martes, 4 de agosto de 2026

Fragmentos de nada: la ambigua vampirización literaria



Fragmentos de nada:
La ambigua vampirización literaria


Por Antonio Pardines



Hay autores que no escriben para contentar, ni buscan las ventas, tampoco enriquecerse con el fruto de su creación. El éxito y el aplauso les son tan extraños como ellos puedan serlo para el lector medio y el negocio cultural. Solo quieren quizás que haya alguien que les comprenda, tal vez ni siquiera eso. Los hay que escriben porque no pueden no hacerlo. Carecen de elección y lo que escriben obedece a la constante búsqueda emocional de sí mismos, es decir, la escritura para ellos es vida con toda la complejidad, conflicto y contradicción que esta supone. Son autores condenados a no ser leídos en su época o, como mucho, poco leídos, pero algunas de sus obras cambian el modo de entender la literatura.


Existen en las antípodas de un Víctor Hugo o de un Hemingway, fueron tipos como Stendhal, de quien ahora se repite lo del síndrome día sí y otro también, Emily Dickinson, a quien hoy se aúpa como heraldo femenino, Fernando Pessoa, Franz Kafka, Robert Walser —que fue leído por algunos autores contemporáneos suyos reconocidos en vida como Stefan Zweig o Walter Benjamin—. Tipos a quienes en vida no se les reconoce su escritura porque, al no ser leída por un público más o menos amplio, solo existe en la intimidad o, lo que es peor, existe en la condena del ostracismo. El mundo editorial no los acepta, el lector no los comprende, la cultura oficial mira hacia otro lado, pero nada de eso les merma su capacidad, aunque les frustre saberse fuera de lugar e incluso de tiempo, puesto que el tiempo existe de forma distinta en sus mentes, donde se crea la idea temporal que asumimos real.


Pase lo que pase, salvo la muerte, no podrán dejar de escribir, porque es su sentir materializado en el mundo físico. No se trata de un oficio, ni de entretenimiento, es al tiempo la condena y la liberación más allá de que se les publique y los lean millones de ojos ajenos. Escriben desde sí mismos, no desde las modas del momento. Por eso su obra es innegociable, su escritura peligrosa para el sistema y la letra estándar, veneno para los editores y extraños complicados para un público que apenas los lee porque no puede catalogarlos ni encontrar en sus obras la estructura literaria que les haga sentir cómodos. Mas no son radicales, solo a contracorriente porque se dejan llevar por la interioridad que se desvela en la letra impresa.


Aunque en vida publicasen algunas cosillas, lo curioso se produce tras sus muertes, cuando la sociedad les convierte en producto de consumo masivo o de alta cultura; ambas se alimentan por igual. Años después de sus funerales poco concurridos, alguien que posee o descubre sus textos lucha para que se publiquen las obras y, con los cambios en el pensamiento y en los gustos de la humanidad, estas alcanzan reconocimiento. Entonces, se dicen sus nombres, cuando en vida eran anónimos a quienes ni les habrían dado un mendrugo de pan o una palabra de aliento. Aquellos parias y marginados literarios ya lucen en plazas, calles, monumentos, cafeterías, estudios literarios, películas, camisetas, tazas… Nos desvelan sus nombres, mas no cuándo rieron y cuánto sufrieron. El nombre y el rostro de un tal Pessoa es hoy orgullo de los lisboetas, cuyos abuelos ignorarían que el poeta también caminaba sus mismas calles, y sus igualmente aislados heterónimos. ¿Quién reconocía la angustia existencial de Kafka, aunque padeciese mil y una metamorfosis? Hoy, en Praga, seguro que le invitarían a mil y un cafés. ¿Y el cuerpo congelado de Walser? ¿Quién sabía que era suyo? Existieron en el pasado que no los reconocía y no existen ahora, en el presente de su ambiguo reconocimiento que nos traen sus obras de vuelta. A ellos ya no les importa, puesto que no lo sabrán jamás, pero a mí sí me invade un pensamiento contradictorio. Esa mercantilización me los ha traído, tal vez no por amor al arte, sino porque también precise de genios entre tantos autores que no lo son. Sin embargo, la otra realidad, la que ya a nadie afecta, es que nunca sabrán que los han convertido en marcas de consumo e incluso en ídolos. Quizás soñarían con ser leídos. Y ahora que casi son lectura obligada, quizás sea doliente comprender que no sentirán que por fin algunos los comprendieron…



Imagen de cabecera: Fotografía tomada el 27 de diciembre de 2025, en las inmediaciones del Tambre. La escarcha sobre el agua estancada al amanecer me sirve para invitaros a evocar la intimidad congelada de Robert Walser y el ostracismo de esos autores a los que abrazamos cuando ya no pueden quejarse de que les acosemos y demos tanta lata.

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