viernes, 19 de febrero de 2021

Nadie sabe (2004)



Es difícil abordar una situación como la que Hirokazu Kore-eda plantea en Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004) sin caer en la tentación de ser tramposo, paternal/maternal, o sensiblero. Asumo complicado distanciarse del drama expuesto en pantalla, sin caer en la tentación de condicionar, y dejar que los niñas y niños protagonistas expresen la autenticidad de los diversos estados emocionales por los que atraviesan durante el deterioro que sufre su cotidianidad en la ausencia materna. La cámara de Kore-eda es detallista, pero sabe que debe mantenerse al margen. Aunque se acerca, no pretende robar el protagonismo a los niños ni a la situación que viven. La cámara se preocupa por sus rostros, por sus pies y manos, por detalles en apariencia insignificantes —el papel donde una de las niñas dibuja es un recibo impagado— o significativos —la inevitable ausencia de higiene y la basura que se acumula en el apartamento. Se aproxima a ellos, como si por momentos quisiera acariciar su desamparo, para minimizarlo o arroparlos, pero es consciente de que no es su labor. La responsabilidad asumida por Kore-eda comprende construir el puente entre lo que viven los niños, lo que él observa y lo que nosotros contémplanos. Pretende y logra una mirada delicada, sensible, pero una que huye de la sensiblería y de la falsa compasión. El cineasta busca veracidad, desnuda de artificios, y así capta emociones en instantes naturales, sean corrientes o especiales, alegres o tristes. Tampoco juzga a la madre (You) que los abandona porque, acertada o equivocada, asume que tiene derecho a ser feliz. En su despedida, promete regresar por Navidad, y contesta a su hijo mayor que no es egoísta, como justificándose por un atributo natural y común al ser humano. Pero su egoísmo natural entra en conflicto y se desequilibra cuando la relación entre el yo y el nosotros, o entre el tú y el vosotros, deja de importar. Y eso le sucede a la madre, no parece importarle el precio que sus hijos pagarán  por sus actos, por la búsqueda de su felicidad, y se desentiende de vidas de las que es responsable. Por otra parte, no sabemos si alcanza la felicidad, si será duradera o solo un suspiro como anteriores ocasiones, lo que sí sabemos es que no es la primera vez que intenta alcanzarla —<<¿otra vez?>>, le pregunta Akira (Yuya Yagira), cuando ella le habla de que se ha enamorado y que espera poder lograr la estabilidad para toda la familia.


La promesa incumplida de regresar por Navidad, marca un punto de no retorno. Lo comprendemos en pocos minutos: Akira telefonea al trabajo de su madre y una voz le dice que se despidió hace un mes. Vemos la cabina y como el niño marcha sobre pasos que indican su derrota. En la siguiente escena, breve, pero significativa, Kore-eda muestra el cielo y un avión que lo surca y desaparece. La madre ha volado —la esperanza de volver a verla vuela como ese avión que desaparece del encuadre. Se fue y, posiblemente, no volverá. Ahora, Akira lo sabe e intenta ocupar el puesto que ya había asimilado en las anteriores ausencias. No obstante, esta vez es definitivo, pues resulta el comienzo de una nueva etapa, marcada por el deterioro de la cotidianidad en la que los cuatro hermanos se encuentran sin más protección que la que pueda ofrecerle el mayor, de doce años, y el único que, hasta entonces, ha podido salir del encierro que viven en el apartamento. Posiblemente
, en un pasado anterior a lo expuesto en pantalla, la presencia de la madre habría sido 
intermitente; y quizá por ello, cuando se produce la ausencia definitiva, Akira no quiera creer lo que ya sospecha —y que la voz al otro lado del teléfono le confirma. Es el mayor de los hermanos, hijos de diferentes padres, y la madre delega en él, como ya se descubre cuando llegan al nuevo apartamento. De los hijos, Solo él llega sin esconderse —el casero acepta alquilar la vivienda a dos personas—, los hermanos pequeños, el hiperactivo Shigeru (Hiel Kimura) y la sonriente Yuki (Momoko Shimizu), lo hacen ocultos en dos maletas, mientras que Keiko (Ayu Kitaura) aguarda en la estación a que su hermano vaya a buscarla. De camino a casa, ella le pregunta qué tal el nuevo hogar, como si la experiencia no fuese novedosa. Pero no es la única pista que indica que ya han pasado por una situación similar. Salvo Akira, ninguno abandona la vivienda hasta que asumen que la ausencia, definitiva, en cierto modo los libera de las normas establecidas por la madre al inicio. Mientras hay presencia materna o esperanza de su regreso, lo niños cumplen la norma principal, la de no dejarse ver para evitar el desahucio. Una norma que no es novedosa para ellos, ya la habrían entendido y aceptado en ocasiones anteriores, del mismo modo que asumen el no gritar. Quizá los pequeños se lo tomen como una especie de juego, inconscientes de que su encierro es el primer paso hacia la pérdida de su infancia.


Son niños, pero no pueden serlo, no pueden ir a la escuela ni tienen una estabilidad emocional adecuada para su infancia: Akira desea ser como los demás, Keiko siente culpabilidad y los más pequeños todavía no son plenamente conscientes del abandono que parece desaparecer cuando la madre regresa, aunque lo hace para desaparecer definitivamente. A partir de entonces,
Nadie sabe es un canto a la supervivencia de una cotidianidad en descomposición, también es un grito silencioso de desesperación en la ausencia y el desamparo, no solo frente al abandono de esa madre de la que nada saben, y de quien ya no esperan noticias ni regreso, sino el del mundo adulto que amenaza o se desentiende. Kore-eda filma el abandono a una suerte que los protagonistas aceptan resignados, pero buscando soluciones e intentando no perder su condición infantil, aunque la realidad social y económica no les perdona: el dinero se acaba, los recibos no se pagan y los cortes de luz, agua, gas, no se demoran para condenarles a una miseria física que todavía no les derrota, porque no es el final. Una de las grandes mentiras del cine fue crear entre el público la sensación de que existían los finales felices o tristes. El insertar un Fin, FineThe End, solo es una conclusión para el momento proyectado, al que sucedería otro, luego otro, y así hasta el único final. Y Kore-eda así lo asume y rechaza ese engaño, pues las conclusiones de sus películas implican seguir caminando, aunque sea en la resignación o cómo los niños de Nadie sabe: que caminan en su desamparo, pero quizá ya conscientes de que cada momento es un paso más en lo que les resta de camino.



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