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La roja insignia del valor (1951)


La herida de cualquier héroe: ser igual de cobarde que cualquiera


Por Antonio Pardines


Cualquiera podría llegar a la conclusión de la cabecera y a la que sigue, y a muchas otras: que en un campamento de reclutas se les adiestra y adoctrina, nunca se les enseña ni se les invita a pensar, pues la enseñanza introduciría la capacidad crítica, la reflexión y el pensar por uno mismo; lo cual no conviene cuando no estás formando personas, sino armas letales, tal como expone Stanley Kubrick en la primera mitad de La chaqueta mecánica (Full Metal Jacket, 1987), sobre todo en la transformación de Pyle, el recluta “Patoso”, de buen muchacho a un trastornado letal y con fusil. Este muchacho, quizás iletrado y de lento aprendizaje, sufre un lavado de cerebro inverso al de Alex, el espabilado protagonista de otra mecánica del sistema también expuesta por Kubrick, cuyo cine, más allá de la estética, no se andaba sin ética ni crítica. ¿Qué hay de heroico en ser francotirador, es decir, un asesino letal al que no le tiembla ni el pulso ni el dedo, que no piensa, sino que actúa según la indicación de matar solo porque su objetivo viste un uniforme que indica que es el enemigo, y que borra a ojos del francotirador que aquel sobre quien dispara es igual de humano que él? Entonces, me pregunto si ocultarse, esconderse y disparar es heroico. Y cuestiono si el realizar una acción inesperada te hace héroe; o si solo es el resultado de un momento determinado que podría deparar una reacción distinta en otra situación similar. A riesgo de equivocarme —aunque toda idea corre semejante posibilidad—, me respondo que un héroe es la imagen que necesita un gobierno, un público, incluso el cine y la literatura barata, para vender, aplaudir y alcanzar sus fines.


Tal vez Stephen Crane llegase a conclusiones similares o a otras, pues su obra tiene peso y poso, a sus veintidós años, cuando escribió una de las novelas más populares de la literatura estadounidense y del género bélico; aunque, para ser exactos, su género es simplemente humano y psicológico. La voz que introduce la adaptación que John Huston realiza de la popular novela La roja insignia del valor no desmerece a la obra de Stephen Crane, aunque la voz cinematográfica se tome la libertad de introducir, al inicio del film, un sesgo ligeramente patriótico que no existe en el original literario. El resto del metraje que sobrevivió al recorte de la MGM se ajusta a las ideas y a los diálogos del texto, pues este encaja a la perfección dentro del imaginario de Huston; tal vez porque, a pesar de que ese narrador anuncie que el muchacho se convertirá en héroe, el cineasta no cree en ellos, solo en su espejismo, el que se rompería tras su experiencia como director durante la guerra, sobre todo en su documental (censurado) sobre las secuelas físicas y psicológicas del conflicto en los soldados: Let there Be Light. Pero en La roja insignia del valor (The Red Badge of Courage, 1951), incluso tras sufrir los tijeretazos que redujo sus dos horas de metraje inicial a unos sesenta minutos, el drama psicológico es anterior a la batalla. Se produce en la espera, también durante el mismo bautizo de fuego en el que Henry Fleming, interpretado por Audie Murphy —en la vida real, el soldado estadounidense más condecorando durante la Segunda Guerra Mundial—, huye al primer contacto con el enemigo sureño al que alguien en los despachos le ha adjudicado dicho rol —mientras que en los despachos del otro lado, tal papel sería para el muchacho y el resto de soldados de la Unión—; lo cual no deja de ser una de las reacciones más humanas y previsibles. Mas en este chico, y se supone que en muchos otros, se desata la batalla interior en la que la vergüenza, el temor a ser señalado de cobarde, y la posibilidad de redención tras juzgarse como tal, empieza a cobrar el protagonismo en un toma y daca que supuestamente le hará madurar. Y es que a Henry la guerra le despoja, le obliga a ser ya otro distinto al muchacho que creía en los vítores y la gloria. Así pasará de niño a hombre, de muchacho temeroso a espejismo de héroe; pero, y ahora miro al principio del texto, de nuevo me pregunto ¿qué es ser héroe? ¿Cabe la posibilidad de que existan? ¿Y quién asume y decide qué acto es heroico y cuál un crimen? ¿Si matas a los del otro, si matan a los tuyos? ¿Qué significa una medalla al valor? En realidad, nada, salvo ser un gesto que justifica y deslumbra a la opinión pública, que suele ser la que más rápido se deja convencer, la que mejor acepta la existencia de héroes y de cobardes, aunque habría que dudar de su existencia, o aceptar que uno mismo sea ambos, que parece ser la conclusión a la que llegan Crane y Huston. Un héroe y un cobarde matan en la guerra, ambos lo hacen por miedo o porque ya han perdido la capacidad de valorar la vida y de plantearse la duda. ¿Y cómo alguien que no duda podría ser heroico? Acaso, entonces, ¿sus acciones no serían las de un autómata? ¿Y qué habría de heroico en ello?…

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