Madrid era una fiesta (salvo en palacio y los despachos)
Por Antonio Pardines
Una mente fría quizás no entendiese que ese párrafo inicial es fundamental para establecer las dos cuestiones que me interesan señalar: que a la historia no le interesa lo vivo y que lo vivo vive sus propias y pequeñas historias (lo que alguien una noche de niebla y alucinaciones dio en llamar intrahistoria). Pocas tienen que ver con los intereses que se gestan en las sombras y que, años después, se contarán en un titular y dos o tres líneas en los libros de texto. Lo que quiero decir es que cada época tiene sus momentos especiales, entendiendo estos como aquellos que pasan a los libros de historia, pues existen otros que solo lo son para el individuo que los vive. Por ejemplo, un plato que saboreará años y años en la memoria, un infrecuente coito bien echado, un viaje que depare lo inesperado o su primer desahucio, pues los siguientes ya serán costumbre y nadie recuerda su rutina. Sin embargo, a su muerte, estos instantes para él significativos, aunque apenas afectan a nadie más, se perderán en la bruma y finalmente en el olvido. Y lo que parecía tan especial, ya será nada. Pero los históricos son otro cantar. Se adaptan y, transformándose en el imaginario según la época, sobreviven en la idea colectiva durante años, siglos y, en casos muy bien llevados por la propaganda, milenios. A grandes rasgos, sirven de entretenimiento para el futuro, cuando surja en una charla de bar y el tono suba hasta convertirse en la amenaza de batalla campal que hará pensar al dueño del local que mejor cerrar el garito o que esto no sucede en Francia o en la Cochinchina. Un error bastante común el pensarlo así en nuestros días, pues pocos saben qué sucede en el país vecino ni por dónde cae ese lugar, pero mejor no decírselo… No vaya a ser que ya la liemos por completo.
Algunos de esos instantes se precipitan antes de lo esperado porque sus protagonistas lo calculan para después, que ya es tardar para unos y el acabose para otros. Ese «antes» implica que llegue de repente, es decir, que deje sin palabras y sin capacidad de reacción (momentánea) incluso a quienes llevan años trabajando para que se produzca tal advenimiento.
Una sorpresa así se produjo el 14 de abril de 1931. Sin duda fue uno de los «de repente» del siglo. Ni propios ni extraños contaban con él. Se había intentado apurarlo tiempo atrás en un pacto donostiarra —firmado por republicanos, socialistas, federalistas, nacionalistas vasco-navarros, catalanes y galeguistas—, y en un asalto en Jaca que se pasó de vueltas aunque al imaginario popular republicano le dio para crear alguno de sus héroes. Pero, para los más prosaicos, aquello de Jaca significó un jarro de agua fría y que las mentes republicanas en la sombra viesen que la cosa iba para largo. A pesar de este traspiés, se confiaba en que el cambio era inevitable, que la monarquía se iría al garete en pocos años y que la Segunda República, que soñaban la definitiva, regularía entonces la vida del país, que algunos pretendían unitario y otros formado por estados federales. Políticos como Castelao —que tenía la idea de una República federalista con todas las nacionalidades de la península— o el coronel Macià pensaban que sería una Federación Ibérica, que era por la que apostaban y la que les habían hecho creer que así sería. Tal vez, por ello, Francesc Macià proclamase la República Catalana al tiempo que Lluis Companys aclamaba la República sin más. Mientras, los Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, Niceto Alcalá Zamora o Miguel Maura se harían los locos en cuestiones federales, pues la fiebre federalistas ya pasaría si la dejaban correr. Eso sí, había que ver cómo se las arreglaban con la cuestión catalana. De ahí las conversaciones telefónicas entre los presidentes catalán y el republicano en funciones.
Puede suceder que lo que se espera no llegue nunca, o lo haga distinto lo esperado. También podría darse el caso de que lo que aparezca resulte agridulce para unos, feliz para otros y un cambio de hogar, incluso de país, si uno es el monarca del sistema saliente —ya que en este caso no fue depuesto—. Y el asunto que nos ocupa se precipitó por las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, unos comicios que, al contrario que los generales, eran locales y en ningún caso con el poder de cambiar el gobierno central. A esta idea se aferró Juan de la Cierva, a quien imagino sacando energías de su flaqueza para clamar resistencia y mano dura, cuando ya ninguno de la camarilla real pretendía hacer más esfuerzos. No hubo un «venga Juan, que estamos cansados», pero a ninguno de los presentes se le escapaba que el sistema hacía aguas incluso antes de, pongamos, el desastre de Annual —el que Alfonso XIII y algunos de sus allegados quisieron acallar implantando la dictadura de Primo de Rivera.
Y la historia de España cambió entre aquel 12 y 14 de abril de 1931, cambió no tanto por las urnas como por las sensaciones que se derivaron de ellas. «En el sistema Cánovas, las elecciones generales daban salida, predominantemente, a las fuerzas rurales. Las municipales compensaban este peso dando salida a los intereses de las grandes ciudades... Romanones, director político del último Ministerio, trató de salvar la Monarquía tomando el camino que fatalmente tenía que hundirla. Si hubiese empezado por las elecciones generales, el país habría tenido la sensación de que se había producido un gran triunfo monárquico. Ahora la gente ha tenido la sensación de un gran triunfo republicano», (1) le explica Francisco de Cossio a Josep Pla después de que este le enseñe el libro de MacCabe en el que se recogen las cifras de las elecciones municipales. En números redondos, apunta que salieron elegidos tres mil quinientos concejales republicanos y veintitrés mil monárquicos. Estas cifras suponían una victoria aplastante de los monárquicos, pero la sensación, sobre todo en las grandes ciudades, era la contraria. Incluso hubo políticos republicanos que dijeron que los votos urbanos tenían mayor valor. Así, con esa sensación de haber agotado todas las posibilidades, salvo la de una guerra civil que, probablemente, tendría pérdida, el rey asumió la decisión de poner tierra de por medio y salir del país. Eso sí, sin renunciar a los derechos de la corona. Pla comenta ese momento con su ironía y desparpajo narrativo habitual, el de un observador lúcido y con una retranca que no desmerece ni nada tiene que envidiar a la del gallego Julio Camba, una de sus referencias periódicas y literarias.
Y más o menos ese es el panorama en el que periodista y escritor catalán es enviado a Madrid, una ciudad que, salvo museos como El Prado, no le llena ni siquiera la tripa, pero que tiene la facilidad de adormecerle. Pla está allí para cubrir lo que sucede. Escucha, observa, cuenta y lo hace directo en su libro Madrid. El advenimiento de la República, publicado en 1933. Detalla subjetivo en su manera de sentir el lugar y el momento, y objetivo en sus opiniones sobre los hechos de los que es testigo lúcido y analista. Pla pertenece a una rara estirpe de periodistas y prosistas: la irónica, de la que también forma parte Julio Camba, a quien se encuentra en la villa madrileña y a quien guarda simpatía. El humor, la observación, el sentido y una prosa sin barroquismos asoman en el autor catalán, y en esta crónica literaria no es distinto. A lo largo de sus páginas, Pla narra con soltura, consciente de cumplir su máxima de no aburrir, dejando hablar a los personajes históricos y al gentío, creando un panorama literario que va más allá del artículo y del reportaje periodístico, incluso me atrevería a sugerir que antecede a la «novela de no ficción» que tendría su evolución durante los siguientes años, por ejemplo Ramón J. Sender en Viaje a la aldea del crimen (1934) y Manuel Chaves Nogales en La defensa de Madrid (1936), hasta alcanzar en la obra del argentino Rodolfo Walsh, Operación Masacre (1957), un modelo a seguir. En España, este género de la realidad novelada encontraría en Luis Romero uno de sus máximos exponentes: Tres días de Julio (1967) —obra publicada un año después de que Truman Capote sacase a la luz A sangre fría (1966), en la que asume para sí la voz omnisciente— y Desastre en Cartagena (1971).
Notas
(1) Josep Pla: Madrid. El advenimiento de la República (traducción de Xavier Pericay). Diario El País (colección Clásicos del siglo XX), Madrid, 2003.
Imagen de Cabecera: Celebración de la proclamación de la Segunda República en la Puerta del Sol de Madrid, 14 de abril de 1931. Archivo General de la Administración / Ministerio de Cultura. Dominio Público.

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