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Nixon (1995)


La figura política de Fernando II de Aragón fue una referencia de la que echó mano Nicolás Maquiavelo a la hora de escribir El príncipe, pero de vivir en otra época, hacia finales del siglo XX, no resultaría descabellado pensar que el político e historiador florentino hubiese escrito "El presidente", y tomase como modelo al primer mandatario estadounidense que perdió una guerra y se vio obligado a dimitir por supuestas implicaciones en asuntos que traspasaron la legalidad de sus funciones. Si bien, por razones obvias, Maquiavelo no pudo indagar en el mandato de Richard Nixon, si lo hizo Oliver Stone, que de nuevo centraba su mirada en cuestiones político-sociales que afectaron a su país; y lo hizo desde una perspectiva que presenta ciertas similitudes con la empleada en J. F. K., caso abierto (J. F. K, 1991), pero también con grandes diferencias. Nixon (1995) no plantea una hipótesis ni una intriga; se aleja de la biopic convencional y mezcla el drama y la política para ofrecer un retrato del hombre, así como aspectos poco esclarecidos y relacionados con el sucesor de Lyndon B. Johnson en la Casa Blanca. De este modo, Nixon podría verse como la parte más oscura del díptico que formaría con J. F. K., pues, en conjunto, ambos títulos se complementan para dar forma al personal estudio que el cineasta realiza de una época convulsa, marcada por el anticomunismo, el anticastrismo, los intereses económicos, los movimientos de Derechos Civiles, la guerra de Vietnam o, mismamente, el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, tras el cual, en 1965, se produjo la entrada oficial de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita, que inevitablemente afectaría a la administración Nixon. Pero la postura de Oliver Stone trasciende las cuestiones políticas y alcanza el conflicto humano, dominado por luces y sombras, que inevitablemente va unido al profesional de un mandatario que se convierte en principio y fin de la narración, algo que no sucedía con Kennedy en J. F. K., en la que el realizador de Platoon (1987) especuló con los posibles implicados e intereses detrás del asesinato.


El acercamiento a la figura del político propuesto por Stone presenta a un hombre condicionado por su afán de poder, por sus complejos, nacidos de sus orígenes humildes y de la figura materna, y por la incomprensión que le genera el ser rechazado en lugar de querido, pero también se destapa como un individuo que justifica sus actos en su particular idea del bien nacional, sin reflexionar sobre el perjuicio que conlleva para la nación que su máximo representante traspase los límites constitucionales para alcanzar sus metas. Como cabría esperar, Nixon se abre con el caso Watergate, sin embargo, Oliver Stone no pretendió en ningún momento realizar un film lineal, ni un estudio exhaustivo de los hechos que siguieron al escándalo que Alan J. Pakula narró en Todos los hombres del presidente (All the President’s Men, 1976). El cineasta optó por alterar continuamente el tiempo narrativo, avanzando o retrocediendo según sus intereses, como sucede con los saltos temporales al pasado más pretérito, de los que se valió para mostrar diversos momentos del Nixon anterior a su entrada en la política, una perspectiva que lo humaniza al tiempo que explica algunas de las obsesiones que le dominan en 1968, cuando accede a la Casa Blanca. Nixon (Anthony Hopkins) se muestra como un personaje oscuro, tanto en su cara política como en la personal, así se le observa en su relación con Pat (Joan Allen), con sus colaboradores, a quienes no duda en sacrificar llegado el momento, con los sectores económicos que mueven los hilos del sistema o en su convencimiento de que si llegó al poder fue debido a las muertes que allanaron su camino. Resultaría erróneo juzgar a un personaje como Nixon desde la simplicidad, algo que el film evita en todo momento, lo que provoca que se muestra una imagen ambigua de un ser imperfecto, con las debilidades y la fortaleza con la que asume un cargo de responsabilidades que le supera, debido a sus ambiciones y a ese sistema que compara con un animal salvaje y que marca tanto su conducta como sus elecciones.

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