Cuando los justos desatan su terrorífica ira cazadora
Por Antonio Pardines
La situación planeada por Thomas Vinterberg en La caza (Jagten, 2012) es compleja y difícil de abordar. Aparte, el cineasta danés va introduciendo perfectamente el panorama, las relaciones, las situaciones y las pistas necesarias para saber por dónde van a ir los tiros. Inicia su caza mostrando a un grupo de amigos en noviembre. Forman parte de una tranquila comunidad en la que todos darían cualquier cosa por el resto. Eso a priori, o mientras nada les afecte. Pero ¿y si algún suceso o sospecha les golpea, rompe la cotidianidad e indica que uno de los suyos es un depravado? ¿Cómo actuar? ¿Como cazadores obsesionados con cobrarse su pieza? La situación estalla a raíz de unas palabras de Klara (Annika Wedderkopp), una niña que cursa infantil. Ella es la primera culpable, pero no la más letal, puesto que, debido a su edad, no puede formar parte de la batida iniciada por los adultos, quienes no dudan en desempolvar sus armas de acusación, presión, asfixia, linchamiento u ostracismo.
Los padres no quieren aceptar que sus hijos mienten, y a ellos más si cabe, tal vez porque ellos mismos lo hacen como parte de su cotidianidad. Ninguno parece haber visto La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976) o La mala semilla (The Bad Seed, Mervyn LeRoy, 1956), ni Pánico (Panique, Julien Duvivier, 1946), ni Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, William A. Wellman, 1943) ni La jauría humana (The Chase, Arthur Penn, 1966), ni han leído a John Stuart Mill (1) y su De la libertad (Acantilado, 2013) ni quieren aceptar que también ellos mienten. Grethe (Sussie Wold), la directora de la escuela infantil, quiere creer a la niña que habla de un pene adulto y erecto. Ni siquiera se plantea que la niña pueda estar inventando. Asume que Klara es fantasiosa, pero no en esta ocasión. ¿Y por qué no? No por la posibilidad de que sea cierto, sino por la de que no lo sea. La docente da vueltas a la culpabilidad del adulto señalado, aunque, para ella, la duda consiste y reside en cómo actuar, en cómo liberarse de esa sospecha que hace tambalear su estado habitual.
Desatendida en su hogar, algo que los padres negarían si alguien se lo hiciese notar, Klara demanda atención a su modo infantil. Aparte, le gustaría darles una patada de atención, para hacerles ver que está ahí y que han de ser menos egoístas. Quizás no sea consciente del daño que está haciendo a Lucas (Mads Mikkelsen), pero sí sabe que miente. ¿Por qué? Por una contrariedad, por sentirse rechazada una vez más. Así, los adultos quieren creer a la pequeña, ni siquiera le dan al profesor y viejo amigo el beneficio de la duda.
—Creo a los niños. Los niños no mienten —le exclama la directora cuando Lucas quiere una explicación a la persecución de la que está siendo víctima.
¿Cómo? ¿Acaso no conoce la condición humana y que una de sus características es la mentira, la fantasía, la posibilidad de inventar? Esa facilidad para tergiversar la realidad es exclusiva de la humanidad, es la que nos separa del resto de animales. Así que si siempre cree a los niños, porque estos no mienten, mal docente y peor juez resulta la directora, ya que se posiciona en el absolutismo de una sola posibilidad, postura que incluso sería negativa hacia su alumnado, al que le niega la posibilidad de inventar y los asume como objetos de cristal.
La vida de Lucas ya estaba difícil, ahora ya es un imposible. Todos le quieren lejos, lo quieren culpable. No pueden pensar que no lo sea porque eso indicaría que ni los niños ni ellos son inocentes. Es más sencillo señalar y linchar socialmente al sospechoso, para ellos ya culpable. Lucas es un apestado, alguien a quien desterrar aunque días atrás fuese el mejor amigo o la persona más amable. Da igual, una mentira infantil que nadie niega que pueda investigarse ha acabado con él, lo ha convertido en la presa de una comunidad depredadora. Incluso Ole (Bjarne Henriksen), el hombre que va a hacerle las preguntas a Klara, se las hace tendenciosas, para que la pequeña afirme que Lucas no solo le enseñó el pene, sino que fue más allá. Y lo más terrible sucede cuando la niña se desmiente y la madre (Anne Louise Hassing) no quiere creerlo. No puede porque sería reconocer que la culpa no es de Lucas, sino propia. Así que, inconsciente por negación, intenta darle a su hija una explicación psicológica a su desmentido y le afirma rotunda: «sí pasó». Mejor eso que aceptar que están persiguiendo y acabando con un hombre inocente a quien poco antes de su linchamiento social decían querer.
Notas
(1) Por ejemplo, en su ensayo sobre la libertad, Stuart Mill señala:
«Calificar de cierta una proposición mientras haya alguien que negaría su certeza si se le permitiera, pero no se le permite, es dar por sentado que nosotros y quienes nos secundan somos los jueces de la certeza y, además, jueces que no escuchan a la parte contraria.»
Imagen de cabecera: cartel promocional de La caza (Thomas Vinterberg, 2012). Los derechos pertenecen a sus autores.

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