miércoles, 4 de abril de 2018

Rembrandt (1936)

Su Hungría natal, Austria, Alemania, Estados Unidos, Francia, fueron los países donde Alexander Korda desarrolló su carrera desde 1914 hasta 1931, año en el que llegó a Reino Unido para rodar una producción Paramount, pero, tras esta experiencia inglesa, decidió quedarse y fundar su productora London Film. El estudio se asentó con La vida privada de Enrique VIII (The Private Life of Henry VIII, 1932) cuyo éxito internacional convirtió a Korda en uno de los productores independientes más importantes del cine británico. La película también implicó su encuentro con Charles Laughton, cuya interpretación del monarca inglés, en exceso teatral, lo catapultó entre los actores más reconocidos y admirados de la época. Con sus carreras cinematográficas afianzadas, ambos volvieron a reunirse tres años después para filmar Rembrandt (1936). Producida y dirigida por Korda, el biopic se centra en la figura del hoy famoso y venerado pintor holandés Rembrandt van Rijn, aunque, como expone el rótulo inicial, no siempre fue así. Este hecho, el de ser incomprendido por sus contemporáneos, unido a la interioridad del personaje son los que interesaron al cineasta, que no dudó en enfrentar al hombre con su época, dejando de lado al artista y a sus obras pictóricas. <<Yo soy un pintor, y los pintores tienen una forma distinta de mirar las cosas>>, le dice Rembrandt a Hendrickje (Elsa Lanchester) en su primer encuentro. Cierto, pero también lo es que ni un pintor de su talla escapa a la miopía del mundo de barrotes que lo encierra. <<El mundo es una jaula estrecha cerrada por los cuatro costados por barrotes de hierro. Puedes golpearte la cabeza contra esos barrotes hasta hacerte daño, pero nunca lograrás salir, nunca en toda tu existencia>>. Sus palabras denotan que comprende ese mundo, y que este no es sino el momento histórico que le ha tocado vivir, rodeado de la mezquindad y de la falta de perspectiva. Ese entorno de mediocridad y de materialismo choca con Rembrandt y con su innegable creatividad, provocando que sus obras no se valoren, aunque esto último apenas interesa a Korda, que prima el lado humano y el drama que tiene como protagonista a un individuo que sufre la incomprensión de contemporáneos que no entienden su genialidad, ni que esta va unida a la interioridad del artista. El rechazo a lo establecido se deja notar en los trazos de sus pinturas, en sus tonos oscuros, en el amor que siente hacia las dos mujeres de su vida, en sus palabras y sobre todo en su relación con el entorno, sea el urbano de Amsterdam o el rural a donde regresa por un breve instante para encontrar una paz inexistente para alguien incomprendido, condenado a la miseria y al ostracismo expuesto en este biopic que, a diferencia de La vida privada de Enrique VIII, no obtuvo el respaldo del público.

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