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La dama desconocida (1944)



Manos ambiguas


Por Antonio Pardines



Entre los cineastas que mejor manejaron el claroscuro y la nocturnidad del cine negro se cuentan los europeos que llegaron a Hollywood tras abandonar sus lugares de origen huyendo de los totalitarismos —Fritz Lang y Billy Wilder— o, en algunos casos, por contrato laboral, tal como le sucedió a Edgar G. Ulmer o a Alfred Hitchcock. Robert Siodmak fue uno de esos ilustres emigrantes que, dejando atrás el nacionalsocialismo, desembarcó en el cine hollywoodiense y supo crear atmósferas como de La dama desconocida (Phantom Lady, 1944), realizada el mismo año en que Otto Preminger dirigía Laura (1944) y Billy Wilder filmaba Perdición (Double Indemnity, 1944), obra maestra que revolucionó el género. Wilder, un viejo conocido de Siodmak, de los tiempos de Berlín y Gente de domingo (Menschen am Sonntag, Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer, 1929), marcó un antes y un después con su adaptación de Pacto de sangre de James M. Cain, al situar en el centro de las sombras a un hombre y una mujer corrientes que se dejan arrastrar hacia el crimen y la fatalidad que apunta el título en castellano. Por su parte, Siodmak adapta una novela de William Irish (Cornell Woolrich) y también se arriesga. Hace algo inusual: convierte a la estrella (Franchot Tone) en el villano y confiere el protagonismo a una mujer corriente. Kansas (Ella Raines) es quien investiga, quien actúa, a pesar del riesgo.


Hasta tal punto llega su entrega que se hace pasar por una buscona —masca chicle como si no hubiera mañana y soporta los besuqueos de alguien que le asquea— para lograr la información que la lleve hasta el verdadero culpable del asesinato del que acusan a Scott Henderson (Alan Curtis), el falso culpable de Siodmak —un inocente carente de la importancia que cobra el falso culpable en el cine de Lang o de Hitchcock—. Este se ha aferrado durante toda la investigación y durante el juicio a que es inocente, a que estuvo con una mujer de quien nada sabe, salvo que su cabello es castaño y que su sombrero era grande. Nadie le cree; solo esa heroína que se sumerge entre las sombras de los locales y las calles sin más ayuda que la de Burgess (Thomas Gomez), el detective encargado de la investigación, una ayuda extraoficial que el investigador justifica en la postura del condenado durante todo el proceso, una que solo podría asumir un idiota o un inocente.


Pero la escena del film, o al menos la que me queda en la memoria, es la presentación del villano en una oscuridad que resalta su peligrosidad, pero también su ambigüedad. En ese instante, está sentado y le habla a Cliff (Elisha Cook, Jr.), el batería al que ha pagado para que testificase que no había ninguna mujer acompañando al acusado. ¿Por qué lo hace? Todavía no se sabe. Lo importante de ese instante no es que ya sepamos que sucederá a continuación. No hay otra alternativa para ese encuentro, sino las palabras que amenazan y anteceden a un nuevo crimen:


—¿En qué está pensando? —le pregunta Cliff asustado.


—En lo interesante que pueden ser un par de manos —contesta el elegante homicida—. Pueden sacar una melodía del teclado de un piano. Pueden moldear una obra de arte de una simple piedra. Y volver a la vida un cuerpo enfermo… Un par de manos pueden hacer mucho bien. Y sin embargo, las mismas manos pueden hacer un mal terrible. Pueden destruir, azotar, torturar… y hasta matar —mira las suyas en silencio—. Ojalá no tuviera que usar las mías para hacer daño a otro ser humano.


Lo que ahí está diciendo va más allá de la mera amenaza. Está estableciendo la diferencia básica del ser humano respecto a sus hermanos mamíferos: las manos. Esas extremidades fueron las que le permitieron desarrollar el tacto, estudiar el terreno sobre el que se movía y descubrir las texturas. También le permitieron manipular los materiales, pero, sobre todo, posibilitaron el conocer y el pensar. Esas manos, capaces de crear y destruir, nos acercaron las alturas y, en no pocas ocasiones, los infiernos, convertidas en herramientas de aquello que ayudaron a desarrollar: la condición y la inteligencia humana.

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