Fragmentos de nada: Aprehendiendo la espontaneidad
Por Antonio Pardines
Dos instantes cinematográficos me vienen a la mente ahora que pienso en libros que se queman. No son rebuscados, son para todos los públicos. El primero me trae la biblioteca en llamas de la abadía de El nombre de la rosa —la popular adaptación de la no menos conocida primera novela de Umberto Eco—. Se trata de un momento accidental que, por combustión, transforma los pensamientos que habitan las hojas en humo. Y el segundo me devuelve a Indiana Jones frente a las hogueras en el Berlín de la época nazi. Está siendo testigo de un acto programado para impactar a propios y extraños, tras el cual se percibe una declaración de intenciones. Las llamas, el papel ardiendo, los personajes, las situaciones dispares se confunden al pensarlas. Entonces presumo que reflexiono y divago. Me digo que la imagen de la Inquisición quemando libros —aunque al llamado Santo Oficio se le asocia más con la quema de personas, lo cual también habría que matizar— o de los nazis en Berlín haciendo lo propio con ejemplares de Thomas Mann, Stefan Zweig, Joseph Roth, Walter Benjamin y otros autores prohibidos se han grabado en el imaginario popular. Tal vez convencido, concluyo que han pasado a ser un todo popular en parte gracias al cine y a la propia literatura. Sin embargo, si uno se ciñe a la realidad histórica, descubre que la quema de obras prohibidas solo fue un gesto que no pretendía destruir las ideas de los libros, sino alejarlas de sus posibles lectores.
Al tiempo que exhibía una conducta calculada, ocultaba cuestiones que el público ignoraba. Señalaba un límite y, como toda frontera, resultaba una advertencia. Por ejemplo, en la Alemania nazi no quemaron bibliotecas enteras, como asoma en el futuro literario creado por Ray Bradbury en la espléndida Fahrenheit 451. Las confiscaron y vendieron en otros países. Claro que las hogueras fueron reales, pero el número de volúmenes incinerados fue mínimo. Ya tenían otro programa para condicionar el pensamiento. La quema funcionó como reclamo y señal de aviso, pero el beneficio no estaba en esa exhibición pública. Estaba en el control que suponía —el mirad qué puedo hacer— y en la venta de millones de libros. Esta supuso un ingreso extra para la economía del denominado Tercer Reich, una economía maltrecha que nunca llegó a desarrollarse, salvo en la apariencia y al inicio de la Segunda Guerra Mundial —en la expropiación y saqueo de los países conquistados.
Lo mejor que hizo cualquier sistema no fue quemar libros, sino leerlos y aprender qué decían, cuáles eran sus temas y sus puntos de interés. Así sabrían prever la reacción ante ellos. Haciendo la lectura suya, tal como debería hacer quien desease aprehender o como ahora se está entrenando a la inteligencia artificial con millones de libros de todo tipo. Si la escritura puede ser una válvula de escape, la lectura puede serlo de entrada, ya que permite que el lector comprenda a su «enemigo», a su «aliado» y a su «vasallo». De modo que resulte más sencillo verlos venir o atarlos en corto, si ya se trata de los suyos. Eso hace la lectura, te despierta, te acerca información, te da una ventaja, «una» y no la totalidad, puesto que no todo puede preverse, más si cabe respecto a lo humano, cuya finalidad no es alcanzar una meta, sino vivir en su búsqueda.
Y a lo que no podemos predecir lo llamamos futuro o espontaneidad. Lo primero no existe salvo en la distancia, porque al llegar es presente, y lo segundo no se trata de «hago chas y aparezco a tu lado», sino de un proceso invisible incluso para quien le resulta espontáneo. Pero lo cierto es que no se puede predecir, de ahí el adjetivo y el sustantivo o, al menos, así se intuye del significado de ambas palabras y de la acción, aunque no exista el verbo «espontánear», precisamente porque es una acción que no puede ubicarse fuera del pasado en el que se realiza. Esa acción que nace de lo visceral y emocional, pero que sin duda ha sido empujada a la luz por un pensamiento inconsciente que ha madurado en el tiempo. Tal vez lo irracional tenga una base racional detrás y viceversa. Y a esa base racional o intelectual, que empuja hacia el momento, se puede acceder en los textos. Cualquier sistema que pretenda alimentarse, conocer, controlar y conducir en el tiempo, no quema libros: los lee, porque ahí, en la lectura, encuentra su mejor herramienta para predecir y prevalecer.
Imagen de cabecera: El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1985)
Imagen de cierre: Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)
Todos los derechos pertenecen a sus autores. Uso para fines culturales.


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