jueves, 28 de abril de 2011

La iliada: un combate casi nulo


Por mucho héroe que llegó a ser, antes de correr con sus pies ligeros o de derrotar a Héctor a las puertas de Troya, Aquiles tuvo que aprender a gatear. Pero esta evidencia no la vi tan clara cuando era el adolescente que se puso a leer La iliada. Desistí a los tres días de iniciar su lectura, aunque no sentí derrota, tampoco decepción; sencillamente, cerré las tapas. Me había precipitado en mi enfrentamiento. No era rival para aquel poema épico ni para héroes ni dioses. Lo que por entonces necesitaba no era un gran combate literario, era foguearme en pequeños asaltos lectores que me permitiesen reveses, destrezas y capacidades para lecturas de mayor peso. En definitiva, comprendí que era mejor dejar su lectura, que acabar enfrentado a ella. Ya la retomaría cuando estuviese preparado o ella lo estuviese para mí. Entonces, sabría defenderme y podría atacar sus páginas y vencerla. Pero ¿a cuento de qué un adolescente que, hasta entonces, había primado el cine, la compañía de sus amigos y el pavoneo, de repente, decide combatir una lectura que durante tres días le hizo sufrir y sentir que podría morder el polvo?


La respuesta tengo que buscarla mucho antes, en un momento ya perdido, en alguien a quien no recuerdo, en algún lugar que no ubico. Fue ahí, en esos indefinidos, donde se produjo mi contacto con la mitología griega, la cual no deja de llamar la atención de cualquier niña o niño, puesto que aviva la fantasía que ya de por sí forma parte de la cotidianidad infantil. Aquel mundo mitológico donde existían y existen héroes que pretenden divinidad o que buscan vellocinos, caballos alados que eligen según su voluntad, ladrones de fuego, laberinto e hilos y deidades que disfrutan de nuestras pasiones e imperfecciones, entró en mi imaginación. A este gusto atemporal por lo fantástico vino a unírseme en complicidad una forma que me tentaba desde niño en una estantería, como si estuviera allí para mí, a la espera. Era un volumen de la épica atribuida a Homero, el aedo que cantaba en prosa leyendas cuyo origen oral se pierde en los tiempos para sobrevivir en la literatura homérica donde argivos y troyanos vencen el olvido, aunque parezcan en la arena o por su propia espada. Además, reconozco que pretendía iniciar una nueva etapa y en ella la lectura cobraba importancia vital. Así pues, acepté el reto. Abrí las tapas del volumen, que llevaba más de treinta años sin ser abierto. Supuse que también él sintió congoja al despertar, cuando notó que lo manoseaban, aunque, como ya apunto arriba, mi primera lectura de La Iliada no lo fue. Solo fue el intento que me obligó a posponerla, a reconocer en silencio que no estaba preparado para enfrentarme a su canto épico, cuyo estilo no me resultaba sencillo. Cerré aquellas páginas que creyeron volver a caer en el olvido otras tres décadas, pero, para mantenerla en guardia, le dije que no sería el fin de nuestra pelea, sino un paréntesis.


Seis o siete años después, vencedor de múltiples combates y derrotado y desilusionado en otros tantos, la lectura circulaba por mi sangre generando la adicción que me empujó a gastar mis duros en comprar una de aquellas colecciones que cada otoño poblaban los quioscos. Se titulaba "Historia de la Literatura" y constaba de cien libros de pasta dura, tono musgo y letras doradas, entre los que se contaban La Iliada y La Odisea. Pero la fidelidad hacía aquel viejo enemigo de tapas desgastadas, con quien había contraído una deuda literaria, me empujó a retomar la lectura homérica en sus páginas, si no ajadas, sí de cierta tonalidad amarilla que desvelaba su edad y quizá la sabiduría de otras manos y de otros ojos anteriores a los míos. La decisión estaba tomada, y resultó la acertada, aunque considero que leer la obra de Homero es un acierto, más allá de cuál sea su formato. Comencé por el primer cántico, pues no recordaba donde habíamos dejado nuestro combate.


Su lectura me atrapó e hice lo propio con sus paginas, pero sabía que cualquier resistencia por mi parte estaba condenada a lo fracaso. Página a página me hizo suya y, con un poder literario sobre mí, que no había sentido hasta entonces, me trasladó a la época de Helena, la de nívea piel y hermosura sin parangón, y de Menelao, el esposo de esa misma belleza que se dejó raptar por Paris, sin ser consciente de que acercaba el ocaso a una de las ciudades más florecientes de su tiempo. Ilion, ciudad inconquistable, protegida por muros inexpugnables y rodeada de miles de aqueos que la asediaban, se había convertido en un bastión defensivo en medio del campo de batalla donde Aquiles se negaba a luchar mientras su furia crecía imparable hacia el trato y los intereses del rey Agamenón. El de los pies ligeros consideraba injusta la postura del líder de los argivos, aunque su cólera se desataría tras la muerte de su amado Patroclo. Pobres troyanos, ignoraban la ira y la violencia que se les venía encima: la cólera de Aquiles, el héroe entre tantos héroes de un canto coral: sus dos Ayax, Héctor, Príamo, Néstor o ese Odiseo que apenas destaca en esta parte de la epopeya, pero que tendrá su momento de gloria en el poema épico al que presta su nombre. Los dioses también se dejaban ver por tierras troyanas. Creaban desconcierto entre los simples mortales, intervenía a capricho o elegían a sus favoritos entre los héroes mortales que batallaban. Toda esta miscelánea de épica, fantasía y humanidad consiguieron que la lectura de
La Iliada fuese un contacto fascinante con la literatura y la imaginación, un contacto que también me enseñó que las relaciones inicialmente fallidas no siempre terminan mal.

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