viernes, 24 de junio de 2011

Raoul Walsh. Desde la aventura

Raoul Walsh se convirtió en uno de los grandes directores de cine estadounidense gracias a la calidad que atesoran sus películas, consecuencia de un dominio narrativo cimentado sobre la rapidez y  la fluidez que imprimió en sus obras (no en vano sacó partido de su contacto con David W.Griffith, director que le ofreció la oportunidad de dirigir escenas en alguno de sus films). La carrera cinematográfica de Walsh presenta similitudes con contemporáneos suyos de la talla de John Ford, ya que al igual que aquel dirigió durante su carrera más de un centenar de títulos, que se dividen entre el periodo mudo y el sonoro, alcanzando en este último la mayoría de sus grandes producciones. Pero, a diferencia de Ford, su basta obra fílmica abarca prácticamente todos los géneros: aventuras, fantasía, western, drama, negro, bélico, comedia e, incluso, musical (a los que se dedicó tras la llegada del sonido a las pantallas y, posiblemente, por el fracaso de La gran jornada). Son tantos y tan buenos los títulos que dirigió que resultaría imposible hablar de todos ellos en unas pocas líneas. Así pues, la mejor manera de acercarse a este genial director sería desde los géneros que cultivó. Si se enfoca a Raoul Walsh como realizador de películas de aventuras aparecen varias producciones que se han convertido en clásicos del género, y lo son porque se encuentran repletas de emoción, romance, enfrentamientos, épica y un universo que permite soñar a un espectador que de inmediato conecta con los personajes. El primero de estos aventureros sería El ladrón de Bagdad (1924), una espectacular producción muda creada para mayor gloria de su protagonista, Douglas Fairbanks, una de las míticas estrellas del silente, quien controló el trabajo de un director que, en cuanto podía, rodaba desde su propio estilo. El film rebosa fantasía, aventura y la narrativa fluida con la que el cineasta resolvía sus películas, fluidez que no deja cabos sueltos y que transmite las emociones de un género que permite soñar y disfrutar a partes iguales. Pasaron los años y Walsh se hizo un nombre, llegó el sonoro y con él dirigió La gran jornada (1930), un western épico que podría considerarse dentro del género, ya que sus protagonistas se ven inmersos en una gran aventura: la colonización de unas tierras hasta entonces inhóspitas. Este film ofreció la oportunidad a un joven actor, John Wayne, recomendado al director por su colega John Ford, al que Walsh cambió el nombre. Pero los resultados en taquilla de esta superproducción fueron discretos, lo que significó un duro revés en las carreras del actor (condenado a una década de ostracismo) y del director. Actualmente, La gran jornada está considera como uno de los grandes trabajos realizados por el cineasta en la década de 1930, un periodo en la que su carrera como director estuvo a punto de finalizar como consecuencia de los trabajos que se le encargaban, musicales y comedias que no le llenaban y que le hizo plantearse su retirada. Por suerte para los amantes del buen cine, no fue así, y el cineasta pudo realizar un cine acorde con su talento. Para encontrar otra producción de aventuras walshianas habría que esperar hasta la estupenda El hidalgo de los mares (1951), interpretada por Gregory Peck y Virginia Mayo, producción que narra las aventuras de un capitán de la armada inglesa durante las guerras napoleónicas. Un año después estrenaría su mejor film de aventuras El mundo en sus manos (1952), de nuevo con Gregoy Peck en el papel protagonista, pero en esta ocasión encarnando a el hombre de Boston, un marino que se dedica a la caza de focas en las lejanas tierras de Alaska, territorio por aquél entonces bajo dominio de la Rusia zarista, donde las autoridades han puesto precio a su cabeza. El mundo en sus manos es una auténtica joya del cine de aventuras, su fluidez sorprende y agrada a partes iguales, resultando divertida y emocionante. Ese mismo años rodaría la más oscura El pirata Barbanegra, encarnado por Robert Newton, cuyo título ya expone la trama que en ella se desarrolla. En 1953 rueda Los gavilanes del estrecho, otra muestra de su habilidad para narrar las situaciones extraordinarias que se presentan ante sus protagonistas, en esta ocasión Rock Hudson e Yvonne De Carlo. A grandes rasgos, las producciones citadas son un buen ejemplo de la magnífica habilidad con que Raoul Walsh se enfrentó a un género muy exigente, que pide entretener a un público ávido de emociones y de universos ficticios que le permitan disfrutar, evadirse y soñar.

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