Ir al contenido principal

Capitanes intrépidos (1937)



El inicio de la versión cinematográfica de Capitanes intrépidos (Captains Courageous, 1937) difiere tanto del empleado por Rudyard Kipling al comienzo de su obra literaria, que parece otra historia. La original ubica su inicio en el barco en el que viaja Harvey; por su parte, Victor Fleming da a conocer la personalidad del mismo muchacho mediante su relación con sus compañeros de colegio y con su padre, a quien apenas ve como consecuencia de los muchos negocios que éste debe atender. Harvey Cheyne (Freddie Bartholomew) se presenta como un niño caprichoso, mimado, capaz de mentir, extorsionar o engañar con tal de lograr todo cuanto pretende. Su falta de ética y su manera de comportarse, parece creerse superior a todo aquel que le rodea, provocan un constante rechazado por parte de los demás niños. Como represalia ante un hecho que le disgusta, se inventa una mentira que pretende castigar a quienes no le han seguido el juego, pero en esta ocasión no obtiene el resultado esperado. Su padre (Melvyn Douglas), advertido de que el comportamiento de su pequeño puede ser debido al inconsciente alejamiento que se ha producido entre ellos, decide dedicar parte de su tiempo a la educación de su retoño. De este modo, película y novela coinciden por primera vez sobre la cubierta de un transatlántico del que Harvey caerá para ser pescado por Manuel (Spencer Tracy), quien lo traslada al pesquero donde trabaja. Los primeros momentos son de una enorme confusión para Harvey, no comprende su nueva situación y menos aún la de los pescadores, hombres que deben trabajar duro para poder sobrevivir. Harvey obliga al capitán Diske (Lionel Barrymore) a regresar, al menos lo intenta, pero en ningún momento muestra agradecimiento. Su comportamiento continúa siendo el de un pequeño dictador que se cree el centro del universo, el mismo que se había observado en el colegio y en el hogar paterno. Sin embargo, su actitud no muestra su verdadera esencia, pues actúa de modo descortés y engreído porque esa sería su forma de llamar la atención, de decir aquí estoy yo, y soy importante. Dicho comportamiento evoluciona hacia otro muy distinto cuando Manuel se convierte en la imagen paterna deseada por Harvey; en el portugués encuentra el calor y la seguridad que no ha experimentado en su vaga relación paterno-filial. La imposibilidad de regresar a tierra le obliga a permanecer en el barco, a compartir la vida diaria de unos pescadores en los que encuentra rechazo y aceptación. Para él supone toda una lección de aprendizaje, una cura de humildad y un proceso de maduración que le permite experimentar la verdadera camaradería, así como participar en la lucha entre el mar, amigo y enemigo, y esos nuevo camaradas ajenos a las comodidades a las que él está acostumbrado. Tras un comienzo caprichoso, tiránico e irrespetuoso, descubre la emoción, la admiración y el respeto que merecen sus nuevos compañeros, sobre los que destaca esa figura protectora que sin pretenderlo se convierte en un padre, un maestro y un amigo, posiblemente el primero que Harvey tiene en su corta existencia. El sentirse parte de algo le permite afianzar su confianza y su autoestima, ya no desea regresar al lado de su padre, sino que pretende convertirse en pescador, igual que aquel a quien admira y quiere. Excelente en todos sus aspectos, Capitanes intrépidos se muestra desde la sencillez que realza la maestría, la sensibilidad y la emoción que la convierten en un clásico imprescindible en el que hay cabida para el aprendizaje, la camaradería, los sentimientos y la aventura vivida por Harvey, la misma que provoca su cambio y le aleja de la soledad que le ha convertido en un engreído capaz de pisotear a quienes le rodean; sin embargo, gracias al trabajo en equipo, a la convivencia entre los marineros y a las charlas con su amigo Manuel, se produce su transformación y la liberación y aceptación de su propio yo, el muchacho que necesita sentirse aceptado y a la vez querido.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...