lunes, 31 de marzo de 2025

Una soledad demasiado ruidosa

En 1977, Bohumil Hrabal publicaba otra de sus grandes obras, y uno de los inicios más admirables (que recuerde) sobre los libros y la necesidad lectora, la satírica Una soledad demasiado ruidosa, título que obedece a la mente del protagonista y narrador, una mente a rebosar de lecturas, recuerdos y fantasías, una mente cultivada en la soledad del sótano donde lleva treinta y cinco años prensando, pensando y saboreando libros (y réplicas pictóricas), sus únicos compañeros junto a los ratoncitos ciegos que a veces se cuelan en la prensa y sufren su aplastante y mortal achuchón. Los roedores son inconscientes, como no pocos humanos, todo lo contrario que el personaje que Hrabal expone marginal, culto y lúcido. Su protagonista es todo eso a su pesar —en esto, me recuerda a Filomeno—, aunque queriendo serlo, pues no hay mayor contradicción andante que el ser humano. Su visión del presente es crítica, tal vez la única mirada crítica en un mundo que se despedaza y en la que el humano ya no se plantea, solo se adapta a la modernidad “resultadista” que amenaza al personaje, que no encuentra cabida en ningún lugar que no sea junto a sus libros, su jarra de cerveza de cinco litros y su prensa en esa soledad ruidosa en la que se ha convertido su existencia. Hanta habla de su próximo retiro y de su intención de entonces, que da por segura, la de jubilarse junto a su máquina prensadora, que quiere llevarse consigo e instalarla en el jardín de su tío. Pero, para Hanta, no hay futuro ni presente. Existe entre la fantasía de los tiempos vividos y el utópico venidero, su idea de un futuro junto a su máquina, haciendo paquetitos de libros prensados, por el mero placer que le produce vivir para crear a su manera, y la ensoñación de su pasado: el recordarlo para evocar situaciones que le definen y personajes idealizados, nunca olvidados, tal vez inventados… En 1995, Véra Caïs adaptó esta breve novela a la gran pantalla en Une trop bruyante solitude —existe otra versión posterior, una animada de 17 minutos y filmada en 2007 por Genevieve Anderson y con Paul Giamatti prestando su voz al protagonista—, sin lograr aprehender (en su complejidad) ni expresar las ideas que Hrabal expone, con Philippe Noiret dado vida al personaje, culto a su pesar, que bebe y lee a Kant, Hegel, Nietzsche, Sartre, Camus o Lao Tse, no para disfrutar ni divertirse, sino para que el texto le despierte, para que la lectura le produzca escalofríos y pueda reflexionar sobre sí mismo y pensar el mundo, el suyo interior y el exterior que le deja al margen y del cual también él quiere permanecer apartado porque ya es un lugar al borde de la deshumanización en manos de un sistema sin magia, sin más relaciones humanas que las silenciosamente indicadas por la normalidad imperante, sin lectores reflexivos que penetren en el corazón de los textos, no para divertirse, sino para comprender y comprenderse, para rebelarse contra ellos o hacerlos suyos… 


Inicio de Una soledad demasiado ruidosa:


<<Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo. Me compré una pequeña calculadora, una de esas multiplicadoras extractoras de raíces, una máquina menuda, no más grande que una cartera, y cuando reuní el valor necesario para abrir la parte de atrás con un destornillador, tuve un sobresalto de alegría porque dentro encontré una minúscula placa, no mayor que un sello, no más gruesa que diez hojas de un libro, y aparte de eso sólo aire, aire cargado de variaciones matemáticas. Lo mismo pasa cuando penetro con los ojos un buen libro, cuando despojo el texto de palabras impresas; entonces tampoco queda nada más que pensamientos irracionales que planean en el aire, que yacen en el aire, que se alimentan del aire, de la misma manera que la sangre está y al mismo tiempo no está en la sagrada forma. Hace treinta y cinco años que me dedico a envolver libros y papel viejo, vivo en un país que sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, vivo en un antiguo reino donde siempre ha persistido la costumbre y la obsesión de atiborrarse pacientemente la cabeza con ideas e imágenes que aportan un goce indescriptible y un dolor más grande aún, vivo envuelto entre personas dispuestas a dar incluso la vida por un paquete de ideas bien prensadas. Y ahora todo eso se repite en mis entrañas, hace treinta y cinco años que pulso los botones verde y rojo de mi prensa, y treinta y cinco años que bebo jarras enteras de cerveza, no para emborracharme, los borrachos me horrorizan, sino para poder reflexionar mejor, para penetrar hasta el corazón mismo de los textos, porque no leo para divertirme, ni para pasar el rato, ni para conciliar el sueño; yo, que vivo en un país donde la gente sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, bebo para que el texto me despierte, para que la lectura me produzca escalofríos, y es que comparto la opinión de Hegel de que una persona noble no es necesariamente un aristócrata, ni un criminal un asesino…>>

Bohumil Hrabal: Una soledad demasiado ruidosa (traducción de Monika Zgustová). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2022.

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