lunes, 16 de abril de 2018

Raíces (1953)

Aplaudida en Cannes y rechazada por un sector de la crítica mexicana, Raíces (1953) inicialmente fue atribuida a Benito Alazraki, el firmante del film, pero con los años algunos estudiosos cinematográficos se decantaron por Carlos Velo como su máximo responsable. Este gallego exiliado en México aparece en los créditos como supervisor y guionista, aunque también fue el montador y se hizo cargo de parte del rodaje. ¿De cuánto? Lo ignoro, pero su presencia es innegable y se descubre en el documentalismo antropólogico asumido por las imágenes de la película, un documentalismo humano cercano al que había expuesto en Almadrabas (1934) o Galicia (1936). Sea de uno u otro, o de ambos, no puedo precisar a quién pertenece el film, pues desconozco la obra de Alazraki y carezco de datos suficientes para emitir un juicio válido, aunque innecesario para valorar las imágenes que dan forma a esta producción atípica en el cine mexicano de aquel entonces. Sin actores ni actrices profesionales, con un presupuesto reducido, rodado en espacios naturales, influenciada por el neorrealismo y por las circunstancias empresariales que impedían a Manuel Barbechano Ponce producir largometrajes, Raíces fue un soplo de aire fresco para el panorama cinematográfico mexicano de su época, no por su reconocimiento internacional en Cannes, donde recibió el premio de la Critica, sino por su intento de reflejar la realidad de los indígenas mexicanos aunando cuatro historias, inspiradas en cuentos de Francisco González Rojas recogidos en El diosario, que dan forma a un conjunto que posibilita el acceso a las raíces aludidas en su título, unas raíces que nos descubren la situación de los nativos mexicanos en su relación con su hábitat, con su cultura y tradiciones o con aquellos personajes ajenos a las costumbres que no comprenden y juzgan desde la ignorancia y los prejuicios de la antropóloga estadounidense Jane Davis (Olimpia Alazraki) en el episodio Nuestra señora o desde el obsesivo deseo que el arqueólogo europeo (Carlos Robles Gil) siente por la bella Xanath (Alicia del Lago) en La potranca. El planteamiento del film expone la relación de esos hombres y mujeres con el entorno -de miseria e insolidaridad en Las vacas o de superstición en El tuerto- desde la independencia de cuatro historias que se complementan en la búsqueda de desvelar una realidad social, la de los menos favorecidos, de los incomprendidos, de aquellos que, como el matrimonio de Las vacas, sufren con dignidad su precariedad o, como Ángel (Miguel Ángel Negrón), son rechazados por la ignorancia, la misma que también provoca que el niño y su madre (Antonia Hernández) acepten como milagrosa la pérdida del ojo sano del muchacho. Puede que algo exagerados en su dramatismo, los personajes de Raíces asoman en la pantalla tal cual son y por ello resultan auténticos en su condición humana, en su cotidianidad y en su enfrentamiento con fuerzas ajenas como los prejuicios o la falsa superioridad de ignorantes altivos como la antropóloga o el arqueólogo que pretende tomar por la fuerza a Xanath.

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