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La misión (1986)



Hacia el año 1750, América del sur se dividía entre las coronas de España y Portugal, dos países que se encontraban en disputa por unos territorios en los que únicamente veían poder y beneficios económicos. Estos intereses, así como los hombres que los desarrollan, son responsables de los abusos y de las matanzas a los que se condena a una población nativa pacífica, que les sirve de mano de obra barata, esclavos. Además de ese tráfico de esclavos, corrupción y falsedad,
La misión (The Mission, 1986) presenta un exterminio amparado por la ley y por la Iglesia desde la perspectiva de una pequeña comunidad religiosa que pretende la evangelización de quienes poseen sus propias costumbres y tradiciones, pero que aceptan la palabra y la presencia de un Dios que desconocen por la promesa de una vida mejor. El padre Gabriel (Jeremy Irons) es un jesuita con buenas intenciones, él cree en lo que hace, cree en un mundo de amor e igualdad, por ello arriesga su vida y se presenta ante un pueblo indígena al que convence de la existencia de un ser supremo que guía sus vidas. Este proceso de evangelización lleva a la construcción de la misión de San Carlos, un hogar para los cientos de nativos que allí vivirán. Gracias a la legislación española (que protege a quienes viven en las misiones), esos seres antaño nómadas, fugitivos de los esclavistas, adquieren el derecho de vivir en paz, sin que el miedo a las persecuciones y a los asesinatos masivos, les aceche a cada momento. Ajeno a ese pueblo que sufre se encuentra Rodrigo Mendoza (Robert De Niro), mercenario y traficante de esclavos, que les persigue porque es su trabajo y resulta un negocio lucrativo amparado por el incumplimiento de la ley vigente. Mendoza, a pesar de ser un hombre que no respeta la vida de sus semejantes, se muestra humano al descubrirse su amor hacia Carlotta, una mujer que se sincera y confiesa amar a su hermano Felipe (Aidan Quinn). Un duro golpe para Rodrigo, mas promete no hacer daño a su hermano pequeño. Pero este hombre de armas, violento, y traicionado no es capaz de controlar el arrebato de ira que le domina, y en un duelo sin posibilidades para el menor de los Mendoza, éste muere. El homicidio marca el destino de Rodrigo, le aleja de la sociedad y desciende a un infierno creado por sí mismo, porque es consciente de que no existe posibilidad de redención. Tras largo tiempo encerrado en una celda de un convento, el destino actúa y le pone en contacto con el padre Gabriel, quien le proporciona la oportunidad de buscar un perdón en el que no cree, pero que acepta. ¿Qué puede hacer si no? ¿Qué esperanza cabe para un hombre como él? A pesar de saber que no hallará la paz, decide acompañar al jesuita hasta la misión que este pretende fundar. Como penitencia autoimpuesta arrastra un enorme peso, tanto físico como espiritual, del que no se librará hasta el encuentro con los nativos a quienes, hasta entonces, había perseguido sin miramientos de ningún tipo. Son los propios Guaranís quienes, al aceptarle entre ellos, le proporcionan la paz y el equilibrio necesario para aplacar su alma atormentada. Rodrigo nace de nuevo, forma parte de algo, siente dicha y agradecimiento. Su etapa de violencia ha terminado, lo que él desea es mostrar la gratitud que siente hacia ese pueblo que le ha aceptado, por ello no duda en tomar los hábitos y acatar las normas de la orden jesuita para entregarse en cuerpo y alma. Hasta ese momento, la comunidad progresa, se asienta y construye lo que será su hogar. Todos trabajan con ilusión, crean un emplazamiento que les proporciona seguridad y prosperidad, mas eso no puede durar, porque choca de lleno con los intereses de los representantes de los monarcas y con el enviado del Papa (Ray McAnally), un hombre que descubre un paraíso en San Carlos, en sus personas y en sus labores; pero cuya misión le obliga a anteponer los intereses de las potencias europeas a las vidas de esos seres humanos que trabajan y cuidan unas tierras en las que ya vivían antes de la llegada de los conquistadores. Roland Joffé tuvo la fortuna de contar con un guión de Robert Bolt y una banda sonora excepcional, obra del gran Ennio Morricone (sin olvidar la excelente fotografía y unas localizaciones de enorme belleza), para filmar la historia un pueblo destrozado por la opresión, el robo, la expropiación y las continuas agresiones a las que se ve sometido; y que únicamente pretende vivir en paz, en unas tierras que les pertenece moralmente, pero que pretenden ser moneda de cambio entre los gobiernos de las dos coronas, bajo la supervisión de una Iglesia que no defiende a sus nuevos miembros, sino a los poderosos porque resulta más rentable contentar al más fuerte.

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