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Levantarse en el basural



Levantarse en el basural


Por Antonio Pardines



Hay libros que cambian la vida de su autor y no me refiero a que de la noche a la mañana lo haga popular o le suponga un cambio económico radical. El cambio es existencial, uno que le llevará allí donde nunca había imaginado adentrarse. Incluso uno del que no habrían sospechado su existencia. El escritor levanta la vista y observa a su alrededor. No busca la inspiración para una fantasía ni para una ficción que se acerque a la realidad observada. Poco a poco, se da cuenta de que se convierte en personaje de esa realidad que tal vez no entendía, porque era inconsciente de estar formando parte de la misma. Quedaba fuera de su perspectiva. Pero algo que no encaja derrumba el muro que le protegía. Ahora, al mirar el horizonte de nubarrones, descubre la realidad de otro modo. Y la vive en su carne. Entonces, sentirá cada paso y ya no podrá volver atrás. Será otro distinto a quien podría ser, de haberse quedado en casa o en el barrio tomando una cerveza y jugando al ajedrez. Pienso que algo así le sucedió a Rodolfo Walsh aquel 1956. No se trató de ninguna revelación mística, sino mundanal, cuando alguien se le acercó y le informó de que un hombre había sobrevivido a su fusilamiento, que resultó ser uno masivo que quiso ocultarse porque, a todas luces, era criminal.


«La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó de forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez…» (1) Aparte de su afición ajedrecista, hasta entonces, Walsh se había dedicado al periodismo y a la novela policial. No era ningún Borges, la suya era otro tipo de prosa, más comprometido socialmente que el autor de El Aleph, que es lo que se llama alta literatura. Walsh se posicionaba en la senda del Zola de Yo acuso. Las suya era una literatura de necesidad, de perseguir un objetivo social: el acabar con los asesinos y torturadores. Ambas, la de los Borges y la de los Walsh, son necesarias, como también lo es la narrativa existencial y herida de Ernesto Sabato —una que me cala de otro modo—. No vivía en una torre de cristal dentro de la cual podría buscar las palabras y expresiones más pomposas posibles para sentirse etéreo, casi divino, divinidad literaria que implica el riesgo de perder compasión y de no conmover porque elimina la complicidad y su comunicación. No, Walsh vivía en la calle, y esta a menudo se llena de fango y te hunde en él. Y estar dentro del barro, te mancha, aunque no quieras.


En aquel instante, podría haber desoído, pero no lo hizo. Su corazón-mente le exigía levantarse, abandonar la partida e iniciar otra en la que los movimientos no iban a ser ajedrecísticos. Iba a arriesgar su propia vida al investigar y cuestionar, al narrar una realidad que parecía sacada de un relato policiaco o de una novela negra donde se va desvelando los pormenores de una masacre en la que al menos murieron cinco hombres. Pero él no era ningún Philip Marlowe ni un Sam Spade, era un hombre de carne y hueso, con sus miedos, con sus dudas, con su humanidad a cuestas y sus pasos a dar por un basural al tiempo real y simbólico. Y es que la verdad que fue descubriendo le impactó y lo cambió para siempre, aunque, en su caso, ese siempre sería más corto de lo que pudo ser.


El escritor argentino se encontraba en su mundo cuando recibió aquella noticia que le decidió a abandonar el tablero e iniciar otro juego más complicado, el cual, a la postre, ya en otra dictadura, le convirtió en la víctima de un crimen entre los miles que se produjeron entonces. Pero en ese 1956, los asesinatos y los salvados fueron otros. En todo caso, Walsh no miró ni miraría hacia otro lado. Asumió la historia, quiso desvelarla y la contó tal cual fue viviéndola en Operación Masacre, que primero sería publicada en una revista y quizás no demasiado bien vista por las autoridades. Y es que lo que expuso no era solo el crimen investigado, sino que sacó a relucir la podredumbre del sistema, de los de arriba y de los de abajo. Walsh no quiso caer bien, ni pasar por un gran literato. Quiso escribir sin pelos en la lengua, directo al asunto, que el lector medio le entendiese a la primera porque en ese instante urgía contar una verdad que no era íntima, sino de todos. Y logró un libro de no ficción claro, expositivo, pero que se lee como si fuera ficcional.


El cambio en su existencia fue tan radical, que le costaría la vida años después, cuando los militares lo asesinaron porque alguien como él, siempre en busca de la verdad de los hechos, resultaba incómodo y lo sentían peligroso. Pero dudo que este escritor y periodista, que se adelantó en la no ficción novelada al Truman Capote de A sangre fría (1966), hubiese actuado de otro modo, ni aun sabiendo el final que le aguardaba. Había dado el paso, ya no había vuelta atrás y denunciar aquel crimen se convirtió en parte de sí. No lo hizo solo, apunta al inicio de su libro que en todo momento estuvo acompañado por la periodista Enriqueta Muñiz —incluso en esto se adelantó a Capote, que encontró en Harper Lee una colaboración impagable—, a quien no duda en incluir en el yo narrativo, cuando se refiere a él, para hacer un nosotros.


Quizás sorprenda —aunque tal vez no tanto si se conoce la historia argentina— que Jorge Cedrón, quien, entre 1971 y 1972, filmó en la clandestinidad la película que llevaba a la pantalla la investigación de Walsh, también muriese asesinado a manos de las fuerzas represivas que hicieron desaparecer al escritor y periodista que en su Operación Masacre daba el paso para esclarecer los hechos de aquel fusilamiento masivo. Había que hablar, y lo hizo. Era una cuestión de decencia, de limpiar la memoria de los muertos, de buscar una reparación para los vivos; aunque no logró que se hiciese justicia.


Las últimas palabras escritas por Rodolfo Walsh son las de una carta escrita en marzo de 1977 que le costaría la vida, unas letras escritas sin miedo, o con mucho, aunque insuficiente para traicionarse, unas líneas que, dirigidas a la dictadura, concluyen «sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles»





Notas


(1) Rodolfo Walsh: Operación Masacre (1957). Ediciones La Flor, Buenos Aires, 1972.


Imagen de cabecera: El tres de mayo en Madrid (1814). Autor: Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo.

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