Fragmentos de nada: Sin guía
Por Antonio Pardines
Mi primer viaje internacional fue a Portugal. Recuerdo que entonces existía la frontera administrativa y que uno de los requisitos para cruzar el Miño sin mojarse era tener el DNI. De aquella, no era obligatorio convertir a los niños en números desde su nacimiento, de modo que fue entonces cuando acudí a la oficina de policía de Pitelos, en Santiago, y me dieron el mío tras mancharme los dedos y desentenderse de limpiármelos. Entonces, me dije: «muy mal debe andar el servicio para que después de cobrar ni se preocupen de la limpieza». El caso es que tendría unos doce años, puede que once o trece, y quizás no dijese nada de eso. Pero el viaje era inminente y estaba organizado por el colegio. Ese fue mi primer acercamiento a suelo portugués, que no vi distinto del gallego que estaba a unos pocos kilómetros. Regresaría a él en numerosas ocasiones, lo que me permitiría recorrerlo de norte a sur, también entrando desde Andalucía o Extremadura, del interior hasta el Atlántico.
Portugal, sobre todo su parte norte, me evoca cercanía, familiaridad y, sin embargo, siempre me sorprende, incluso alguna vez para peor. Pero eso es lo bueno de viajar, que te depara instantes distintos, momentos que pueden maravillarte o decepcionarte, pues son tránsitos vivos y vividos. Quien solo quiera maravillas, que acompañe a Alicia o concrete una visita guiada.
Viajar, dice Saramago, tendría que ser un oficio. Y es que hay personas que nacieron para ejercer de viajeros. No es mi vocación, quizás fuese la suya. Pero sí conozco a alguien vocacional: una amiga nacida para recorrer el mundo en carne y fantasía. ¿Me atrevería a dejar atrás el espejismo de quien soy y aventurarme por el mundo para encontrarme? ¿Se atrevería Saramago? Yo, no; al menos el que hoy escribe. Y del escritor guardo mis dudas, aunque, constantemente, él se refiera a sí mismo como «el viajero». De ella, convencida de su nomadismo, no tengo la menor.
Para mí, y en eso coincido con el escritor portugués, cuando lo hago, viajo según mi proyecto propio. El suyo va cargado de referentes artísticos que le guían, aunque siempre siendo él quien toma la primera y la última palabra. En mi caso, el plan consiste en no tener ninguno, pero no como quien va dando tumbos. Me dejo ir y sé dónde no quiero estar. Nunca me detengo a estudiar una guía ni a buscar en internet qué ver o dónde comer, tampoco dónde dormir. Eso ya llegará a su debido tiempo, incluso la no planificación te juega lo que a priori acusas de malas pasadas, pero luego, ya en la evocación, son las primeras situaciones que la memoria recupera dándole el toque especial que en el instante mismo no supiste ver, porque la frustración lo velaba. Entonces, consciente de lo vivido, sonríes.
Voy donde llego, ni más ni menos, y nunca tengo prisa, ni desespero haciendo una cola porque hay que ver lo que haya que ver. Lo que me mueve, e impulsa al viaje, es el momento en sí. El estar habitándolo, recorriéndolo, aunque no recuerdo haberlo hecho solo, sino acompañado de esa amiga que eligió viajar, ya fuese sola o en compañía, porque viajar le acerca a sí misma, a otras culturas, a la plenitud existencial.
Saramago sí viaja solo, aunque debería decirse que lo hace acompañado de sus dudas e intenciones, de sus apuntes, que los lleva en la memoria de libros leídos, y de tantos personajes que aspira a encontrar en sus huellas y el eco de sus hogares, como el novelista decimonónico Camilo Castelo Blanco o el poeta Teixeira de Pascoaes —a quien uno de los personajes del libro de Manuel Rivas O último día de Terranova considera por encima de Fernando Pessoa—. El Nobel luso, en su viaje a Portugal, recorre los lugares físicos que podrían aparecer en una guía turística que no lleva consigo. A lo sumo lleva un mapa y la disposición a equivocarse de camino, puesto que él es un viajero, no un turista. Se trata de, al menos, dos viajes: el exterior y el interior. ¿Qué viaje y viajero que no transiten ambos pueden considerarse plenos?
El punto de partida, geográfico y existencial, diferirá del punto de llegada. Hay quien se desplaza y no llega a ninguna parte. Sale de casa, ve y regresa a su cotidianidad sin sentir nada más que ha vuelto. Que ya es algo, aunque no mucho. Esto no les sucede ni a mi amiga ni al autor de Ensayo sobre la ceguera, quien años atrás publicó este libro de viajes, género que apunta tiene su origen en Almeida Garrett, en su novela Viajes por mi tierra (1846). Imagino que se refiere a la lengua portuguesa, puesto que el viaje en la literatura occidental ya se inicia con La odisea, aunque se trate de un poema de ficción. En eso no difiere de la obra de Garrett, que tomó de sus viajes de Lisboa a Santarém para novelar.
El deambular de Saramago por su país, de norte a sur, aunque nunca en línea recta, se produjo entre 1979 y 1980. Y de aquella experiencia salió otro Saramago, el que pudo y supo crear un libro que recorre el espacio físico como el Viaje a la Alcarria, de Cela, con sus paradas y sus comidas, con sus encuentros y con la curiosidad del viajero por bandolera. Pero también páginas que viajan a la historia, como El Danubio, de Magris, y a la reflexión del Saramago pensador, un hombre que no impone, un escritor que expone e imagina, que invita a que otros realicen su viaje ya sea a Portugal o al País de las maravillas. Pero que camine consciente…
La imagen que abre el texto pertenece a sus autores: Viaje a Portugal. Editorial Santillana, Madrid, 1995.

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