miércoles, 24 de febrero de 2021

Aguas tranquilas (2014)


En un mundo globalizado todavía existen rasgos que diferencian lugares y costumbres, tradiciones y señas de identidad arraigadas y condicionadas por siglos de cultura autóctona o de mezcla asimilada como propia en un pasado remoto, a menudo ya olvidado. Por ejemplo, el como se vive la muerte en la pequeña isla de Aguas tranquilas (Futatsume no mado, 2014) o la interioridad que sufre en silencio y la aparente calma que Kyoko exterioriza cuando se funde con el mar, en una sumersión solitaria y de gran belleza visual, solo podría darse en un lugar como Japón, en su cultura primigenia —de culto a deidades naturales como el agua o el sol— que coexiste con la cultura de consumo que se iría imponiendo tras la Segunda Guerra Mundial. Sería sencillo escribir que Aguas tranquilas es una película contemplativa, pero es más que eso, de hecho no logro definirla o concretarla, aunque sí puedo sentir la emoción y la contención, el dolor y la felicidad que Naomi Kawase recrea y crea en un instante entre el mundo sensible y el espiritual, mientras las imágenes transitan por la naturaleza, por la vida y por la proximidad de la muerte que afecta a Kyoko, la adolescente que sufre la certeza del inminente e inevitable adiós materno. Se pregunta porqué morimos y porqué nacemos si tenemos que morir. Pero no tiene respuesta, ni le calma que le digan que su madre siempre estará en ella. Kyoko necesita sus caricias, su calor y su presencia, quizá por ello uno de los momentos felices sea cuando su cabeza reposa sobre el regazo materno y la madre pose la suya en el tronco paterno. Es una cadena de amor y sentimiento, de calor y de vida, pero también es un instante efímero en la realidad, aunque quizá “eterno” en su memoria.



El camino del samurái en busca de la paz interior es un recorrido que dudo que concluya en algún punto, pues implica un constante descubrir y descubrirse, resignarse a sentir la brevedad de los instantes de quietud a los que se refiere el padre de Kyoko cuando le explica Kaito qué significa para él fundirse con las olas en su última etapa, cuando conecta con la energía y la fuerza marina que le acerca el silencio absoluto, tal vez el umbral entre la vida y la muerte. El espacio escogido por
Naomi Kawase para ubicar Aguas tranquilas es un lugar de silencios, de sonidos y de contacto entre la naturaleza y la humanidad. Pero también es una pequeña isla donde nunca pasa nada extraordinario que rompa la cotidianidad, salvo los días y las existencias que se relacionan en ese mismo espacio, donde la tradición y la naturaleza son tan protagonistas como los hombres y las mujeres que ven como, un día, la tranquila monotonía que comparten se rompe con la aparición de un cuerpo sin vida, que flota sobre el agua. La multitud curiosa se congrega alrededor del cadáver, hablan, pero nadie sabe quién fue o cuál fue la causa de la muerte, si un accidente, un suicidio o un asesinato. Tampoco importa demasiado, excepto como la novedad de un instante, aunque sí importa para los dos adolescentes, pues posiblemente sea el primer encuentro real con la muerte y sea el que avive inquietudes y dudas hasta entonces ocultas bajo otro tipo de manto cristalino. Ese instante les hace plantear nuevos aspectos de la vida, dudas existenciales, preguntas, quizá les depare miedo, seguro que incomprensión de por qué se nace y muere o porque el amor entre dos puede desaparecer.



La belleza y la intimidad fluyen en
Aguas tranquilas en imágenes y silencios con los que Kawase sabe llegar al fondo del alma de sus personajes. La cineasta japonesa no insiste, libera emociones y sentimientos, sin precisar exhibirlas. No necesita imponerlos ni impostarlos, los encuentran en Kyoko, en Kaito, en los adultos, están ahí en ellos, los sienten y prácticamente los comparte con nosotros. Es uno de los grandes logros de Kawase, que no necesita falsear porque muestra veraz el despertar a la certeza de la muerte como parte de abrazar la vida, mientras conecta a los dos adolescentes, en su sexualidad y en su intento de comprender o encontrar respuestas para lo que sienten, aquello que todavía no pueden comprender, quizá porque son incomprensibles para todos, como también son parte de la realidad compartida. Eso ofrece Aguas tranquilas, eso y cercanía, belleza, amor, aflicción, resignación, conexión entre la naturaleza y los seres humanos, y el roce de dos adolescentes que establecen su propia comunión a lo largo de una película que busca y encuentra poesía allí donde otras no miran.




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