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Teen Wolf (De pelo en pecho) (1985)


Tras la enésima y simpática variante del hombre-lobo que John Landis realizó en Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981), Rod Daniel, en el que fue su primer largometraje para la gran pantalla, infantilizó en Teen Wolf (1985) la imagen del licántropo (con un toque de Jekyll y Hyde) exprimida hasta la saciedad por la Universal en la década de 1940, animada por el éxito de sus otros ciclos de terror. Pero en aquellas producciones en blanco y negro escritas por Curt Siodmak había una intención no disimulada de fabricar en cadena, de no tener ideas nuevas, de mezclar monstruos populares y aceptarlo sin intentar revestirlas de florituras. Eran austeras, más que cutres, esforzadas en su imposibilidad de dar más de sí, lo cual deparaba que fuesen risibles, es decir, que tuviesen algo de gracia porque para verlas había que partir del hecho de que se trataba de un cine de diversión más que de terror, puesto que a aquellas alturas ni Frankenstein, ni Drácula ni el peludo al que daba vida Lon Chaney, hijo, asustaban a nadie. Sin embargo, en esta propuesta de Daniel, que presume desde el principio de ser una comedia “teen”, la gracia se queda en el chiste ya no fácil sino el aburrido devenir del héroe adolescente que vive su proceso de maduración. Se trata de un baloncestista de escasa estatura, de juego corriente y que forma parte de un equipo que no levanta cabeza, uno que quiere ir a fiestas y ligarse a la chica que le está prohibida; no por ley, sino porque es lo que el cine y la tontería llaman “perdedor”, cuando cualquiera que se mire comprende que estos no existen, como tampoco existen los “vencedores”, ya que ambos roles, impuestos por capricho popular, existen para todos y en todos o en ninguno…


Pero me dejaré de tonterías y caeré en la estupidez de seguir escribiendo sobre esta película, que vi por primera vez cuando era niño, allá por la década de 1980. Quizá  entonces tuviese algún sentido verla, incluso recuerdo haberme divertido con partes de una trama que gira alrededor del milagro de la barba y bello que desatan la fiebre peluda, pues algo despierta al hombre lobo que hay en Scott Howard (Michael J. Fox), mas con la fiera y su aportación al equipo se desata la lobomanía que desvela la tendencia popular a la idolatría y fruto del fanatismo del público que acude a la cancha, que admira al peludo y olvida al chico que todavía habita tras la mata y los movimientos felinos, más que caninos o lobeznos. ¿Cine para adolescente? Tal vez. ¿Cine infantilizado? Por supuesto, aunque intente darle una dimensión más compleja introduciendo el miedo de uno de los colegas del héroe o el conflicto que se desata entre las dos caras de Scott, pero en todo caso es una propuesta conformista, para nada rebelde, que aburre en su sucesión de tópicos adaptados a los caprichos y moda ochentera de adolescente estadounidense se establece en lo ridiculizo que resulta ir de fardón y descubrir que su héroe y cualquiera que asome por la pantalla aburren, pero Hollywood, siempre en busca de superarse, logró caer en mayor ridículo en la secuela Teen Wolf 2 (Teen Wolf Too, Christopher Leitch, 1987). Y como siempre se reta, incluso se atrevió a crear una serie televisiva basada en la historia escrita, supongo que cuando iban en parbulitos, por Jeph Lieb y Matthew Weisman…

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