viernes, 16 de abril de 2021

El escarlata y el negro (1983)


El prestigio de un telefilm como El escarlata y el negro (The Scarlet and the Black, 1983) se lo concede la presencia estelar de Gregory Peck y Christopher Plummer, enfrentados en un duelo antagónico que se ambienta en 1943, durante la ocupación de Roma por las fuerzas alemanas. Pero el protagonismo de ambos actores solo es parte del reclamo que brilla en la superficie donde también lucen o se dejan ver actores de renombre como John Gielgud, Raf Vallone, o Gabriele Ferzetti. Además, su atractivo aumenta al leer, en los títulos de crédito, los nombres del compositor Ennio Morricone, del director de fotografía Giuseppe Rotunno y del decorador John Stoll. Pero, bajo todo ese ornamento, la historia desarrollada por Jerry London, a partir del guion adaptado de David Butler, a lo largo de más de dos horas de metraje, no deja de ser una representación convencional de instantes y personajes.


La situación del Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial era delicada. Su neutralidad dependía de equilibrar sus necesidades y sus obligaciones. La Iglesia buscaba su superviviencia y algunos entendieron que para sobrevivir había que callar, y se callaban, aunque otros de sus miembros, como el caso de O’Flaherty (Peck) o el padre Morosini (Angelo Infanti) —personaje que en manos de
Roberto Rossellini e interpretado por Aldo Fabrizi resulta vital para comprender el instante que muestra en Roma, ciudad abierta (Roma, città apperta, 1945)— dieran el paso al frente, un paso que cruzaba la línea que limitaba hasta donde llegaba el poder real de la Iglesia Romana. Esto se apunta al inicio de El escarlata y el negro, con la llegada del General Helm (Walter Gotell) y del coronel Kappler (Plummer) de la SS al Vaticano, donde se entrevistan con el Papa Pío XII (Gielgud) y le indican que respetarán la neutralidad vaticana, pero que pintarán una línea para recordar los límites del poder real del pontífice.


Corre el año 1943, los aliados han desembarcado en la península itálica, lo que supone que el Alto Mando alemán envíe tropas que ocupen las distintas zonas que consideran esenciales para frenar el avance que amenaza con la liberación de Roma. Pero dicho avance no se produce, de inmediado, pues algo sucede y las tropas anglo-americanas que deberían liberar Italia se detienen sin aparente explicación. Esta inacción por parte de los aliados concede al enemigo un tiempo vital para reforzar sus posiciones. Esta es la situación que vive Italia en el presente del film, una Italia que ha pasado de ser una potencia aliada, de la Alemania nazi, a un país ocupado por los alemanes. Esto provoca que Roma pase de las manos de autoridades fascistas italianas a las del coronel coronel de la SS, escogido por Himmler para mantener el orden nazi en la capital transalpina. Pero las intenciones del oficial, convencido y sumiso del orden que representa, se ven constantemente alteradas por la intervención del personaje que interpreta Gregory Peck —basado en el Hugh O’Flaherty real—, a quien, en su primera aparición en la pantalla, London muestra sobre un cuadrilátero. El instante inicial lo aleja de la típica imagen que se tiene de un religioso, ya que esa presentación confirma que se trata de alguien que sabe defenderse y también atacar, de un individuo activo que da un lección pugilística para mostrarnos sus credenciales. Este religioso, miembro del Santo Oficio, da cobijo a fugitivos de los nazis durante la ocupación alemana de Roma. Lo hace a través de una organización clandestina que lidera, pero el film apenas presta atención a la organización y se centra en exclusiva en su héroe, el individuo que reta a su antagonista en un duelo que cobra mayor presencia en la segunda parte de un telefilm que en ningún momento pretende profundizar en aspectos como los expuestos por Costa Gavras en Amén (2002), sencillamente se decanta por el duelo en la distancia y por ensalzar la figura del religioso protagonista.



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