Ir al contenido principal

Café de París (1943)


Un paseo por la bohemia


Por Antonio Pardines


El cine convirtió la bohemia parisina en un tópico; así la mayoría de espectadores lo reconocían ya no por la imagen de la Torre Eiffel o de una terraza donde pasar la tarde. Lo reconocían por las comedias de Ernst Lubitsch, Casablanca (Michael Curtiz, 1942) o Un americano en París (An American in Paris, Vincente Minnelli y Gene Kelly, 1951). En esa imagen estereotipada —todo estereotipo suele basarse en realidades que aligeran y repiten la misma idea—, a nadie llama la atención la pobreza en la que puedan vivir el compositor, el pintor o la exiliada rusa que ocupan la buhardilla parisina que sirve de escenario principal para Café de París (1943), una comedia que adelanta su bohemia en ocho años a la expuesta por Minnelli. Su situación no nos duele porque se ha estereotipado, ha perdido vida para ser en la evasión. Entre el melodrama y la comedia romántica, con Conchita Montes a la cabeza de un reparto en el que los secundarios aportan el tono cómico y de sainete, Neville recrea un París que se acepta como tal porque te lo dicen y no sería cuestión de negar que un árbol es un árbol; aunque, bien mirado, un bonsái no es un árbol de diez metros de alto. El París de Edgar Neville es de decorado: la buhardilla, la galería de arte que sirve para demostrar la ética de Carmen, el piso de lujo donde viven Jaime y su mujer, y poco más. En todo caso, no funciona tan bien como su Madrid en títulos posteriores (y muy superiores) como La torre de los siete jorobados (1944) o la nostálgica y autobiográfica Mi calle (1960). Y a esa capital francesa llega Carmen obligada por las circunstancias: la muerte de su padre y la rapiña de sus familiares.


Así llega a París, huyendo, y con un retrato paterno como única posesión material que le queda de aquel. El cuadro es regalo de Jaime (José Nieto), el desconocido que lo había adquirido en la subasta de los bienes del finado. Todo lo dicho lo apunta la leyenda que abre esta película de Neville. La necesitaba, puesto que se trata de un film que nos ha llegado incompleto, recuperado por la Filmoteca Española y la Filmoteca de Zaragoza, que llenaron la laguna con la explicación. Esta nos sitúa, también nos cuenta que Jaime y Carmen entablan amistad en el tren que les conduce a la conocida Ciudad de la Luz, que en esos momentos de la realidad estaba militarmente ocupada por los alemanes. ¿En qué tiempo ubica Neville a sus personajes? En ninguno real. Habitan en el del cinematógrafo, el que le permite prescindir de la situación que se vivía en España (posguerra, hambre y represión) y en el auténtico París de 1943, en el que ordenan banderas del III Reich, un París germanizado a la fuerza por un régimen totalitario con el que todavía simpatizaba el autocrático franquista. De modo que se está ante un film de evasión, sensación que Neville consigue con esa fuga de la realidad que le conduce al romance, al humor de personajes caricaturescos del tópico y de lo típico. Y en este punto, amén de la presencia de Montes o Julia Lajos, descubrimos otra constante del cineasta responsable de la espléndida El último caballo (1950). Me refiero, sobre todo, a la evasión que propone, a la ironía, a la aparente ligereza y al humorismo tan de la otra generación del 27. Pero quizás lo que más lastra el tono sea la presencia de José Nieto, pues su actuación resulta la de un galán que no tiene cabida, ni vida, en el cine de Neville. Café de París gana enteros cuando aligera y se deja llevar por ese humor suyo tan característico, lo cual no quiere decir que Neville no se manejase en el drama, pues sí lo hace, y muy bien, en El marqués de Salamanca (1948) o en El baile (1959), sino que hallaba en el humor y en la ironía los mejores caminos para expresarse y contarnos un cuento, una fantasía, un sainete, una nostalgia cinematográficas.…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...