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La diligencia (1939)



Más que un western, La diligencia (Stagecoach, 1939) fue la película que cambió el género genuino estadounidense. Durante la década de 1930 el western se había estancado y se encontraba relegado a producciones de serie B, lineales y repetitivas en su exposición, algunas protagonizadas por cowboys cantantes (Roy Rogers o Gene Autry), otras por héroes como el Hapalong Cassidy interpretado por William Boyd o por los personajes que 
John Wayne asumió en los films dirigidos por Robert N. Bradbury. Sin apenas títulos destacados, más allá de Billy the Kid (King Vidor, 1930), La gran jornada (The Big TrialRaoul Walsh, 1930), Cimarrón (Wesley Ruggles, 1931) o Buffalo Bill (The PlaismanCecil B.DeMille, 1936), esta obra maestra filmada por John Ford en 1939 dignificaba el western al tiempo que ofrecía un espectáculo maduro y moderno que sentaba las bases genéricas que el propio cineasta y otros grandes realizadores evolucionaron en posteriores producciones, reafirmando la riqueza de un género que concedía y concede enormes posibilidades para desarrollar todo tipo de personajes, ideas y tramas. En su mayor parte, La diligencia fue rodada en el espacio reducido que la titula, lo que implicó un cambio en la posición de la cámara y de las luces, colocadas habitualmente en la parte superior del decorado, las cuales, debido a la presencia del techo del vehículo en los encuadres, fueron desplazadas hacia otros puntos, algo que no se había realizado hasta entonces. También resultó novedosa la sensación trepidante que logra el montaje de las escenas de acción, un montaje que unido a otras novedades, como el uso de la cámara de Gregg Toland, inspirarían a Orson Welles para su Ciudadano Kane (Citizen Kane; 1941), entre otros directores que las imitarían con mayor o menor fortuna. Además, como sería habitual en el cine fordiano, se descubre en La diligencia una narrativa en apariencia sencilla, ajena a lo superfluo, siempre fluida, que se desarrolla en gran parte en el vehículo, que le da título, donde se reúne un grupo al que el guionista Dudley Nichols y Ford confirieron identidad individual y una profundidad psicológica hasta entonces ajena a las películas del oeste.


Los personajes representan un microcosmos social donde todos se relacionan, desde el rechazo hasta la aceptación, y donde todos tienen protagonismo. En ese pequeño mundo sobre cuatro ruedas de madera se encuentran el ebrio doctor, interpretado magistralmente por Thomas Mitchell, cuya sinceridad y valores se observan por encima de los de sus vecinos, el banquero corrupto (Berton Churchill) que pregona su decencia, la dama puritana (Louise Platt) que deslumbra con su aire de superioridad al tahúr a quien dio vida John Carradine, el comerciante de whisky (Donald Meek), que los viajeros confunden con un predicador, o Dallas (Claire Trevor), la mujer de mala reputación, pero de gran corazón, que se enamora de Ringo (
John Wayne). Este hombre no puede olvidar el pasado que rige su presente, durante el cual ha escapado de la cárcel para cumplir su venganza. Desde su aparición en el camino polvoriento por el que transita el vehículo, Ringo asume el rol de héroe y, a diferencia del resto, salvo Doc, trata a Dallas como a un ser humano. Esta actitud atrae la atención de la chica, que había sido expulsada de Tonto por los prejuicios de quienes, como el banquero o el jugador, no dudarían en traspasar la línea de la moralidad que defienden de puertas afuera. De tal manera las simpatías del realizador recaen en un borracho, en una prostituta y en el prófugo de la justicia al que dio vida John Wayne, actor que fue impuesto por Ford a pesar de las reticencias del productor Walter Wanger, que prefería a una estrella consagrada como Gary Cooper. Por aquel entonces Wayne era un semidesconocido que, después del fracaso comercial de La gran jornada, había quedado relegado a deambular por westerns repetitivos y de escaso presupuesto, pero su recreación de Ringo no pasó desapercibida y justificó el empeño del genial cineasta al concederle uno de los papeles más importantes de La diligencia, gracias al cual su carrera recibió el empujón necesario para convertirse en icono del género. Más allá de la imagen visible del western representada por Wayne, se encuentra la invisible de John Ford, indispensable a la hora de engrandecer el oeste cinematográfico desde su inimitable narrativa, pero sobre todo gracias a las sinceras emociones que fluyen de las imágenes de sus películas y de sus personajes, entre quienes se cuentan los miembros de ese grupo reducido que viaja en el interior del transporte donde se muestren tal cual son mientras se enfrentan a un medio hostil ubicado en Monument Valley, un escenario natural ubicado al sur del estado de Utah que a partir de entonces se convertiría en un habitual de los westerns fordianos. Años después, concluida la Segunda Guerra Mundial, llegaron las aportaciones de Howard Hawks y sus "Ríos", las de Anthony Mann y sus excelentes films de itinerario, las de Budd Boetticher y su antihéroe solitario del ciclo Ranown, las del western psicológico o las del propio Ford, su trilogía de la caballería y sus producciones más pesimistas y quizá las mejores (Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance). Más adelante, ya en plena decadencia genérica, surgieron nombres como los de Sergio Leone y Sam Peckinpah o Clint Eastwood, a partir de la década de 1970, que aportarían su propia perspectiva y nuevos rumbos a un género que se niega a desaparecer y que sigue teniendo en este film a uno de sus grandes referentes.

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