Fragmentos de nada: Un monumental baño en agua fría
Por Antonio Pardines
La construcción de una obra arquitectónica colosal lleva su tiempo, sus vidas, sus ingentes cantidades de dinero. Dicho así, suena a simpleza, pero la erección no lo es. Piensen en una pirámide egipcia o maya, ¿cuántos años llevó construirla? ¿cuántos la levantaron? ¿Y qué tesoro costó llevar a cabo el proyecto? Años, oro, sudor y sangre. Nos hemos olvidado de los quienes, es inevitable.
La historia apenas recuerda a una milmillonésima parte de quienes ya murieron. Pero hoy admiramos algunos de sus trabajos: la Gran Muralla, el Coliseo, Machu Picchu, Petra y tantos otros lugares que llaman la atención por ser únicos. Ya son arte y monumentos, aunque no naciesen con esa intención por la que se les reconoce y se les visita. Con todo, hay construcciones cuyo nacimiento ya obedece a lo artístico. Aspira a lo grandioso, lo asume como prioridad. Un ejemplo fue el templo de Cristo Salvador en Moscú, erigido como parte de la victoria de Rusia sobre Napoleón, es decir, sobre la Francia Imperial de aquel Bonaparte que, asumiendo representar la Libertad, Igualdad y Fraternidad, se lanzó a la conquista de Europa y a saquear algunos lugares más porque le cogió gusto a ser tan absolutista como aquellos reinos que iba sumando al suyo.
La idea surgió de Alejandro I, o puede que de alguno de sus asesores, pero el proyecto no se inició en vida de este zar. Se hizo realidad bajo la supervisión de sus tres siguientes sucesores. Así, en 1839, bajo el reinado de Nicolás I, las obras comenzaron y no se reparó en gastos.
El templo se completó bajo la corona de Alejandro III. Era 1883 y el nuevo orgullo de Moscú se admiraba en las inmediaciones del Kremlin, la joya de la corona. La Iglesia y la alta sociedad moscovita lo celebraban, los fieles sentían que el cielo les acompañaba, aunque no pocos tenían una mirada de recelo, aflicción, de hambre, pues veían el lujo ante ellos, pero nunca una miga para ellos.
La obra tardó cuarenta y cinco años, fue costosa y reunía en su interior oro y azulejos, grabados y hermosas pinturas, así como trajes, velas y otros adornos litúrgicos. El coste humano sería también elevado, siempre lo hubo en este tipo de arquitecturas faraónicas, pero el tiempo borra la sangre y nos lega el arte. Sin embargo, este edificio no pudo llegar más allá de cuarenta y ocho años, pues, en 1931, Stalin ordenó saquearlo y derribarlo. Se había empachado en dar un golpe maestro: borrar de la faz de la tierra no solo el edificio sino el recuerdo de los zares, dioses hombres para el resto de mortales rusos. Ellos habían gobernado con paternal absolutismo al pueblo ruso durante siglos. Ahora, Koba, el hecho de acero, era el nuevo dios todopoderoso del Imperio y, como tal, erigiría su monumento a sí mismo. Aunque lo dio en llamar el edificio del Partido, un edificio que nunca se llegó a construir. En esto también se iguala a Hitler, que nunca vio su Germania.
La idea de Stalin, que pretendía la construcción de un rascacielos más grande que el Empire State, desvelaba que poco le importaba el esfuerzo humano, la sangre y el sudor derramado en la construcción anterior. Tampoco le quitó el sueño el costo económico, ni al que ahora tendría que hacer frente. Pero le era indiferente. Tenía la economía en sus manos. Era suya, no del pueblo. Todo le pertenecía a él, Dios y señor del paraíso proletario: los campos de Ucrania, los pozos de Petróleo de Azerbaiyán, la madera de Siberia, los vinos de Georgia, la minería de los Urales y de Donbass.
Había un nuevo Dios en Rusia y una de sus primeras órdenes fue destruir ese monumento a Cristo Salvador, que era el monumento ordenado construir por los zares para honrarse a sí mismos, a su cuna, a su casa real. Stalin no iba a ser menos.
Aunque deidad, no era todo poderoso y hubo de desatender tal proyecto porque entre que el terreno, que se inundaba, el gulag, la hambruna ucraniana provocada a conciencia por su designio divino, las purgas, la anexión de los países bálticos, la invasión de Finlandia, el pacto con Hitler, ver películas, la Segunda Guerra Mundial y que había que morir, no le quedó salud ni tiempo.
No sé qué pensaría Stalin al ver ahí, en ese mismo lugar, no una mole vertical, sino una piscina al aire libre de tamaño colosal, una ordenada construir por Jruchev, que se había empeñado en decir a todos que a su antecesor se le había subido a la cabeza el culto personal. Finalmente, tras la caída del sistema, se construyó un nuevo templo, que se dice igual, aunque nunca podrá ser el mismo.

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