martes, 20 de enero de 2026

Fragmentos de nada: cuestión de (des)confianza


Desconfío de quien se erige en líder y de quien convierten en ídolo, desconfío de cualquier figura que suben y se sube a un pedestal, ya sea en política, en religión, en ciencia y tecnología, en el ámbito empresarial, en lo que llaman arte y cultura o en el patio de la escuela. A menudo, desconfío de mí, no por falta de confianza, más bien por lo contrario, y siempre que lo pienso desconfío de tanta desconfianza. Sé que confiar resulta una de las piezas claves de los seres terrenales; pero es que mis distintas voces o pensamientos se ponen en duda, más por necesidad que por capricho de una voz interior más fuerte que las una y las guíe. En ausencia de tal opresor o dictador, conviven en gustoso conflicto, se decantan por una postura que abarque las distintas posibilidades que observa y se retan en un juego que las enfrenta y en el que a veces extraen conclusiones; las cuales pasan a formar parte de mi pensamiento, aunque, más temprano que tarde, vuelven a ponerse sobre el tablero y lo que era una idea válida o errónea puede dejar de serlo. Una de esas conclusiones que hoy es (en mi mente) y que mañana puede no ser, me explica que las ideas deben vivir en constante construcción-destrucción, es decir, en una evolución que puede y, no pocas veces, será involución, la cual forma parte del juego de vida al que nos invita el nacimiento y al que nos condena la certeza de morir.


Una idea inamovible se transforma en dogma y este nuevo estado ideal puede hacer de ella algo peligroso, pues suele conducir a la intransigencia, a la intolerancia, a la imposición de la idea que se da por válida y que se impone como única válida. En todo caso, no hay que temer a las ideas, sino confiar en ellas y el único modo de hacerlo es reflexionándolas, juzgarlas, validarlas e invalidarlas. Las ideas deben ser vivas, ya que forman parte del pensamiento de quien vive; cierto que a menudo son inamovibles, lo que me lleva a plantear si habitan en mentes vivas. Pero cuando pienso en la idolatría, mis distintas voces siempre concluyen que los ídolos no tiene cabida en ninguno de mis rincones, tampoco los dogmas ni los discursos que se dicen importantes, aquellos que reúnen y dicen mover a las masas, sobre todo dicen que lo hacen para el bien común —lo que ya nos reduce y nos limita como personas, porque entonces lo que llaman bien se deshumaniza, en cierta medida se cosifica—, que son aquellos discursos que suelen ser cara la galería, sean pronunciados por voces conservadores o liberales. En ambos casos suelo escuchar, observar y sentir lo mismo: teatralidad, engaño, codicia, ansias de control y poder, de dominio, de guía, de decir qué puede y qué no puede hacerse. Incluso un ídolo como Lenny (Jude Law), el papa de Paolo Sorrentino en The Young Pope (2016), que se sueña asomando a la plaza de San Pedro, ante miles de seguidores, como un rebelde progresista, que tiene algo qué decir.


Este joven pape se sueña diferente a cómo se muestra, lo hace con un discurso liberal y moderno que aboga por la libertad; pero quien la pronuncia en sus discursos, y en esto no difiere del resto, no dice qué es la libertad, qué significa, si significa para todos igual, qué implica, qué exige, qué ofrece o si realmente existe. Quizá sea una cuestión de fe, de creer en ella, como pueda ser creer en las palabras y en las promesas de políticos menores y jefes de Estado, como resulta serlo el mandatario del Vaticano. Mas la Iglesia no es progresista ni liberal; no por ser Iglesia, sino porque ningún poder lo es, ninguno libera, si no ¿sobre quién ejércelo? Todo poder es impositivo, quiere imponer su orden y Pío XIII, el papa ficticio de esta miniserie, no es diferente. Este papa es un hombre en la contradicción, como todo ser humano que se busque a sí mismo, búsqueda que nunca podrá completarse. Pero el rebelde no es el personaje, sino Sorrentino, que ha creado un estilo reconocible, que se sale de la norma y camina entre la ironía, la imaginación y las influencias recibidas. Así crea espacios imposibles, los fantasea, para acceder a realidades como la del joven pontífice, en la que nos desvela un mundo de contradicciones, en conflicto, pero también humano, para nada divino ni celestial, en el que se da una lucha de intereses entre el orden y el desorden (que solo lo es hasta que se transforme en un nuevo orden). Y ese desorden (nuevo orden) se representa en la imagen papal. Pero ¿esta figura es importante para la humanidad? Solo para esa parte que cree en su figura como designio divino, para el resto solo es un personaje famoso, vestido de blanco, que suele ser anciano, pero este no es el caso de Lenny, que asoma en la pantalla juvenil, moderno, difícil, impenetrable, atractivo, inteligente, ambiguo, intransigente,… Es tantos rostros que, naturalmente, vive en conflicto, el que depara ser la suma de muchos y la resta de otros tantos. Es poliédrico, imprevisible, impenetrable, como un misterio insondable, y ahí reside la amenaza y la desconfianza que siente el secretario de Estado del Vaticano interpretado por Silvio Orlando, el mismo que le dice a la hermana Mary (Diane Keaton) que <<El Vaticano es un Estado. Con su política, finanzas, delicados equilibrios y peligros de ultratumba, si uno de esos equilibrios se descompensan>>, lo que le está diciendo que el Vaticano, como cualquier otro Estado, vive su juego de poder, de sombras, de intereses, de egos…




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