Fragmentos de nada: Amores de mayo
Por Antonio Pardines
Siendo simplista e injusto del montón, digo sin reflexionar que, como padres del chovinismo, los franceses lo son más que el resto de ciudadanos del mundo, salvo que sean austrohúngaros o caballeros británicos, descendientes de aquel individuo más papista que el papa. De ahí que quisiera ser él el único pontífice. Pienso en Mel Brooks y me apropio del «Qué bueno es ser rey» para atribuírselo a Enrique VIII, quien, antes de la llegada del rey Sol al trono de Francia, ya entrevió las prioridades máximas: él y luego él, después él y si tal, ya los fines de semana, alguna de sus mujeres en estado de gracia. Es decir, con anillo o con cabeza. A los guerreros de Siam, a los Duces y Kobas de turno y otros fanáticos, como los militaristas japoneses o aquel que decía que todo lo habían inventado los españoles, incluso a Dios, los dejo para el día en que la inspiración me lleve allí donde estén. Mientras, me conformo con ver Los amantes habituales (Les amants réguliers, 2005) y pensar que mayos hubo muchos, algunos más floreados y otros más tempestuosos.
En Santiago, aunque fuese 2 de marzo, hubo uno cuando Eduardo Pondal, Aurelio Aguirre, Luis Rodríguez Seoane —la presencia de Rosalía, con la que ahora las modas especulan, la descarto porque ella nada dijo de haber estado ni tampoco los presentes la sitúan allí—, más estudiantes e igual número de obreros entrelazaron sus manos y acudieron a una pitanza de libertad, hermanamiento y fraternidad. Aquel instante puso en alerta roja a la sociedad conservadora compostelana que temía que allí, en el bosque de Conxo, se estuviese fraguando una revuelta obrero estudiantil. Hoy, ese marzo de 1856 se ha recuperado para la historia, pero no alcanza la mítica ni la decepción del mayo francés que quedó para el recuerdo, con sus verdades, sus mentiras, su imposibilidad y su desencanto hechos cine, literatura y cultura de consumo.
Si pienso en las Trece Colonias Norteamericanas, me digo que la revolución francesa más popular, la de 1789, no fue la primera liberal ni tampoco la que rebanó la primera cabeza regia. Quizás Cromwell pueda explicarnos algo sobre el tema. Tampoco ese quinto mes del penúltimo año de la década de 1960 fue el primer mes que vio y escuchó protestas estudiantiles «espontáneas» (1) que derivaron en un intento de revolución. Sin abandonar el continente, en Hungría, en otoño de 1956, un movimiento espontáneo puso en jaque al gobierno pro soviético. Este no se anduvo por las ramas, puesto que no era pseudodemocrático, sino totalitario de pura cepa y, como tal, no dudó en actuar con mano sangrienta —así lo expuso Antonio Isasi-Isasmendi en la propagandística Rapsodia de sangre (1957)—. Las cifras de muertos, heridos y fugados dejan al mayo francés como un juego de niños. Aquel otoño húngaro se inició con las protestas estudiantiles. Lo mismo sucedería en París doce años después, cuando los universitarios tomaron el patio de la Universidad y exigieron cambios que las autoridades francesas no estaban dispuestas a consentir. Evidentemente, significaría el fin del sistema conocido y dominado por los De Gaulle y Cía, entre ellos André Malraux.
Queda claro que otros lugares fueron también testigos de levantamientos estudiantiles, por ejemplo el México que asoma en las imágenes de Canoa (1976), en la que Felipe Casals expone una consecuencia trágica de aquellos días de septiembre de 1968 en San Miguel Canoa, localidad cercana a Puebla.
Viendo Los amantes habituales recuerdo Milou en mayo (1990) y cómo Louis Malle desvela aquel instante desde la distancia. Siento un acierto que emule a lo hecho por Ettore Scola en Una jornada particular (1977). También recupero imágenes de La mamá y la puta (1973) y me digo que ahí, Jean Eustache nos descubre la existencia desencantada de un estudiante cualquiera de aquel instante perdido. La apatía que ya será su tónica, el desentenderse de la sociedad para dedicarse en exclusiva a mirarse el ombligo y dormir, su máxima aspiración.
Siempre nos quedará París, se decían los amantes de Casablanca (1942), pero a les réguliers de Philippe Garrel no les quedará ni eso. El París de la posibilidad, aquel que fue testigo y hervidero de una protesta espontánea que el gobierno decidió borrar, ordenando a la policía asaltar la universidad, y el partido comunista prefirió ignorar con la excusa de que los estudiantes eran niños pijos y burgueses. ¿Cuándo se había visto eso? Ni en el Terror de Robespierre ni durante la ilusión de 1832 retratada por Víctor Hugo en Los miserables ni en el 1871 de la Comuna parisina.
Sucedió la revuelta, según Jean-Paul Sartre, por algo tan sencillo de entender como el sentirse ahogados. Dicho ahogo empujó a los estudiantes y la invasión policial al templo de la sabiduría —tal como exageradamente definió Unamuno a la Universidad— fue la gota que colmó el vaso y llevó a los jóvenes a las calles donde parte de los ciudadanos los apoyarían. Y es que en eso, cuando hay fiesta, en París quien no corre, vuela. En todo caso, aquellos años sesenta fueron los de soñar que la liberación y el poner fin al neocolonialismo era una posibilidad real. Proliferaron personajes que se convirtieron en iconos y hoy están olvidados o son estampas de camisetas y banderas que hay quien ondea sin saber quién habitaba ese rostro en el que proyecta su berrinche y su pose, porque, de ser otra cosa, no precisaría agitar pendones, sino humanismo, tolerancia, libertad en el sentido de hago lo que quiero sin evitar que otros hagan lo propio. Pero la realidad apunta siempre hacia el mismo lugar: la espontaneidad, la cual implica la pureza condenada solo a ser posible en ese instante. Por eso todo cambio, tal como señalaba Marcuse, ha de producirse educándose en libertad, lo cual suena utópico. Sin embargo, ¿qué cambio no empezó siéndolo?
Notas
(1) Si bien «espontánea» vendría a significar «del momento en sí», e insinúa que lo que se genera surge de la nada, no es el caso de los ejemplos arriba expuestos, pues los estudiantes compostelanos, húngaros, franceses y mexicanos tuvieron acceso a las ideas de los filósofos, pensadores e intelectuales de su tiempo, que apuntaban «errores» del sistema que habría que subsanar para lograr una sociedad libre y solidaria. Y solo un cambio radical podría lograrlo. De esa manera, las ideas teóricas y la realidad vivida se fundieron en el pensamiento estudiantil convirtiéndose en parte de las cotidianidades, aulas y conversaciones universitarias. Y sin ser de la noche a la mañana, el choque entre ser y querer, así como la incomodidad, irían creciendo, aun inconscientes de ello, hasta que del malestar se pasó a la acción espontánea, pues no había sido preparada. Fue emocional y visceral.
Imagen de cabecera: Fotograma de Los amantes habituales (Philippe Garrel, 2005). Para uso de análisis crítico.

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