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El hombre del Oeste (1958)


Link Jones (Gary Cooper) sube al tren, es su primera vez. La longitud de sus piernas le impiden encontrar una postura cómoda. No se siente a gusto dentro del reducido espacio del que dispone, aunque sí satisfecho porque sus vecinos lo han escogido para contratar a la maestra que se hará cargo de la escuela que acaban de construir. Confían en él y por ello le entregaron los ahorros que esconde en su bolsa de viaje, lo mismo ha hecho con su revólver y con su pasado. Este inicio muestra a un individuo callado, posiblemente íntegro, pero también peligroso y expeditivo si la ocasión lo requiriese. Sus compañeros de vagón, Billie Ellis (Julie London) y Sam Beasly (Arthur O'Connell), carecen de referencias para comprender la complejidad de quien aparenta tranquilidad y confianza, alguien a quien a primera vista se podría engañar con facilidad. Tampoco sospechan que sus destinos quedarán ligados a raíz del fallido asalto al transporte, que partirá sin ellos. Sin armas y sin comida buscan un refugio donde pasar la noche. El pueblo más cercano se encuentra a más de cien millas, pero Link se muestra decidido, conoce el terreno. No cabe duda de que ya estuvo por la zona, así pues, no sorprende que conozca la ubicación de la granja abandonada que les da cobijo. Hasta este instante de El hombre del oeste (The Man of the West), el planteamiento de Anthony Mann no ha mostrado las cartas con las que cuenta para crear un western tenso y claustrofóbico que se aleja de las producciones de exterior que dieron fama al cineasta para desarrollarse como un thriller de interior en el que la alargada figura de Link se ve sorprendida por el pasado del que huyó sin mirar atrás. Por fin se comprende que no es quien ha dicho ser, como también se entiende su conocimiento exacto de ese lugar apartado y por qué los criminales que se esconden en el interior de la cabaña no lo matan. Estas respuestas las tiene Dock Tobin (Lee J.Cobb), quien le reconoce y recrimina por haberle abandonado. Los recuerdos de los maravillosos años compartidos, asaltando bancos y asesinando sin miramientos, regresan a la mente de Tobin. Lo que para uno era perfecto para el otro resultaba un infierno, una situación que Link no soportaba y que le decidió a abandonar al "viejo", su mentor y su tío, quien únicamente le enseñó a robar y a asesinar. En ese espacio claustrofóbico también se comprende que el personaje interpretado por Cooper decidiera ser otra persona y no una alimaña de la misma especie que aquellos que encuentra en el interior de la casa; hombres sin escrúpulos, capaces de matar o de abusar de mujeres indefensas, aunque esta sea la supuesta mujer del hijo pródigo, quien ha mentido una vez más, en esta ocasión para salvar su vida y la de sus dos compañeros. El viejo Dock cree en las palabras de su sobrino, más bien desea creer en ellas, porque se aferra a la ilusión de tiempos mejores, cuando campaban a sus anchas por un Oeste del que se creía dueño, porque Link y él habían sido grandes y la presencia del primero le permite soñar con volver a serlo. Pero este pensamiento no hace sino aumentar la tensión opresiva de una magnífica película que obliga a su protagonista a enfrentarse con su pasado, pero lo hace desde su nueva condición, la del hombre íntegro que Billie admira mientras su amor crece bajo la amenaza de una familia con la que Link nunca pensó reencontrarse.

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