Ir al contenido principal

Horizontes perdidos (1937)


Como otras películas de 
Frank Capra, Horizontes perdidos (Lost Horizon, 1937) se nutre de una idea utópica que defiende los buenos sentimientos y la posibilidad de una mejora de la sociedad desde el individuo, pilar básico que la sustenta. Para llevar a la pantalla ese idealismo bienintencionado, cargado de esperanza,  muy del gusto del director, Robert Riskin adaptó la novela escrita por James Hilton que se decanta por presentar un paraíso terrenal en contraposición a la situación caótica que se vive en el mundo. Corren malos tiempos, la humanidad se encuentra al borde de la guerra; la situación que se vive en China obliga al gobierno británico a repatriar a sus súbditos. Para asegurarse el éxito de la misión envían a Robert Conway (Ronald Colman), militar, político y diplomático; pero, además de eso, Conway es un hombre que no se encuentra a gusto en un mundo que parece haber perdido el sentido fraternal entre los pueblos; él desearía vivir en un lugar donde la paz y la armonía reinasen sobre el caos, la guerra y el odio. Su mayor sueño sería poder decir basta, y emprender una cruzada imposible en busca de una existencia pacífica y provechosa para todos los habitantes del planeta, utopía que, sabiendo imposible, le convierte en un individuo desencantado.


Tras cumplir su cometido, embarca en el último avión, acompañado de otros cuatro pasajeros: Lovett (
Edward Everett Horton), Barnard (Thomas Mitchell), Gloria (Isabel Jewell) y George Conway (John Howard). Sin embargo, estos pasajeros, no tardan en descubrir que el destino del vuelo ha cambiado, ya no es Shanghai, sino uno conocido exclusivamente por el piloto que ha secuestrado el avión. ¿Qué pueden hacer salvo esperar acontecimientos? El viaje hacia alguna parte permite conocer a los miembros del pasaje, los muestra como son, en contraposición de como serán, evolución personal que se producirá bajo el influjo de Shangri-La, tierra a la que llegarán tras el accidente aéreo. Entre las montañas existe un paraíso, un lugar sin corrupción, sin violencia y si prisas; un reino moderadamente perfecto donde Robert descubre cuando ha deseado. Por fin ha encontrado un lugar en el que todo semeja armonía, un edén entre las montañas del Tibet al que ha llegado no por accidente, sino porque el Gran Lama (Sam Jaffe) lo ha deseado. Bob Conway es el substituto ideal para el viejo anciano, así se lo hace saber el propio líder espiritual. Tras numerosos años de espera ha llegado el momento de ceder su puesto, porque reconoce en Bob a un idealista capacitado para guiar a su gente, una comunidad que vive alejada del resto del mundo, y lo que es más importante, que vive en paz. Inicialmente, la situación que se presenta en el nuevo hogar-prisión no resulta del agrado de la mayor parte de los recién llegados, puesto que su primer deseo es el de regresar a la destructiva civilización de la que provienen. Con el paso de los días, la sensación de secuestro desaparece; se aprecia un cambio en sus comportamientos, tanto entre ellos como con el medio que les rodea. Únicamente el hermano pequeño de Robert muestra su disconformidad y su rechazo a permanecer en un lugar que considera corrupto, que, según su opinión, está liderado por individuos que mienten y que les retienen en contra de su voluntad. La no aceptación del menor de los Conway es el único impedimento para que todo sea moderadamente perfecto en un mundo perfecto, un edén que cura el cuerpo y serena el espíritu, un lugar que todos anhelan encontrar y que pocos tienen la suerte de lograrlo; un paraíso terrenal-espiritual en el que Robert Conway y sus compañeros han encontrado el verdadero significado de palabras como: paz, humanidad, belleza o armonía; un lugar para la esperanza, fuerte si se cree en él, pero enormemente frágil si se desconfía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...