jueves, 21 de mayo de 2026

La Gran Ruta hacia China (1983)


El mostacho de Mairena (lo que Antonio Machado no dijo a Tom Selleck)


Por Antonio Pardines


En su Juan de Mairena, Antonio Machado escribió que «incierto es, en verdad, lo porvenir. ¿Quién sabe lo que va a pasar? Pero incierto es también lo pretérito, ¿quién sabe lo que ha pasado?» De ahí lo difícil de decidir y de pensar en las puertas y ventanas abiertas y cerradas por cada elección asumida, a veces obligada, en ocasiones libre y meditada o de manera impulsiva y alocada. A Tom Selleck le debió de quedar clavada la espina de no haber podido aceptar el papel de Indiana Jones, al estar atado y enfrascado en el rodaje de la serie televisiva Magnum P. I. (1980-1988). La serie le hizo icónico, pero se trata de una mítica a años luz del mito que significó para Harrison Ford ser el arqueólogo que buscaba para Spielberg y Lucas el Arca Perdida. Este buscaba en la década de 1930, poco antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial —aunque fuera de la pantalla era 1981—, y Selleck vuela en busca de un desaparecido en tiempos de la Gran Guerra (1914-1918). Así que el aceptar el protagonismo de La Gran Ruta hacia China (High Road to China, 1983) entraba dentro de la lógica de aprender de la oportunidad perdida, es decir, aparte del cheque, se debió a la idea de no volver a cometer lo que (supongo) consideraría un error…


Veterano en las lides de crear aventuras no exentas de violencia y de toques de rebeldía y humor, Brian G. Hutton, cuya cima quizás se encuentre en Los violentos de Kelly (Kelly’s Heroes, 1970), fue el encargado de dirigir a Selleck y a Bess Armstrong en esta película ambientada durante la Primera Guerra Mundial y que asume la ilusión del Oriente exótico, por lejano y desconocido. La actriz asumía el protagonismo femenino y dio vida a una joven millonaria consentida y acostumbrada a un ritmo de vida cuyo gasto podría mantener a un ayuntamiento de tamaño medio. Pero una cuestión de herencia amenaza sus finanzas y, como desea mantener ese estilo de vida, necesita encontrar a su padre, que está en algún lugar de Afganistán, Nepal o China. Tiene doce días para lograrlo y por ello contrata al aviador a quien Selleck, con barba de cinco o seis días, presta su icónico mostacho de detective privado. El resto es un inicio en el que suena la composición de John Barry —también lo hará en el vuelo de las avionetas sobre India— que contiene notas que, escuchada a posteriori, aventuran la música de Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, 1985) y una aventura común y en común, pues une a su héroe y heroína tras los primeros choques de carácter. Pero ya se sabe aquello de que los polos opuestos se atraen. Lo curioso es que lo hagan cuando no hay ninguna carga eléctrica ni emocional que traspase la pantalla. Entonces, me digo que en La Gran Ruta hacia China queda mejor lo de que el roce hace el cariño y así me quedo contento, igual que estaba antes de aventurarme hacia el país de celuloide que también tiene su Gran Muralla…

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