El pirata que quiso ser aristócrata
Por Antonio Pardines
Una aventura de piratas más oscura de lo habitual en la que ni el héroe ni el villano caen bien. Sobre todo el primero, un aristócrata que carece de peso emocional, aunque busca vengar la muerte de su padre y limpiar su buen nombre. Pero, precisamente por esa cualidad de no resultar simpáticos y de que su héroe no robe lo mejor de la película —el brillo de la amoralidad de su verdadero protagonista—, El capitán Kidd (Captain Kidd, 1945) funciona como un oscuro cuento lejos del divertimento de las populares producciones Warner con Errol Flynn en plan heroico prístino —Capitán Blood (Captain Blood, 1934) y El halcón del mar (The Sea Hawk, 1940), ambas realizadas por Michael Curtiz— y de las posteriores evasiones como la no menos mítica El temible burlón (The Crimson Pirate, Robert Siodmak, 1952).
En esta aventura, que más semeja una de cine negro, mezcla de intriga y comedia negras, las piruetas circenses, el histrionismo y el romanticismo meloso desaparecen en beneficio de la ironía y de las sombras que dominan tanto al barco-escenario de la trama como a su grotesco capitán, el letal arribista William Kidd (Charles Laughton), grotesca y libremente inspirado en el personaje real de mismo nombre. Y ese alejamiento del infantilismo y del espectáculo cinematográfico —que también se verá en El pirata Barbanegra (Blackbeard the Pirate, Raoul Walsh, 1952)— puede que se debiese a tres factores; amén del guion de Norman Reilly Raine. O mejor dicho, su buen funcionamiento fue posible gracias a Rowland V. Lee, quien ya había demostrado en El conde de Montecristo (The Count of Monte Cristo, 1934) o La torre de Londres (The Tower of London, 1939) que en sus manos la aventura iba por otro lado más sombrío; Benedict Bogeaus, un productor independiente y de serie B que no renunciaba a la posibilidad de combinar en un mismo paquete el hacer negocio y buen cine —como apunta su asociación con uno de los grandes del silente: Allan Dwan— y Charles Laughton, que hace suyo el papel de un pirata que, amoral, quiere su lugar dentro de la sociedad moral.
Quiere ser Lord. Y para conseguirlo, logra engañar al rey para que le ceda uno de sus barcos y contrata los servicios de un ayuda de cámara que pula sus modales y le enseñe a comportarse como un caballero, o lo que se entiende como tal. Como tipo frio y calculador, Kidd sabe que debe aprender a ocultar sus maneras, imitando los modos de los aristócratas y de los antiguos piratas premiados con títulos nobiliarios. De no hacerlo, nadie le tomará por noble y se malogrará su meta. Que no es otra que dejar el mar y entrar a formar parte de la élite que no pasa las penurias ni los peligros de alta mar. Pero esa aspiración se quedará en eso porque sus planes se ven entorpecidos por la presencia a bordo de ese héroe de pacotilla interpretado por Randolph Scott, un actor que estaba a pocos años de lograr sus mejores actuaciones en el crepuscular y notable ciclo Ranown —suma de espléndidos westerns producidos por Harry Joe Brown y por él mismo, la mayoría de los cuales serían dirigidos por Budd Boetticher—. Así, William Kidd navega en nombre de Su Majestad británica (Henry Daniell), la Corona que mejor recibimiento y mayor aliento dio a los corsarios, porque estos la engrandecieron con sus constantes manejos marinos —todavía suenan las campanas al divisar los símbolos de Francis Drake ondeando en la distancia—. Fueron ellos quienes le permitieron el dominio del mar. Tipos como Kidd, premiados porque sus piraterías llenaban las arcas del Estado al tiempo que mermaban las de sus rivales. Posteriormente, el reino se haría grande gracias a su Armada y a la colonización llevada a cabo a lo largo y ancho del globo, la más feroz de la Edad Moderna.
Imagen de cabecera: cartel promocional de El capitán Kidd (Rowland V. Lee, 1945), dominio público.

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