Ir al contenido principal

La casa de la Troya (1959)


La cuarta versión cinematográfica de la novela de Alejandro Pérez Lugín fue la primera realizada en color, pero su promesa de colorido no se cumple o se cumple a medias. La fidelidad de Rafael Gil al original literario no sorprende, ya que el cineasta siempre se mostró respetuoso con las obras que adaptó a la pantalla; incluso, habría para quien, mostró “sumisión” a ellas: <<en ocasiones me han echado en cara, esa influencia literaria, diciendo que soy poco creador. Pues a lo mejor es verdad, pero no lo puedo evitar, tengo un peso literario producto de mi formación, y no puedo prescindir de él>>.1 Este peso literario quizá se note menos en La casa de la Troya, puesto que ya el libro presenta una narración cinematográfica. <<Pienso que Pérez Lugín, si viviera, sería el mayor guionista del cine español. Yo he hecho tres películas de él: “La casa de la Troya”, “Currito de la Cruz” y “Camino del Rocío” y son comerciales, sin discusión, gracias al sentido popular que tenía Pérez Lugín>>.2


La película fue un gran éxito comercial —ya lo había sido la primera versión cinematográfica de la novela, a cargo del propio autor y de Manuel Noriega—, y lo fue porque reunía lo necesario para serlo: una novela famosa como base argumental, un director competente, dos enamorados y un romance que triunfa, secundarios cómicos —impagable la presencia de José Isbert dando vida a don Servando, el profesor de Derecho Mercantil que les dice que no estudien el libro de texto, porque una vez llenen la cabeza de páginas inútiles ya no podrán aprender la asignatura, mientras que las mentes en blanco todavía podrían—, la belleza del paisaje gallego y de las seculares piedras de Compostela y ningún tipo de crítica, tampoco más conflicto que el amoroso expuesto en la historia de Carmiña (Ana Esmeralda) y Gerardo (Arturo Fernández), el estudiante madrileño a quien su padre, para frenar sus desmanes, le “destierra” a Santiago de Compostela —la ciudad universitaria más alejada de Madrid. Es decir, La casa de la Troya lo tenía todo para ser el éxito que fue y, al tiempo, le faltaba romper con la novela y con la magistral versión muda para no ser una película fácil de olvidar. Sin embargo, Gil siempre tiene presente la novela, quizá también la película de 1924. Le es fiel, incluso a los diálogos, porque las líneas ya detallan el camino a seguir en la imagen. Cierto que su lectura evoca imágenes, y cierto que las imágenes de la película evocan la lectura, de modo que el director decide no forzar un alejamiento en el que no creería. Quien sí cree en la necesidad de poner distancias entre las tentaciones madrileñas —teatros, bailes, actrices— y su hijo, es el padre de Gerardo. Las distancias entre Madrid y la localidad gallega (y de Galicia misma) no es tanto una cuestión de los más de seiscientos kilómetros que separan ambos puntos geográficos, sino de las infraestructuras que, salvo durante el esplendor medieval de los caminos jocobeos, históricamente han aislado la tierra de los “rumorosos” del resto peninsular, de las diferencias histórico-culturales, del propio tamaño de las dos ciudades y del rechazo que todo esto provoca en la interpretación de un joven estudiante que llega a su nuevo destino esperando una condena; aunque esta sensación, fruto del desconocimiento, del encierro en sí mismo y de la autocompasión, cambiará a raíz de su relación con los alegres juerguistas de la casa de la Troya y de su intento de conquistar a Carmiña Castro.



1,2.Rafael Gil, en Antonio Castro: El cine español en el banquillo. Fernando Torres, Editor, Valencia, 1974.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...