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La conspiración (2012)


<<Cuando un loco o un imbécil se convence de algo, no se da por convencido él solo, sino que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás mortales. No consideran, pues, necesario esforzarse en persuadir a los demás poniendo los medios oportunos; les basta con proclamar, con “pronunciar” la opinión de que se trata: en todo el que no sea miserable o perverso repercutirá la verdad>>


Ortega y Gasset: España invertebrada


En La conspiración (2012), Pedro Olea dio forma al guion escrito por Elías Querejeta asumiendo para la narración la frialdad y severidad del protagonista. Es la personalidad del general Emilio Mola interpretado por Manuel Morón la que marca el ritmo de lo que vemos en la pantalla, donde se detalla de manera precisa y sin adornos los movimientos con los que pretende dar forma a su plan, desde que llega a Pamplona, su destino de castigo, hasta que proclama el Estado de Guerra, el 19 de julio de 1936. Durante este periodo que desembocará en tres años de guerra civil y en más de tres décadas de dictadura, el general pone en marcha su complot para “salvar a la patria”. Justifica sus motivaciones con un simplista <<deber para con la patria>>. Y es simplista porque, aunque hable, nada dice. No explica en qué consiste lo uno o quién establece lo otro, ni a qué fines obedecen tal deber y tal patria. No responde, porque no duda de su elección ni de su acción, ni se plantea si los significados que da a “deber” y “patria” tienen validez más allá de la interpretación que desea darles, condicionado por su pertenencia de clase (militar) y por el rechazo que le produce ver cómo los privilegios militares están siendo recortados por el gobierno de la República. No dice ni explica porque no lo necesita, quizá sea como el “loco” referido por Ortega y Gasset. El general manda, dispone y proclama la única idea válida en su pensamiento: la suya, y, aunque sea republicano confeso, lo que le supone democrático, no se plantea que su visión sea totalitaria y se encuentre condicionada por intereses, ideas y anhelos personales y de grupo, en su caso, militar. En realidad, no es rara avis, es alguien que se deja llevar por su limitada concepción y comprensión del mundo y esa limitación ha respondido cuál es su <<deber para con la patria>>. Mola, como miembro de una jerarquía, no pregunta ni responde ¿qué deber y qué patria? Ni quién los impone o cuántas ideas hay de deber y patria. ¿Una? ¿Diez? ¿Un millón? ¿Y quién las valida o invalida?


<<No es la menor desventura de España la escasez de hombres dotados con talento sinóptico para formarse una visión íntegra de la situación nacional donde aparezcan los hechos en su verdadera perspectiva, puesto cada cual en el plano de importancia que le es propio. Y hasta tal punto es así que no puede esperarse ninguna mejora apreciable en nuestros destinos mientras no se corrija previamente ese defecto ocular que impide al español medio la percepción acertada de las realidades colectivas>>


Ortega y Gasset: España invertebrada, del prólogo a la segunda edición, octubre de 1922


Desde su llegada a la capital navarra, el general Mola se muestra prudente, minucioso e implacable en su intención. No está dispuesto a dar palos de ciego, ni a precipitarse, porque no quiere que se repitan errores pasados. Los que se confabulan lo eligen “director” del proyecto con el que pretenden imponer su orden a España, en ese momento (como en tantos otros de su historia convulsa) en descomposición y dividida no solo en dos bandos, sino en la disparidad intransigente que inevitablemente depara violencia. Los militares la asumirán con mayor despliegue de medios, pero, para ello, Mola tiene que reunir bajo su dirección a carlistas, falangistas, republicanos descontentos, monárquicos alfonsinos, militares, y lidiar con los intereses en la sombra, que son tantos como los descontentos que se unen a la conspiración que tiene su raíz no en una ideología, aunque les suene romántico o patriótico, sino en la pérdida de privilegios y en el temor a que su lugar lo ocupen otros. Buena parte del Ejercicio, Iglesia, monárquicos, terratenientes y empresarios, partidarios de Primo de Rivera, requetés y otros tradicionalistas se unen o apoyan un alzamiento del que cada cual espera obtener beneficios para los suyos. En este punto, el ejemplo más claro expuesto por Olea lo vemos en la reunión del general con un líder carlista, que exige, ya de primeras, derogar leyes y echar por tierra logros progresistas —para el grupo que representa, insultantes e intolerables— como el matrimonio civil, la diversidad política, el divorcio o el sufragio femenino. Lo dicho, La conspiración recrea con minuciosidad un momento histórico y lo hace concediendo protagonismo a su máximo responsable, algo que no resulta habitual, pues la fama del alzamiento recayeron en la guerra y en Franco, quien no asoma en la pantalla, pero a quien se nombra en varios momentos porque inicialmente no se decide a apoyar el levantamiento y, cuando lo haga, será sin pasos en falso y con la suerte de cara —posiblemente más de la esperada o inesperada, pues las muertes de Sanjurjo, Primo de Rivera y del propio Mola, le allanaron el camino hacia el poder absoluto.

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