sábado, 30 de mayo de 2026

El día y la hora (1962)



Clément dentro de las heterogéneas líneas ocupadas


Por Antonio Pardines


Con la industria cinematográfica destruida como consecuencia de la guerra y de la Ocupación, los cineastas que permanecieron en Francia vieron sus opciones profesionales reducidas a dos: el paro o trabajar para las productoras aceptadas por el régimen nazi y las creadas por el de Vichy. Así, cineastas como René Clément se vieron rodando para el enemigo, aunque su trabajo se limitó a la filmación de cortometrajes documentales técnicos, como Ceux du rail (1942) o Chefs de demain (1944), sin la propaganda de otras películas que no documentaban la época, sino la idea de las mismas adaptada a las necesidades e intenciones de los dos totalitarismos que dominaban aquella Francia que el propio Clément retrataría en ficciones posteriores y, se supone y así me lo parece, más cercanas a la verdad humana del momento. Estuvo allí, en el momento y el lugar de la ocupación, y tras la liberación asumió, a petición del Comité Nacional de la Resistencia, el rodaje de uno de los grandes films franceses de la época: La batalla del raíl (Bataille du rail, 1945).


Lo realizó al inicio de la posguerra, y su tono realista se acerca al del cine documental para desvelar la entrega y sacrificio de los ferroviarios en su lucha contra el ejercicio de ocupación. En este aspecto se adelanta en tres lustros a la magnífica El tren (The Train, John Frankenheimer, 1964) y retoma su admiración por ese colectivo de trabajadores que eran el centro de atención de su cortometraje Ceux du rail, producido por Vichy, pero del agrado de Resistencia —tanto por la manera de mostrar al trabajador como por la filmación de lugares estratégicos a sabotear—. Era el primero de sus films en los que sitúa a sus personajes durante ese instante bélico que resuena en los bombardeos, en los uniformes alemanes, en los agentes de la policía colaboracionista y los de la Gestapo.


Ese tiempo también resuena en la cotidianidad de las gentes, que intentan sobrevivir al encierro que significa la caída de Francia y su entrega al totalitarismo nazi. Pero también hay núcleos, pocos y pequeños, de resistencia. Y entre todo ello, las relaciones humanas. La batalla del rail es, sin duda, una de las grandes películas francesas sobre el conflicto, como también puedan serlo Los malditos (Les maudits, 1947), en la que en un espacio reducido y claustrofóbico como el de un submarino reúne a distintos modelos de conducta e ideológicos que pudiesen darse en aquella Francia, o Juegos prohibidos (Jeux interdits, 1952), en la que alcanza quizás su cima creativa. Años después, realizaría ¿Arde París? (Paris brûle-t-il, 1966), la más espectacular y mediática de sus films bélicos, pero, precisamente por ello, la que menos se detiene en las relaciones e interioridades de los personajes. En este y en otros aspectos, tal como apunto arriba, la más redonda es Juegos prohibidos.


Como en anteriores ocasiones, en El día y la hora  (Le jour et l”heure, 1962), Clément se decanta por lo humano, no por la técnica y la estética, que emplea para que la historia fluya y el drama de Thérèse Dutheil (Simone Signoret) salga a la luz. De ese modo, en El día y la hora, Clément aborda la situación de la mujer durante la ocupación, centrándose en la figura de Thérèse, cuyo marido (dice) está prisionero en Alemania y cuya cotidianidad sería la de criar a sus dos hijas e intentar sobrevivir manteniéndose al margen. Tal intención se corrobora al inicio, cuando Antoine (Michel Piccoli) la lleva en su camión de regreso a París y ella descubre que el camionero, a quien señalan de simpatizante, oculta a tres aviadores aliados. Thérèse intenta desentenderse, pero acaba llevándolos al lugar indicado por el camionero, donde la resistencia pueda ocultarlos. Sin embargo, allí no hay sitio para el capitán estadounidense Allan Morley (Stuart Whitman), a quien ella, tras un nuevo rechazo, cobija en su hogar e intenta ayudar a alcanzar la frontera española. Thérèse no es una heroína, es una mujer que teme y sufre, que personaliza en ese desconocido la guerra que intentaba despersonalizar. Intentaba cerrar los ojos, dar la espalda para poder soportarla y sobrevivirla emocionalmente. Pero, precisamente, son las emociones liberadas por el contacto humano las que le hacen vivir, aunque sea en la amenaza que Clément desarrolla desde que los personajes abandonan París rumbo a la frontera y caen en manos de un comisario ambiguo (Pierre Dux), que carece de ideología. Está con los vencedores y, ahora, los nuevos vientos apuntan que vencerán los aliados…

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