que la gente de a pie y la comunidad internacional se creen que todos los del otro lado son “rojos” y anticristos exaltados>>. Aún hoy, perdura tal idea entre un importante sector poblacional que no distingue entre anarquistas, sindicalistas, republicanos, burgueses, liberales y católicos, que de estos y de otros los había en ambos lados, socialistas moderados y radicales, comunistas, poumistas, catalanistas, nacionalistas vascos, galeguistas y aquellos que no presentaban más ideología que la de vivir (que también de estos había en ambos bandos). De algún modo, aquella propaganda funcionó igual que la de los otros, pues, popularmente, se tiene la idea de que todos los que estaban con los sublevados eran fascistas, sin matizar que también había una mezcolanza de ideologías no menor que la que presentaban los leales a la República y los que deseaban su revolución. La propaganda funcionó y seguiría funcionando después de la guerra; por ejemplo, haciendo “patria” en el cine bélico en películas como Frente de Madrid (Edgar Neville, 1939) y Sin novedad en el Alcázar (Augusto Genina, 1940).


Una vez sintiéndose amo y señor de España, el franquismo decidió que su principal enemigo, quizá el único que tenía en cuenta, era el comunismo. A la propaganda cinematográfica franquista de posguerra le quedaba su feroz anticomunismo y sintió la incontrolable necesidad de expresarlo. Y lo hizo sin el menor disimulo en varios films, quizá el primero en el que lo explicitó sin disimulo fue Boda en el infierno (1942), un film que contaba con el protagonismo de Conchita Montenegro, una de las actrices españolas más populares, en el papel de Blanca, y que Antonio Román, que ya había hecho propaganda en Escuadrilla (1941), su primer largometraje, llevaba a la pantalla a partir de la novela de Rosa María Aranda Sucedió en un puerto ruso. A Román no le convencía el título de la novela, así que decidió cambiarlo por uno más cálido y matrimonial. Pero no seria el único cambio. Junto a Pedro de Juan escribió el argumento y el guion, y contó con Miguel Mihura para que escribiese los diálogos. Tampoco es que estos sean el no va más, pero en algunos momentos se percibe cierto tono humorístico, que hace pensar en si Mihura no estaría riéndose de la historia a la que estaba aportando diálogos en ocasiones irrisorios. El resultado del invento se saldó con el primer Premio Nacional de Cinematografía, que tampoco es mucho decir a favor de una película a todas luces inferior en calidad a Rojo y negro (Carlos Arévalo, 1942) o cualquiera de las comedias de Rafael Gil, por señalar contemporáneos.


La historia propuesta arranca en Odessa, adonde la protagonista llega huyendo de un comisario político que la persigue desde Leningrado hasta Moscú y desde allí hasta la ciudad portuaria ucraniana donde ella entra a trabajar en una fábrica con nombre falso. Pero el destino precipita que ambos vivan un último encuentro en el que ella, para defenderse de quien quiere poseerla a la fuerza, toma un cuchillo y mata a su agresor. Solo puede huir y para ello le propone al capitán de un barco español que se case con ella; así podrá salir del país. Carlos, que así se llama el marinero, primero bromea ante la desgracia de la muchacha y después acepta, ya que solo se trata de un papel sin valor que a nada le compromete. Él tiene novia aguardando en Madrid, con quien piensa casarse <<de blanco, como hacen en los países civilizados>>. Así que, en París se despiden. Ella enamorada y él como si nada. Pero el destino, siempre empeñado en jugar con las vidas de los personajes, volverá a intervenir. Blanca triunfa en los escenarios como bailarina y su éxito la lleva a España, precisamente a Madrid, donde Carlos la observa junto a Marilín y comprende que a quien desea es a la exiliada rusa. Hasta aquí, Boda en el infierno es un dramón de chiste, pero la gracia llega después, cuando estalla la guerra y la oficialidad, con Carlos a la cabeza decide unirse a la rebelión y toman rumbo hacia la costa norteafricana. En ese instante, la marinería se opone. En ese instante, asoma el absurdo y la contradicción. El gesto criminal es el de los marineros, que resultan leales a la República, y el heroico pasa a ser el de los oficiales amotinados; siendo el colmo del asunto la amenaza de Carlos a la tripulación. En ese instante, pistola en mano, les advierte <<ya sabéis lo que puede costaros el sublevaros>>. El protagonista está acusando de su delito a la marinería, un sinsentido que asumieron los alzados, acusando de traición a todo aquel que no estuviese con ellos…

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