Es difícil abordar una situación como la que Hirokazu Kore-eda plantea en Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004) sin caer en la tentación de ser tramposo, paternal/maternal, o sensiblero. Asumo complicado distanciarse del drama expuesto en pantalla, sin caer en la tentación de condicionar, y dejar que los niñas y niños protagonistas expresen la autenticidad de los diversos estados emocionales por los que atraviesan durante el deterioro que sufre su cotidianidad en la ausencia materna. La cámara de Kore-eda es detallista, pero sabe que debe mantenerse al margen. Aunque se acerca, no pretende robar el protagonismo a los niños ni a la situación que viven. La cámara se preocupa por sus rostros, por sus pies y manos, por detalles en apariencia insignificantes —el papel donde una de las niñas dibuja es un recibo impagado— o significativos —la inevitable ausencia de higiene y la basura que se acumula en el apartamento. Se aproxima a ellos, como si por momentos quisiera acariciar su desamparo, para minimizarlo o arroparlos, pero es consciente de que no es su labor. La responsabilidad asumida por Kore-eda comprende construir el puente entre lo que viven los niños, lo que él observa y lo que nosotros contémplanos. Pretende y logra una mirada delicada, sensible, pero una que huye de la sensiblería y de la falsa compasión. El cineasta busca veracidad, desnuda de artificios, y así capta emociones en instantes naturales, sean corrientes o especiales, alegres o tristes. Tampoco juzga a la madre (You) que los abandona porque, acertada o equivocada, asume que tiene derecho a ser feliz. En su despedida, promete regresar por Navidad, y contesta a su hijo mayor que no es egoísta, como justificándose por un atributo natural y común al ser humano. Pero su egoísmo natural entra en conflicto y se desequilibra cuando la relación entre el yo y el nosotros, o entre el tú y el vosotros, deja de importar. Y eso le sucede a la madre, no parece importarle el precio que sus hijos pagarán por sus actos, por la búsqueda de su felicidad, y se desentiende de vidas de las que es responsable. Por otra parte, no sabemos si alcanza la felicidad, si será duradera o solo un suspiro como anteriores ocasiones, lo que sí sabemos es que no es la primera vez que intenta alcanzarla —<<¿otra vez?>>, le pregunta Akira (Yuya Yagira), cuando ella le habla de que se ha enamorado y que espera poder lograr la estabilidad para toda la familia.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...




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