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Desayuno con diamantes (1961)



Una noche más, una noche igual, un nuevo amanecer, la misma soledad en su eterno retorno al escaparate donde su bello rostro exterioriza una despreocupación inexistente y un vacío que no reconoce. Su reflejo muestra a una joven libre, quizá alocada, y seguro soñadora, pero la imagen reflejada no delata el enfrentamiento entre el ser y el querer que ni Tiffany's puede calmar, aunque ella así lo asegure. Su rutina continúa como cada día, sin embargo no será una jornada igual, porque el timbre suena y alguien aparece en su vida. ¿Lo dejará entrar y se encontrará a sí misma o seguirá fantaseando con ser un espíritu libre, ajeno a exigir compromisos y a comprometerse? Su nuevo vecino, Paul (George Peppard), a quien ella llama Fred, es un escritor que no escribe, que vive bajo la protección económica de una mujer (Patricia Neal) que lo considera suyo, y que se siente atraído hacia esa atractiva y escuálida muchacha en quien descubre a un ser perdido que le regala instantes que nadie más podría proporcionarle. De esta manera se presentan los personajes principales de
 Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany's, 1960), prescindiendo de los recuerdos del personaje-narrador que relata la historia de Holly Golightly en Desayuno en Tiffany's (Breakfast at Tiffany's; Truman Capote, 1958), la novela corta que George Axelrod convirtió en el guión que Blake Edwards trasladó a la gran pantalla en una de sus mejores y más emotivas películas, en buena medida gracias a la química entre sus protagonistas y a la expresividad de la mirada de la inolvidable Holly (Audrey Hepburn). Sus ojos luminosos, a menudo ocultos tras los cristales de sus gafas de sol, sus lágrimas, sus palabras, y el ingenio que aquellas delatan, o la sonrisa con la que disimula su miedo a pertenecer o a que alguien le pertenezca, desnudan una existencia incompleta, atormentada, al tiempo que muestran la imposibilidad de hacer real el sentimiento que acaricia cuando comparte su tiempo con el escritor. Estos instantes la acercan a la plenitud que ella misma se niega como consecuencia de su miedo y de la idea que generan los días rojos que desestabilizan su mundo frágil e inestable. En su fantasía amolda la realidad a su gusto, aunque esto no le proporciona más satisfacción que la superficial y el autoengaño que la condena a interpretar un papel que nace de la desorientación de no saber quién es y de su constante de escapar y ser alcanzada. De tal manera asume su coraza de mujer libre, salvaje e indomable, rehuye la introspectiva y el compromiso, como delata su temor a llamar a Paul por su nombre o a aceptar que su "gato" es suyo, y se encierra en una jaula de miedos y contradicciones de la que no puede salir porque no es consciente de su existencia, o no quiere serlo. Sin embargo, y aunque intente alejarlo cuando sus sentimientos la amenazan, necesita la compañía de su nuevo amigo, en quien proyecta la imagen de su hermano Fred (la única relación de pertenencia-posesión que sí acepta) y su enfrentamiento entre su realidad ficticia y aquella que no acepta.


La música de
Henry Mancini acompaña a esta delicada, inestable y hermosa criatura a lo largo de su deriva por una Nueva York nocturna, superficial y sofisticada, de risas, fiestas y despreocupaciones que no son más que su intento de aparcar y retardar el enfrentamiento existencial que la haga reconocerse y conocerse más allá de su estado actual. El detonante para que se produzca el cambio llega del pasado, en un encuentro que precipita su decisión de casarse con un millonario que le permita seguir huyendo de sí misma y de las emociones que se niega en su constante de no comprometerse consigo misma y con los demás, una doble negación que la conduce hacia el rechazo sistemático que le impide encarar sus verdaderos sentimientos. A la vez clara y contradictoria, Holly es definida por el personaje de Martin Balsam como farsante y sincera. Crea su mentira y cree en ella, aunque, en realidad, lo que cree no es la esencia de cuanto siente, sino la contradicción perenne que le impide reconocerse y reconocer en su relación con Paul ese algo especial que los une y llena el vacío común cuando están juntos. Son esos momentos compartidos los que llevan a Paul a poner fin a su mentira, a liberarse y a depositar sus esperanzas en la joven que no puede corresponderle, porque continúa sin encontrarse. Esas esperanzas, nacidas de su contacto con Holly, le permiten recuperar la ilusión y la nueva perspectiva vital que le posibilita volver a escribir, pero sobre todo le permite volver a sentir sensaciones ya olvidadas. A medida que evoluciona la relación entre los dos personajes, el tono cómico de Desayuno con diamantes se transforma en drama, ya que en ambos se descubren carencias emocionales que les impide disfrutar de una existencia plena más allá de los momentos agradables que comparten, aunque limitados e interrumpidos por la barrera que Holly ha levantado entre ella y el resto del mundo, un muro que la separa de quien ha llamado a su puerta para llenar su vacío y enfrentarla a la sensación de sentirse atrapada. Su rechazo la hace sufrir, no hay risas ni en su soledad ni en sus lágrimas, solo desesperación, porque ella no es un diamante frío, hermoso e inaccesible como los que contempla cada amanecer, ella es un alma sensible que sufre y que necesita encontrarse más allá de la cristalera donde no logra calmar su espíritu libre, aunque atrapado en su contradicción.

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