viernes, 29 de abril de 2011

El hombre que hizo películas del oeste

Cuando alguien preguntó a John Ford cómo se presentaría, éste contestó algo parecido a lo que sigue: "me llamo John Ford y hago películas del oeste" (claro está que no lo dijo en castellano). Sin embargo, hay que decir, que este director estadounidense de origen irlandés fue mucho más que un simple realizador de westerns, ya que él fue quien convirtió el género en uno de los más importantes de la industria hollywoodiense. Sus inicios en el cine fueron como actor y ayudante de dirección en la década de 1910, hasta que en 1917 debuta en la dirección. Así pues, nos encontramos con un director que inicia su carrera dentro del cine mudo (algo que le serviría en el sonoro para poder expresar sentimientos, situaciones o cualquier otra circunstancia sin tener que abusar de diálogos innecesarios), periodo en el que rueda cortometrajes y largometrajes (muchos de ellos inscritos dentro del western) que no han llegado hasta nuestros días. De esta época cabe señalar dos aspectos, el primero, su amistad con el actor Harry Carey (estrella del cine mudo) con quien colaboraría en más de una veintena de películas y sobre todo, su primer gran film, El caballo de hierro (1924) una epopeya que narra la construcción del ferrocarril que unirá el este de país con el oeste. Pero no es hasta el sonoro cuando Ford alcanza una merecida fama, prestigio y madurez creativa, es a partir de ese momento, cuando su cine se hace reconocible, con características propias y claramente autoral (aunque él no pretenda ese calificativo). Aparecen los espacios abiertos (preferiblemente el Monument Valley, al sur del estado de Utah); un humor característico, reflejado en las peleas, en las borracheras o en algunos de los actores de reparto que aparecen en la mayoría de sus films; prácticamente utiliza el mismo elenco actoral (John Wayne, Ward Bond, Henry Fonda, Anne Lee, John  Qualen, Victor MacLaglen y muchos otros); además, todas sus películas muestran una sencillez narrativa (algo muy difícil de conseguir) y una magnífica dirección actoral, así como cuenta con la colaboración habitual de guionistas, tales como: Dudley NicholsLamar Trotti o Frank S.Nugent que escriben unos libretos en los que los personajes tiene gran profundidad emocional y humana. 
Resumir en unas cuantas líneas la carrera artística de John Ford sería un imposible (y una estupidez) ya que su filmografía es rica y abundante, llena de obras maestras y de muy diversos contenidos. Pero, sin profundizar, citaré cuatro (supongo que, mientras escribo me doy cuenta, son mis favoritas). La diligencia (1939), película  considerada, por gran parte de la crítica, como el mejor western de todos los tiempos y que eleva un género menor, como lo era el western, hasta un rango que anteriormente no poseía. Y lo consigue ofreciendo unos personajes profundos, en una situación que muestra las relaciones que se producen dentro de una diligencia, un microcosmos que representa a una pequeña sociedad en la que los prejuicios salen a flote. Otro gran acierto reside en sus exteriores, rodados en Monument Valley, donde Ford volvería a rodar siempre que se le presentase la ocasión. El film optó a ocho premios Oscar, ganando el de mejor actor de reparto para Thomas Mitchell y el de mejor banda sonora, y convirtió a un semidesconocido (John Wayne) en una de las estrellas de Hollywood. El hombre tranquilo (1952) comedia costumbrista que le lleva a rodar en tierras irlandesas, circunstancia que le permite realizar una película vital y divertida, que nos muestra la llegada de un americano a un pueblo típico de la isla, cuya visión chocará con las costumbres de los lugareños. Centauros del desierto (1956), magnífica historia en la que dos hombres deambulan por un amplio territorio en busca de una niña secuestrada por los indios (pero que en realidad encierra un estudio profundo de los personajes). El hombre que mató a Liberty Valance (1962), rodada cuando la gran mayoría de los western carecían de interés (se repetían hasta la saciedad y cuyos personajes no eran más que meras caricaturas), fue entonces cuando volvió a surgir la figura de John Ford, ofreciendo su visión pesimista del final de una época, en la que quizá sea su mejor film. En El hombre que mató a Liberty Valance se encuentran reunidas gran parte de las características del cine fordiano, que se entremezclan con gran acierto entre la modernidad y el clasicismo, un camino que seguirán otros directores. Este hombre acusado por muchos de regirse por ideas conservadoras (algo que sus películas desmienten) y que se definió a sí mismo como realizador de películas del oeste, ganador de cuatro premios Oscar al mejor director: El delator (1935), Las uvas de la ira (1940), ¡Qué verde era mi valle! (1941) y El hombre tranquilo (1952) (¡vaya, ninguna es un western) se convertiría en uno de los más grandes directores de todos los tiempos y en un referente para muchos futuros realizadores.

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