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Kapuściński: el inabarcable crisol del Ébano


El inabarcable crisol del ébano


Por Antonio Pardines


Libro de viajes, de encuentros, de memorias, de cuestionar y confrontar, Ébano (1) es todo eso y más. Es también la prosa de Ryszard Kapuściński, que no solo informa, sino que se desvele literaria y reflexiva, vivida y viva. Invita, lo cual resulta generoso y la aleja del periodismo al uso. En cierto modo, el polaco es un humanista y, como tal, se pregunta por el ser humano en relación con el entorno que habita, incluso, cómo sería su caso, con el que sabe que no es el suyo, aunque lo sienta dentro. Él mismo se sabe un intruso en África, un continente del que se enamora y por el que siente una atracción innegable. Se evidencia durante todo el texto, pero más si cabe cuando enferma de tuberculosis, tras padecer malaria, y le pide al doctor Doyle que no lo mande a casa, consciente de que su expatriación significaría no regresar allí donde quiere estar. El autor de Ébano detalla varios instantes de su paso por suelo africano, que recorre desde Este a Oeste ya sea en un viejo Land Rover, en autobús o en camiones que parecen salidos de El salario del miedo (Henri-Georges Cluzot, 1953). Por aquellos primeros años sesenta, es el único corresponsal polaco fijo en el continente donde es testigo de una época de movimientos independentistas, de golpes de estado y de crisis que se saldan con un literal rodarán cabezas y con los consiguientes cambios de gobiernos. Pero también presencia y siente un modo de vida muy distinto al europeo. Kapuściński habla de los contrastes entre Europa y África, tanto físicos como humanos, de otro ritmo, de un modo de existir distinto, uno que se vio alterado por la presencia de europeos y musulmanes, primero con el comercio de esclavos y, posteriormente, por el reparto europeo, en la Conferencia de Berlín, de lo que Bismarck, Victoria y otros considerarían un pastel que estaba allí para endulzarles su economía, pues la codicia es uno de los motores humanos más potentes. Fue un mío-tuyo que no tuvo en cuentan ni el querer ni el sentir de los distintos pueblos y tribus africanas, entre las cuales existían lazos y odios ancestrales…


Las potencias, como marca de fábrica, solo perseguían sus intereses, los establecidos por las élites políticas y comerciales de Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica o Portugal, los países con mayor presencia en el continente que Kapuściński recorre como reportero, pero también como individuo blanco consciente de ser un intruso y la imagen de ese explotador europeo que cambió la historia de la diversidad africana. Primero, con base en Dar es Salaam (Tanzania) y, más adelante, en Lagos (Nigeria), el periodista polaco es testigo de los movimientos de independencia y descolonización, también de la inestabilidad que sigue: corrupción política, lucha por el poder y golpes de Estado que prometen solucionar la rapiña, pero que sitúan en la cima de los distintos países nuevas aves rapaces. Esa es función del reportero, mas no todo corresponsal se desvela observador de lo humano, ni de la belleza virginal de espacios naturales que en su inmensidad abarcan desiertos, selvas, costas, horizontes que se pierden en su unión con el cielo donde el astro rey desata su esplendor sin compasión. Kapuscinski, sí la capta, aparte de que quiere sentirse parte; de hecho, quiso y logró vivir en barrios africanos, lejos de los hoteles y de las zonas de confort habitadas por los extranjeros y los ricos, para estar más cerca. El autor siente Africa y deja que le penetre, aunque pueda ser de una belleza mortal y de una diversidad inabarcable. Comprende o intenta comprender, que a veces es lo único que logramos; comprende o eso intuyo que nada libera cuando de repente te das cuenta que has nacido aquí y no allí, en esta época y no en otra, que bien podría haber sido distinto. Al final, eso nos determina, nos hace sentirnos salvados o condenados, solo que olvidamos que la fortuna sobre la que se sustenta la de unos puede ser la desgracia de otros. El África que descubre resulta la suma de contrates, del pasado y del presente, de mil tierras y sus diversas gentes, una tierra que busca su lugar, pero que se vería afectada y contaminada por la codicia humana, esa codicia que, si bien existiría en un estado distinto, explota con la llegada a las costas africanas del esclavista europeo y, en el caso de Liberia, del esclavista que poco antes había sido esclavo…


(1) Ryszard Kapuściński: Ébano (traducción de Agata Orzeszek). Editorial Anagrama, Barcelona, 2025.

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