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La mujer de rojo (1984)



La roja chispa del bochorno


Por Antonio Pardines



En lo alto de un edificio, Theodore Pierce (Gene Wilder) piensa en cómo llegó a esa cornisa calzado en zapatillas que le quedan grandes y vestido en una bata que pertenece a otro marido, el de Charlotte (Kelly LeBrock), la imponente y hermosa modelo —siempre según la particular versión del narrador— que ha perseguido hasta ese instante para sentirse tal vez joven, puede que viril, triunfador o vivo, y con quien ha fantaseado para escapar de su rutina en el trabajo, con los amigos —todos ellos infieles consumados— o en su matrimonio. Theodore no lo dice, pero vive en la insatisfacción permanente y solo la ilusión de una cana al aire parece sacarle de la abulia que le caracteriza.


Nada más fácil para explicar esa elevada situación inicial de Theodore, la que el público que se congrega en la calle asume suicida porque ignora que el aspirante a infiel está en las alturas por obra y gracia de un guion que nos explica en pretérito sus días de don Juan de pacotilla. Pero dicho guion ni es original ni puede presumir de ingenioso. Se limita a seguir pasos ya dados por otros cineastas, lo que me lleva a pensar que Gene Wilder en La mujer de rojo (The Woman in Red, 1984) no solo homenajea a otro Wilder, Billy, y La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, 1955), sino que su ingenio a la hora de retratar medianías se encuentra a años luz del ácido bisturí del cineasta de Galitzia o de mediterráneos como Ferreri e incluso Monicelli. De poco vale que el deseo sexual del cuarentón despierte cuando la chica de sus sueños húmedos se refresque vestida de rojo fuego, pasión, bochorno, imitando a la Marilyn Monroe acariciada en su cuerpo por el blanco inocente y seductor de su vestido veraniego, que no le evita el calor; o a la chica de Un elefante se equivoca enormemente (Un Élephant ça Trompe Énormément, Yves Robert, 1976), el film francés que sirve el argumento en bandeja para esta versión hecha en Hollywood a mayor gloria de su estrella, que también ejerció de guionista y director.


¿Esnobismo intelectual por mi parte, jugar con cartas marcadas a mi favor, al comparar a los dos Wilder? ¿Escapismo más allá del escapismo que la industria considera necesidad de su consumidor? ¿Narcisismo de la estrella? Ese es el problema en el que cae el autor de esta revisión hollywoodiense. Y en cuanto a jugar con cartas marcadas, lo dudo. Los italianos satirizaban para llegar a una verdad humana y mundana, a la vez cómica y patética; y Billy Wilder jugaba en la misma liga que el actor que dio vida al jovencito “Frankonstín”: Hollywood, pero tuvo la osadía de ser sincero a la hora de retratar a sus personajes. Gene quiere lucirse y desluce, ni siquiera logra el humor absurdo de su maestro Mel Brooks.


El enredo se inicia en esa cornisa donde Theodore Pierce se pregunta y recuerda, paso a paso, su monotonía de clase media urbana y cómo se fue al traste persiguiendo una quimera de perfectas piernas y de otras partes anatómicas no menos logradas. Dice que nunca antes había mirado a otra mujer que no fuese Didi (Judith Ivey), con quien está casado y tiene dos hijas. ¿Pero quién puede creerle, si la suya es la única versión a la que tenemos acceso? Como narrador de su historia, nos cuenta lo que quiere e incluso, siendo verdad lo que nos dice, puede que se mienta y que haya pasado su vida marital mintiéndose para no tener que encarar aspectos existenciales que la monotonía acalla. O tal vez haya entrado en la crisis que se desataba en el fantasioso, temeroso y febril de La tentación vive arriba, con la que La mujer de rojo guarda relación en la crisis, el deseo insatisfecho y la posibilidad de infidelidad —físicamente no consumada en Tom Ewell, y casi triunfante en Gene Wilder hasta que llega el marido de la bata y las zapatillas— que se descubren en los pésimos Casanovas de ambas comedias.

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