viernes, 10 de junio de 2011

El mundo en sus manos (1952)

El cine como espectáculo depende del gusto de cada individuo, sin embargo, películas como El mundo en su manos (The World in His Arms, 1952) alcanzan una universalidad innegable gracias a su dinamismo y a su aparente sencillez, solo al alcance de unos pocos privilegiados como Raoul Walsh, capaz de conjuntar en su energética narrativa los elementos precisos para crear una aventura brillante, fluida y muy entretenida. Este clásico de un género que siempre promete diversión (que cumpla o no su promesa es otra cuestión) es una fiesta para los sentidos, no del estilo de la fiesta que se celebra en el hotel donde inicialmente se alojan los personajes, y como mandan los cánones genéricos derivará en un festín de mamporros, ni de la velada romántica que viven los dos protagonistas ante la bahía de San Francisco como testigo, ni tan acelerada como la acción que se desarrolla en su parte final. Pero todos estos ingredientes y otros como la espectacular carrera naval, en la que participan dos goletas en busca de un primer puesto, dan como resultado la diversión y la emoción que fluyen de los fotogramas de una aventura cuyo ritmo narrativo no decae en ningún momento de la hora y media de peleas, humor, amor, amistad y, cómo no, de ese grandioso desafío naval que se desarrolla sobre las aguas que separan el litoral californiano de la gélida y lejana costa alaskeña. Pero antes de que se produzca este duelo marítimo, la acción se inicia en el puerto de la joven ciudad californiana, lugar de arribada de "La peregrina de Salem", capitaneada por Clark (Gregory Peck). Más conocido por el sobrenombre de "el hombre de Boston". Este famoso marino se dedica a la caza de focas en las lejanas y nevadas tierras americanas bajo soberanía de la Rusia imperial. Pero Clark tiene un sueño más grande que continuar con su labor o alcanzar mayor fama, ambiciona comprar Alaska en nombre de los Estados Unidos, para así evitar las continuas agresiones a las que se ve expuesto el medio natural, sobre todo las focas que en la película se encuentran representadas por la fiel mascota de la goleta. En ese San Francisco de cartón piedra el capitán conoce a una hermosa joven de quien, como mandan los cánones del género, se enamora. La chica en cuestión no es quien simula ser, ya que en realidad se trata de una aristócrata rusa, la condesa Marina (Ann Blyth), identidad que Clark desconoce y que descubre cuando aquella, contra su voluntad, desaparece poco antes de contraer matrimonio con él. Burlado, desengañado y amargado, el capitán se hunde en un estado que solo logra superar cuando apuesta "La peregrina" con "el portugués" (un magnífico Anthony Quinn) en una carrera que les lleva desde San Francisco hasta las lejanas y frías tierras del norte. Esta lucha contra el reloj, contra el medio y contra sí mismo, devuelve al héroe parte de su antigua personalidad, perdida como consecuencia de un pensamiento erróneo que ha cambiado su carácter alegre y pendenciero por el malhumor, la desidia e incluso la violencia que sale a relucir en determinados momentos del film. Por suerte para él, no se encuentra solo, su fiel tripulación lo acompaña, entre quienes destaca la presencia de Deacon (John McIntire), un amigo leal y, en ocasiones, su conciencia. Alcanzada la tierra blanca tras la inolvidable carrera, Clark debe enfrentarse al príncipe que ha secuestrado a la condensa porque la aristócrata resulta vital para sus propósitos. Este villano no difiere al que se puede encontrar en otras producciones de aventuras, pero resulta vital para que la historia funcione, porque un héroe sin antagonista no podría alcanzar su condición heroica y completar con éxito la magistral odisea que se le presenta, la misma que genera en el espectador el deseo de acompañar al "hombre de Boston" en su trepidante viaje a través de las aguas del Pacífico en pos del amor que se erige en uno de los motores de su búsqueda, como también lo es su lucha por liberar y salvar unas tierras vírgenes y nevadas condenadas a un trato abusivo. Y cuando finalmente asoma el temido the end, uno descubre que sí ha formado parte de la tripulación de "La peregrina de Salem", y que ha luchado codo con codo a su lado, pues una de las grandezas del cine reside en la facilidad que poseen las obras maestras como El mundo en sus manos para cumplir, aunque sea por un breve espacio de tiempo, el sueño de sentirse parte de una aventura única e irrepetible.

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