Ir al contenido principal

Un mundo hecho añicos



Un mundo hecho añicos


Por Antonio Pardines



Europa ya estaba kaputt antes de septiembre de 1939. Llevaba toda una década de caída y de resquebrajarse: revoluciones que no estallaron en armas y otras que sí lo hicieron. Una guerra civil como la española, que fue internacional y el preludio de la Mundial, la subida al poder de los nazis en Alemania, las concesiones que les hicieron las democracias, la bajada de pantalones británica-francesa en Múnich de 1938, la impensable alianza firmada por el von añadido de Ribbentrop y Molotov, el del cóctel que no era suyo, la guerra ruso-finlandesa del 39, la anexión italiana de Etiopía... y cientos de hechos más que engrosaron la lista hasta reventar a Europa, pues todo apuntaba que algo se había hecho pedazos. Y eso es Kaputt, un libro y una mirada que pone en primer plano ese acabose llevado al límite. Ese sin retorno del que fue testigo Malaparte, quien recuerda lo vivido y lo sentido.


El escritor, periodista y fascista renegado, hace memoria y cuenta sus impresiones, las cuenta veraces pero consciente de no estar haciendo una crónica. Nada diría un ejercicio periodístico así, al menos nada más que datos y fechas; tal vez algún nombre propio y alguna opinión sesgada. El italiano huye de eso y se hunde en el fango y en el hielo, en el fuego y en la podredumbre, y ahí, ante él, se asesina los últimos restos de otro tiempo más caballeresco que aquel presente de 1941 en el que se encuentra en el brutal asedio de Leningrado (San Petersburgo). ¿Cómo hacer una crónica de eso, si ninguna abarcaría ni rascaría más allá de la superficie? Por eso, el escritor narra sin concesión, narra para que sangre su herida y la herida de Europa, una Europa que salta por los aires y se hace pedazos.


Dos años después de la invasión de Polonia por parte de la Alemania de Hitler y de la Unión Soviética de Stalin, pues por entonces ambos vivían el inicio de su idilio enfermizo, fruto de los intereses de ambos totalitarios, Curzio Malaparte inició la redacción de Kaputt, junto a La piel, su obra más popular y de mayor impacto, un referente del periodismo y de la literatura de guerra.


Corría el año 1941, las tropas alemanas atacaban las fronteras soviéticas sin previo aviso, lo cual tampoco era de extrañar tal y como se venían gestando los hechos en Europa y las tácticas de combate germanas. Golpeaban rápido y bien fuerte; y eso debió de gustar a los japoneses, que hacían lo propio en el Pacífico, donde, en diciembre de ese mismo año, atacarían por sorpresa Pearl Harbor, en las estadounidenses islas Hawaii. Y si bien Malaparte, de nombre real Kurt Erich Suckert, hijo de italiana y alemán, no vivió aquel ataque, sí estaba siendo testigo de la Operación Barbarroja y de la retirada del ejército rojo de Ucrania y Bielorrusia, dos de las repúblicas soviéticas más occidentales.


Décadas atrás, el periodista había participado en la Gran Guerra (1914-1918), conflicto del que escribiría en Viva Caporetto!, novela publicada en 1921, cuando ya se había iniciado en el periodismo al que dedicaría parte de su vida. Pero lo escrito en aquella novela de juventud nada tendría que ver con lo expuesto a lo largo de Kaputt, en palabras de su autor un libro «cruel» cuyo título ya suena a golpe mortal y cuyo impacto no se hizo esperar tras ser publicado en 1944; ya con la caída de Mussolini como una realidad histórica más que añadir a la Historia europea. Y de eso nos habla Malaparte, de la historia de un continente roto. Él mismo lo explica cuando, antes de iniciar el texto propiamente dicho, afirma que «El protagonista principal es Kaputt, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra si no la dura y casi misteriosa palabra alemana Kaputt, que literalmente significa “roto, acabado, hecho añicos, malogrado”, podría reflejar lo que somos, lo que Europa es hoy día: un montón de chatarra.» (1)


La guerra, los totalitarismos, el fin de una época, tal como lo había sido la Gran Guerra (1914-1918) que, sin ser esta su intención, puso fin a los grandes imperios absolutistas europeos (austrohúngaro, otomano, ruso, alemán). Pero esta Segunda Guerra Mundial remató cualquier esperanza de regresar a tiempos más «civilizados» para alguien de la clase social y de la mirada de Curzio Malaparte, periodista, escritor, fascista teórico y renegado —que pasó de intelectual del movimiento a prisionero del mismo—, también fue capitán del ejército italiano durante el conflicto que recorre como corresponsal de guerra.


Durante cuatro años, Malaparte viaja por el frente, por la retaguardia, conoce gente de las altas esferas y de estos encuentros toma la excusa literaria, la ambientación que introduce la decadencia y la posibilidad de narrar aquellos hechos de los que fue testigo. Esos espacios y gentes remarcan su distanciamiento y el sinsentido que se vive de forma distinta en primera línea y en los palacios. Estos momentos se producen en distintos lugares alejados del conflicto bélico, entornos donde la guerra semeja ser un tema banal que no entorpece las fiestas ni el buen humor de los contertulios, que beben, comen, ríen como si nada a su alrededor indicase que el mundo se viene abajo. Ahí, en Suecia, Polonia, Alemania, Finlandia, Roma... introduce las historias de las que fue testigo y no escribió para la prensa. Pero sus oyentes apenas parecen comprender de qué les habla, de que les acusa. Viven en su burbuja, en su caída de los dioses...


Para alguien que haya leído sobre el siglo XX y XXI (exterminios, genocidios varios, bombas atómicas, “revoluciones culturales”, apartheid no solo sudafricano, gulags, manipulación mediática, terrorismo mediático...), la sensación de crueldad que Malaparte entiende que emanaría de su libro (en su época), hoy se lee de otro modo. Se lee e interpreta desde la distancia que nos separa, una que no se mide en kilómetros ni en años, sino en los hechos que se han sucedido desde aquel instante narrado por el italiano hasta la actualidad. Pero esta nueva mirada del lector actual no implica que no se reconozcan la decadencia y sinrazón expuestas por Malaparte a lo largo de esta radiografía literaria que sangra y es sangrante, una obra al tiempo personal y universal en la que su autor (y el mundo) es testigo y protagonista de una herida que no solo desangra física, sino moralmente...


(1) Curzio Malaparte: Kaputt (traducción de David Paradela López). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009 (sexta edición, abril 2021).

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...