lunes, 8 de febrero de 2021

Mientras dure la guerra (2019)


<<Entre los hunos —rojos— y los hotros —blancos (color de pus)— están desangrando, ensangrando, arruinando, envenenando y —lo que es peor— entonteciendo a España.>>


Extracto de la carta escrita por Unamuno al ABC de Sevilla (Salamanca, 11 de diciembre de 1936)


Un intelectual no puede ser un hombre de acción, del mismo modo que un hombre de acción no puede ser un intelectual. No pueden mientras uno viva pensando y el otro (des)haciendo. El porqué es obvio, y si alguien no lo sabe, puede detenerse un instante y pensar. Pero sospecho que también guardan aspectos comunes, como el que (en movimiento o en pausa) casi nunca concluyen que sus actos y sus ideas puedan ser erróneos o sencillamente otras entre tantas posibles. Ahí entra en juego la ilógica de la lógica, el asumir la razón como bandera y no atender a razones, lo que corrobora que también existimos en nuestra irracionalidad. Pero quien vive en el plano teórico posee mayor margen crítico y autocrítico, y ese capacidad de evaluarse o ponerse en duda, en ocasiones, le permite comprender errores propios y errores de su tiempo —y por este motivo, por señalar atropellos, suele ser víctima de las primeras represiones y purgas totalitarias. En realidad, un intelectual vive en un mundo idílico y, como tal, vive en el imposible que construye a imagen del pensamiento que evoluciona según piensa. Parece una tontería, pero es así, del mismo modo que también resulta que en el mundo práctico, en el día a día, los hombres y mujeres de acción viven su movimiento sin plantearse si es productivo (para ellos y ellas), improductivo o adictivo; al generar la necesidad de no detenerse, de no pensar, de dejarse arrastrar por las corrientes o por las mareas. Un pensador como Miguel de Unamuno no estaría entre ellos, no por nada especial, sino por esa negativa a moverse que le posibilitó tiempo para pensar y distanciarse de hordas y masas. Desde que en el pasado siglo lo saludé por primera vez entre la Niebla, quise al escritor. Luego se sucedieron La tía Tula, Abel Sánchez, Paz en la guerraAmor y pedagogía o Del sentimiento tragico de la vida, y mi querer hacia el intelectual aumentó, pero también mi capacidad crítica. Así pude poner en duda su pensamiento y su estilo literario, envidiar su lucidez y el que llegase antes que yo a conclusiones a las que, sin saberlo en su momento, llegué después o sentir un hermanamiento en la intimidad durante la cual me descubro compartiendo o rebatiendo su pensamiento impreso. Son impresiones que viajan al lado de mi admiración por el escritor a quien leo y con quien hablo entre líneas, con quien discuto y me hace pensar que mi pensamiento existe en constate construcción-destrucción. Del hombre, nada sé. No lo conocí. Y aunque lo intento, no logro imaginar a un Unamuno como el humanizado por Karra Elejalde en Mientras dure la guerra (2019).


Hay algo que me sucede con los personajes de Alejandro Amenábar y es que no me los creo. Las interpretaciones y las formas pueden ser buenas, incluso muy atractivas a simple vista, pero solo con su apariencia, una película queda vacía, lo mismo que quienes la pueblan. Echo en falta algo y ni los adornos, ni la música, ni la ambientación ni la mejor fotografía pueden llenar los vacíos de existencia cinematográfica. Eso es lo que siento al ver Mientras dure la guerra. No se trata de que me recorra una sensación de vacío, sino que siento que no aprehende el instante, que lo rellena con apuntes de colegio e imágenes comunes que ya forman parte del imaginario popular. Recrea en superficie la fiebre, el dolor, la rabia, el odio y el miedo, entre otras sensaciones de un momento histórico en el que explotó el frágil equilibrio de un país construido sobre un polvorín que los hunos y los hotros saltaron por los aires, pero la trágica complejidad de la Guerra Civil española, de la lucha de clases, de egoísmos y diferencias seculares, de ignorancias y rencores, de la humanidad e inhumanidad que la acompaña, no aparece, se sustituye por la perfección de imágenes fabricadas para recrear el momento, pero sin el momento. En mi caso, nada me dice y eso es lo peor que me puede decir una película. Miento, cuando digo que nada me dice, pues me anima a volver a Unamuno, el teórico, el que vive en su obra, y a leer o a ver cualquier otra historia sobre la Guerra Civil, su antes y su después, historias y testimonios que me aporten más que el situar una gran figura (Unamuno), en un momento de excepción, sobre un tablero de buenos y malos donde, angustiado y desencantado, la imagen del intelectual se descubre atrapada entre dos fuegos, abriendo los ojos, a la espera de dar el paso adelante (su toma de conciencia) frente a la fuerza bruta en un mundo que no es el suyo, sino el de los hombres y mujeres de acción, el de los hunos y los hotros, el mundo de corrientes y de mareas de intolerancia, fratricidio, rencor y destrucción.



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