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Cagnei e as balas de chourizo/Cagney y las balas de chorizo


Cagnei e as balas de chourizo


A evocación dun bocadillo esperta outras imaxes do pasado, cando carrexaba o pan con balas de chourizo. Nese momento, co bocata a punto, saía á rúa e sentíame no cumio do mundo. Era case tan grande como Xaimiño Cagnei, que non era moi alto, pero si bo bailarín e de enorme potencial gansteril. “Ninguén podía vencerme”, pensaba coma el, pois, ca miña metralleta de fariña de trigo e embutido entre as mans, sentíame invencible. Decotío, a punto de ser devorada, a merenda sofría unha demora por mor dun veciño chamado Edmundo O de Brion. Cando me cruzaba co veciño, que tiña a manía de preguntarme polo Xaimiño e de facerse pasar por outro, acostumaba bromear, aínda que a min non me facía moita graza ter que deixar de engulir o meu pantagruélico bocata para contestarlle o seu “onde vas con iso, meu neno? Que aínda vaiche comer el!” “O que ti queiras, mamalón”, respondíalle eu a súa risa coa tranquilidade dun tipo duro a quen chamábamos “o miquirruni”, polo loiro e pequecho que che era aquel moinante, pero eu prefería semellarme a un pistoleiro sen nome e ben parecido que a miúdo ía cun moi sucio e feo; un tal Eli, de León, disque; lembro que ambolos dous adoitaban votar un grolo na tasca do Tuco. O seguro é que baixaba o ton cara o final da frase, antes de despedirme cun “Vai por aí” e continuar o meu camiño. Xa sen O de Brion nas costas, volvía a miña atención onde estaba antes do encontro e daba larpeira conta daquela merenda que zampaba coma se me vise obrigado a facer desaparecer a proba dun delito. O mellor daqueles xigantescos bocadillos era o seu sabor, o de non preocuparse polo paso do tempo nin polo seu excesivo valor enerxético, que non engordaba, pois a graxa e os hidratos queimábanse en tardes de bicicleta, de polis e cacos, de caídas e de liortas entre guerreiros que non levantaban medio palmo do chan, que corrían de aquí a acolá, detrás dun e doutros feirantes ou trala pelota que as veces había que perseguir costa abaixo ou saltar despois dela por riba do muro dunha horta prohibida. Non eran días de viño e rosas. Eran días de bocatas e gaseosa, de aventuras infantis de entón, de feridas nos xeonllos e de lavazadas no traseiro, de ritmo non vertixinoso, pois daba tempo a comer o bocata máis grande posible e a ser o dono dunha rúa sen apenas tráfico. Aquelas xornadas ao vermello vivo, sobre todo as do verán e as da débil insistencia da palma materna que deixábache as cachas quentes, fugaz lembranza da xesta previa, prometían non concluir ao solpor. Pero algunhas ocasións remataban de súpeto, trala enésima chamada desatendida e a aparición da silueta familiar que, nese intre cabreada, aproximábase na distancia e indicábache cos seus “¡pasa para casa!” que era mellor non seguir, ao menos ata a xornada seguiente, cando, xa amainada a furiosa tempestade e cunha nova metralleta de pan entre as mans, volvera a sentirme en plenitude. E coa mesma convicción do Xaimiño, e sen a mamitis do edípico Xarrete, un inseparable seu que sempre andaba metido en liortas para chamar a atención da súa nai, de novo aventurábame na conquista da cima do mundo. O Cagnei alcanzouna no celuloide, Xarrete nun incendio e o meu cumio infantil atopeino nunha costa de subida e baixada, segundo o sentido que tomase aquela pelota e tamén aquelas amizades que se extinguiron como as falcatruadas e os xogos de guerra e fantasía, máis xogos e máis carreiras que remataban no vermello crepuscular que despedía o día, que apagábase no seu encontro coa noite vedada para aquel neno…


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Cagney y las balas de chorizo


La evocación de un bocadillo despierta otras imágenes del pasado, cuando cargaba el pan con balas de chorizo. En ese momento, con el bocata a punto, salía a la calle y me sentía en la cima del mundo. Era casi tan grande como Jaimito Cagney, que no era muy alto, pero si buen bailarín y de enorme potencial gansteril. “Nadie podía vencerme”, pensaba como él, pues, con mi metralleta de harina de trigo y embutido entre las manos, me sentía invencible. A menudo, a punto de ser devorada, la merienda sufría una demora por culpa de un vecino llamado Edmundo El de Brion. Cuando me cruzaba con este vecino, que tenía la manía de preguntarme por Jaimito y de hacerse pasar por otro, solía bromear, aunque a mí no me hacía mucha gracia tener que dejar de engulir mi pantagruélico bocata para contestarle su “onde vas con iso, meu neno? Que aínda vaiche comer el!” “O que ti queiras, mamalón”, respondía a súa risa con la tranquilidad de un tipo duro a quien llamábamos “el miquirruni”, por lo rubio y pequeño que era aquel gamberreo, pero yo prefería parecerme a un pistoleiro sin nombre y bien parecido que a menudo iba con uno muy sucio y feo; un tal Eli, de León, según dicen; recuerdo que ambos solían echar un trago en la tasca del Tuco. Lo seguro es que yo bajaba el tono hacia el final de la frase, antes de despedirme con un “Vai por aí” y continuar mi camino. Ya sin El de Brion a la espalda, volvía a mi atención donde estaba antes del encuentro y daba golosa cuenta de aquella merienda que zampaba como si me viera obligado a hacer desaparecer la prueba de un delito. Lo mejor de aquellos gigantescos bocadillos era su sabor, el de no preocuparse por el paso del tiempo ni por su excesivo valor energético, que no engordaba, pues la grasa y los hidratos de quemaban en tardes de bicicleta, de polis y cacos, de caídas y de peleas entre guerreros que no levantaban medio palmo del suelo, que corrían de aquí para allá, detrás de uno y de otros feriantes o tras la pelota a la que a veces había que perseguir cuesta abajo o saltar después de ella por encima del muro de una huerta prohibida. No eran días de vino y rosas. Eran días de bocatas y gaseosa, de aventuras infantiles de entonces, de heridas en las rodillas y de cachetadas en el trasero, de ritmo non vertiginoso, pues daba tiempo a comer el bocata más grande posible y a ser el dueño de una calle sin apenas tráfico. Aquellas jornadas al rojo vivo, sobre todo las del verano y las de la débil insistencia de la palma maternal que te dejaba las cachas calientes, fugaz recuerdo de la gesta previa, prometían no concluir al crepúsculo. Pero algunas ocasiones acababan de repente, tras la enésima llamada desatendida y la aparición de la silueta familiar que, en ese instante cabreada, se aproximaba en la distancia y te indicaba con sus “¡pasa para casa!” que era mejor no seguir, al menos hasta la jornada siguiente, cuando, ya amainada la furiosa tempestad y con una nueva metralleta de pan entre las manos, volvería a sentirme en plenitud. Y con la misma convicción de Jaimito, y sin la mamitis del edípico Jarrete, un inseparable suyo que siempre estaba metido en líos para llamar la atención da su madre, de nuevo me aventuraba en la conquista de la cima del mundo. Cagney la alcanzó en el celuloide, Jarrete en un incendio y mi cumbre infantil la hallé en una cuesta de subida y bajada, según el sentido que tomase aquella pelota y también aquellas amistades que se extinguieron como las travesuras y los juegos de guerra y fantasía, más juegos y más carreras que acababan en el rojo crepuscular que despedía el día, que se apagaba en su encuentro con la noche vedada para aquel niño…


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