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El apartamento (1960)


<<El origen de
El apartamento (The Apartment, 1960) se remonta a cuando vi la magnífica película de David Lean Breve encuentro (Brief Encounter, 1945). Era la historia de un hombre que tiene una aventura con una mujer casada y va en tren a Londres. Van al apartamento de un amigo de él. Vi la película y dije: ¿Y qué ocurre con el tipo que tiene que meterse después en esa cama tibia...? Es un personaje interesante>>.

Billy Wilder en Conversaciones con Billy Wilder (Cameron Crowe, 1999).


Y la respuesta a aquella pregunta, que muy pocos se harían, fue una de las obras capitales de la historia del cine. Así pues, gracias al ingenio de Billy Wilder, al del su colaborador I. A. L. Diamond y al desconocido que prestaba su piso a los amantes de Breve encuentro se desarrolló el guión que dio pie a El apartamento, sin duda una de las mejores comedias dramáticas de la historia, con la que Wilder alcanzó la perfección de su cine, además de permitirse, una vez más, el lujo de diseccionar y analizar aspectos de una sociedad en el que existen manipulados y manipuladores. Pero la influencia que destaca a simple vista no se encuentra en 
David Lean, tampoco en su admirado Ernst Lubitsch, sino en el King Vidor de …Y el mundo marcha (The Crowd, 1928), una de las primeras producciones que indaga y expone la cotidianidad social y personal del hombre y de la mujer “media” que en El apartamento representan los personajes de Jack Lemmon y Shirley MacLaine. Quizá, la grandeza de esta película de Wilder resida en su mirada crítica, no exenta de humor, ni de dosis de mala baba ni de cierta ternura, y en sus múltiples lecturas, cuestión que diferencia a las grandes obras de otras menos logradas, lo que permite disfrutar el film desde la superficie o adentrándose en las distintas capas que lo forman. Una de ellas, sería el retrato de esa sociedad uniforme que se descubre en la oficina donde trabaja C. C. Baxter (Jack Lemmon), dentro de la cual Baxter no deja de ser una mera caricatura de quién podría llegar a ser si despertase del letargo en el que se encuentra sometido a los intereses de quienes se aprovechan de su inocencia, de sus anhelos y de sus buenas intenciones, pero también de sus ambiciones a la hora de intentar escalar a nivel profesional y personal. Por esto y por otras cuestiones, El apartamento es una película actual hasta que dejen de existir los explotadores y los explotados, que sueñan dejar de serlo; sueñan su pedazo de cielo en la tierra, en vida. La ilusión y la amargura de tipos corrientes, de personajes que podrían descubrirse en la realidad, quizá en nuestra imagen en el espejo, son los modelos cinematográficos de Wilder, expuestos con la lucidez de un tipo curioso que no duda en señalar aquellos aspectos de la cotidianidad que se intentan velar, tal vez por vergüenza o por no querer reconocer la propia medianía. En todo caso, los protagonistas son personajes con quienes se disfruta y se sufre, gracias al pulso narrativo y crítico de Wilder, que nunca cae en lo sensiblero, y a las inolvidables interpretaciones de sus protagonistas, las mismas que pueden hacen reír o sacar sonrisas, pero también invitar a reflexionar sobre sus (nuestras) existencias.


C. C. Baxter y Fran Kubelick (
Shirley MacLaine) son dos personas solas, que no solitarias, heridas por el vacío insatisfactorio que aceptan como algo impuesto por su entorno, al que se accede desde la elegante ironía de un cineasta capaz de introducir su humor con una precisión tan perfecta que se homogeneizan con los momentos más emotivos, cuando el dolor, la insatisfacción o la decepción toman el mando en sus vidas, ya que a ambos se les observa perdidos en ese mar de mesas que se pierde en la distancia, engañados y rodeados de una fauna que vive sin pensar en el dolor que provocan sus acciones, y que llevan a almas sensibles como Baxter o Fran a tocar fondo. Pronto se descubre que Kubelick ha dejado de quererse, pues el amor equivocado, las falsas esperanzas o los continuos desengaños la han llevado a un intento de suicidio. Aunque quizá lo que le ocurre es que no ha encontrado a su alma gemela, o quizá no la haya reconocido en la figura de C. C, quien la adora en silencio y el mismo que se deja manipular por sus superiores entregándoles las llaves de su apartamento. Se podría decir de este individuo que se trata de un hombre gris, condicionado por su fracaso amoroso, por saberse utilizado sin ser capaz de remediarlo y por su sensación de no ser un hombre de verdad. Sin embargo, dentro de sus limitaciones, C. C. Baxter no es uno más dentro de un entorno donde, salvo él, nadie destaca, pues siente la necesidad de escapar de la mediocridad que le rodea porque desea saberse diferente y alcanzar esa llave del servicio de ejecutivos que le confirme su valía. No obstante, su verdadero valor se muestra a raíz de la sorpresa con la que se encuentra al regresar a su piso, cuando Baxter, superado por sus propios problemas, se reprocha su conducta con respecto a sus superiores, sin embargo, tiene el valor de asumir los problemas de Fran Kubelick tras encontrarla inconsciente y moribunda en su vivienda, hecho que provoca el cambio en su comportamiento y en su pensamiento, porque ¿hasta dónde llegar para complacer a los demás? ¿El éxito a cualquier precio merece sacrificar la propia esencia? ¿O es mejor pasar el tiempo jugando a las cartas con una suicida en potencia cuya vitalidad le contagia?

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