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Una pastelería en Tokio (2015)


Los cerezos en flor lucen esplendorosos al inicio de Una pastelería en Tokio (An, 2015), en las proximidades de la pequeña pastelería donde Naomi Kawase desarrollará un drama humano, cercano, sensible y emotivo, quizá el más accesible de los realizados por ella. La cineasta no cambia su discurso, de ausencias, búsqueda, vínculos, de tiempo en fuga, aunque lo facilita para llegar a un sector más amplio de público, diré que para aproximarlo y hacerlo atractivo al público occidental; no en vano se trata de una coproducción franco-japonesa que traspasa fronteras y abraza la universalidad de sentimientos y emociones, de instantes efímeros que permanecen en la memoria. Kawase habla de la cotidianidad y de la vida, de sus edades: juventud, madurez y ancianidad, representadas en los tres personajes a través de los cuales habla y busca compartir momentos, ver y escuchar historias, como dice Tokue (Kirin Kiki). La directora japonesa habla, mira y escucha la soledad, la tristeza, los vínculos que brotan y el placer de las pequeñas cosas que engrandecen la vida: compartir momentos, una charla sin apenas palabras, historias que escuchar, sean humanas, de las judías y su camino del campo a la cocina o del cerezo que crecerá y del cual brotarán hermosas brevedades temporales. Kawase mima los momentos, los saborea más allá de un dorayaki cocinado con amor o de contemplar la belleza que a menudo pasamos por alto. Saborea lo efímero, representado en las tres edades y en las sakura (flor del cerezo) que lucen en los árboles próximos a la pastelería de Sentarô (Masatoshi Nagase) donde los protagonistas entablan su relación de amistad, emotiva, culinaria, armoniosa, breve pero indeleble, como la belleza de la propia flor.



Como la cocina de Tokue, a la vida hay que ponerle sentimiento y eso es lo que la presencia de la anciana aporta al pastelero que inicialmente se muestra reacio a contratarla, pero gracias a su contacto con la anciana puede recuperar el contacto consigo mismo. La sabiduría de Tokue se remonta a setenta y seis años de vida y de experiencias, de alegrías y de dolor, de pérdidas y rechazo, de amor y muerte. Su filosofía se reduce a “sin prisas”, pues las prisas no llevan a ninguna parte. Comprende que la velocidad temporal ya se encarga de apurar las vidas. La lección, una de ellas, que Tokue regala a sus dos amigos es el saborear las pequeñas cosas de la vida, sentir la existencia, vivirla lejos de la cotidianidad relámpago, que no tiene tiempo de contemplarse ni de sentirse a sí misma en el momento en el que es joven, adulta o anciana. La vida se fuga en brevedades como la flor del cerezo, que desaparece y vuelve a aparecer, pero la adolescencia de Wakana (Kyara Uchida) no regresará, dará paso a la madurez de Sentarô y esta a la ancianidad de Tokue, a su mirar la existencia con mayor detenimiento, con mayor serenidad y sabiduría vital, sin la tristeza de su edad adulta —que presumo se iniciaría en el momento mismo que su hermano la ingresa en el centro de enfermos de Hansen (lepra), para ella su primer contacto con la soledad y la tristeza que logra superar, al aceptar el sufrimiento como parte de la existencia—, la que observa en Sentarô en el momento que ella decide acercarse a él y arroparlo sin decir, para escuchar su silencio y ofrecerle su presencia, efímera, pero hermosa, cual cerezo en flor.




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