Ir al contenido principal

Makinavaja. El último choriso (1992)


El mundial de fútbol de 1982 agudiza el ingenio de los Leguineche al inicio de Nacional III (1981), pero solo es una de las múltiples excusas que Luis Garcia Berlanga toma para satirizar la situación de la España de los primeros años de la democracia. Una década después, en 1992, el país volvía a reclamar la atención internacional con los Juegos Olímpicos de Barcelona y con la Exposición Universal celebrada en Sevilla; que por qué se llama universal, podría preguntar alguien de fuera. Los pequeños planetas siempre hemos sufrido fiebre de grandeza cósmica, aunque nuestra temperatura quizá sea más cercana a la de una estrechez de miras que nos congela sin más movimientos que los permitidos por su fría uniformidad modal y por su alienante ilusionismo que oculta qué.


Risueña era la imagen visible, la de un país moderno que participaba de la bonanza de la Unión Europea (desde 1986) y que se abría al mundo para mostrar su esplendor y su desarrollo. Pero había (y siempre las hay) imágenes que no salen en las postales, ni en las fotos prefabricadas que aparecen en muros y paredes, ni en la televisión, aunque estén ahí, delante de nosotros, solo que quizá no nos detengamos lo suficiente o cerremos los ojos para no verlas. En ocasiones, esas imágenes dan origen a estudios, diálogos, discusiones e incluso a películas como las de Berlanga, cuya genial sátira fue una continua crítica social, o a tiras cómicas como las de Makinavaja, en las que los héroes no son deportistas de élite, ni artistas universales, aunque terrenales, ni la clase política, ni empresarios que asoman en listas que para la mayoría son fantasías más lejanas que el mundo de Oz. De hecho, en ese país caricaturizado en la viñeta, los héroes son los delincuentes de medio pelo, los emigrantes sin papeles, las prostitutas y otros apaleados que, en su caricatura, no pierden su autenticidad, porque la representan (en su máxima exageración) para hacerla notar.

La suya es la cotidianidad a la que están condenados en un país de varios rostros y doble, triple y cuádruple rasero, en un entorno donde chorisos como el Maki (Andrés Pajares) y el Popeye (Jesús Bonilla) sobreviven haciendo trabajillos que apenas les da para ir tirando después de cumplir con la amablemente implacable Hacienda pública. Lo cierto es que Maki es un fuera de tiempo, ni es un antisistema ni un criminal, es un romántico y un iluso que adora al Sinatra, un soñador que evoca, porque sabe que el olvido conduce al vacío. La versión cinematográfica del personaje creado por Ivà, y publicado desde 1986 hasta 1994 en el semanario satírico El jueves, sirvió para que Carlos Suárez realizase una divertida caricatura de la sociedad española. De hecho, a día de hoy, el film todavía funciona en su combinación de humor gamberro, nostalgia, reflexión, crítica y presencia de Andrés Pajares en el papel del Maki y del resto del elenco, que parecen divertirse recreando las situaciones y los personajes a los que dan vida y humor. Otro cantar sería la segunda parte, estrenada un año después, sin la gracia de esta primera adaptación cinematográfica del último choriso, el último capaz de filosofar sobre las situaciones cotidianas, porque más que dar palos y golpes, a Maki le gusta sentarse en el bar del Pirata (Pedro Reyes) y pensar que no son ellos los maleantes de una España moderna y europea, una donde la apariencia ha cambiado, pero no los llamados malos hábitos ni las miserias, que ni los trucos de magia las hacen desaparecer.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...