A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
Una astracanada política Por Antonio Pardines Durante el franquismo, el cine político era impensable en España, o al menos uno que no fuese adoctrinador a favor del régimen. Cierto que existían pequeñas dosis de política en algunas películas que colaban sus mensajes entre las risas y el llanto, ahí están Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem, Marco Ferreri, Saura o el cine negro de los años cincuenta y sesenta para introducir de contrabando algunas miserias y realidades de aquellos años. Pero lo que se dice cine político no sería posible hasta la muerte del dictador en 1975. Entonces proliferó ya no por la necesidad que había de exponer y de hablar de lo que había sido y de lo que estaba siendo, sino porque el tema vendía. Y no hay que olvidarlo: el cine es negocio, aparte de propaganda, entretenimiento o arte —en el mejor y menos prolífico de los casos. Hay un montón de ejemplos de este tipo de películas hechas en la España de la transición, pero quizás las más importantes y recon...