Me reconocí, aunque tal vez reconocer no sea el verbo adecuado para hablar de esto, en una nota escrita por Fernando Pessoa; en realidad, me he reconocido —o reconocido parte de mi pensamiento— en muchas líneas escritas por sus cientos de rostros y de otros ajenos a su mundo interior. Entonces, ¿soy ellos o soy yo? Tal vez no exista ningún yo o que uno sea la totalidad de los que existan. Pero esto ya sería entrar en un terreno sin solución y lo que pretendo no es plantearme aquí, a pesar de que la simple duda lo haga. En concreto, quiero hablar de Pessoa y esa anotación suya que descubrí leyendo Diarios, que vendría a ser una breve recopilación de ideas y momentos escritos por el lisboeta en diferentes instantes de su vida, de la que uno puede hacerse una idea a través de su obra literaria. En esto no es espacial, puesto que todo escritor deja rastros y rostros de sí mismo en las páginas que escribe. Lo quiera o no, es inevitable hacerlo, aunque construya mil vidas para ocultarse, o tal vez sea lo contrario y las construya para mostrarse en su múltiple dimensión humana. Pessoa era especial por ser consciente de ser muchos y que estos muchos le daban forma. Algunos de esos personajes que llevaba dentro eran escritores; es decir, tenían algo que expresar al mundo —con esto no quiero decir que solo los escritores sientan esa necesidad, la siente cualquiera que despierte y se plantee, se busque, se pierda, se reencuentre, se dude, pues no se puede entender el mundo sino en la distancia de la introspección, la que aleje de los polos a los que tienden los grupos, sean mayorías o minorías— y lo hacían razonando, analizando, siendo imparciales en la medida de lo posible, puesto que no se dejaban arrastrar por sesgos ni odios, ni por la parcialidad que abraza la masa y la opinión pública, sino por la búsqueda de la verdad, la cual no tiene cabida en la sociedad del espectáculo, la de un mundo tan mediático y ambiguo como el nuestro, en el que las líneas han desaparecido para dar lugar a un espacio abierto donde verdades y mentiras conviven para beneficio de minorías que manipulan y mueven mayorías, que vendría a ser el público al que se refiere el escritor en su anotación; lo cual, si lo pienso detenidamente y busco en la historia a los pocos beneficiados y a los muchos que trabajaron (incluso sin ser conscientes de estar haciéndolo) para beneficiarles, tampoco difiere a otras épocas pretéritas. La “nota” de la que hablo define en parte al hombre y al escritor que nos regaló Libro del desasosiego, uno de los grandes libros del siglo XX. Cierto es, Pessoa era un analista y un razonador lúcido, que buscaba ser imparcial y por eso comprendía una realidad tan simple como la que encierra su variante latina Vos praetera nihil del “Vox et praeterea nihil”, dotando a ese “Vosotros y nada más” de sentido crítico...
<<Sucede que tengo precisamente aquellas cualidades negativas para el objetivo de influir, del modo que sea, en el ambiente social en general.
Soy, en primer lugar, un razonador, y lo que es peor, un razonador minucioso y analítico. Pero el público no es capaz de seguir a un razonador, ni es capaz de prestar atención a un análisis.
Soy, en segundo lugar, una analista que busca, en la medida de lo posible, descubrir la verdad. Pero el público no quiere la verdad, sino la mentira que más le guste. A esto hay que añadir que la verdad —en todos los aspectos, pero especialmente en cuestiones sociales— es siempre compleja. Pero el público no comprende ideas complejas. Hay que limitarse a darle ideas simples, generalidades vagas, es decir, mentiras, aunque tengan su origen en verdades; y es que ofrecer como simple lo que es complejo, dar sin distinciones lo que es necesario distinguir, ser general donde importa especificar para definir, y ser vago en materias en la que lo fundamental es la precisión; todo esto, es lo mismo que mentir.
Soy, en tercer lugar, y por esto es por lo que busco la verdad, tan imparcial como me es posible. Pero el público, movido en lo más íntimo por sentimientos y no por ideas, es orgánicamente parcial. Por esto, no solo le desagrada y le deja indiferente, por ajeno a su propia índole, hasta el propio tono de la imparcialidad, sino que todo esto, además, se agrava por las concesiones, distinciones y restricciones que se hacen necesarias para ser imparcial […]
De todo esto parece que hay que concluir que un estudio razonado, imparcial, científicamente dirigido, sobre un tema, es un trabajo socialmente inútil. Y así es, de hecho. Es, como mucho, una obra de arte, nada más. Vos praeterea nihil.>>
Fernando Pessoa: Diarios (traducción de José Alvárez Galán). Gadir Editorial, Madrid, 2008.

No hay comentarios:
Publicar un comentario