La deriva oculta
Por Antonio Pardines
Con su segundo largometraje, Paolo Sorrentino apuntaba que era uno de los cineastas que, mirando el esplendoroso pasado de la cinematografía italiana, se inspiraba en ella para su propio cine. El italiano llevaba tiempo sin un realizador referente a escala internacional. Era una necesidad volver a sentir el esplendor y la calidad que el cine italiano gozaba en el pasado, cuando los Mario Monicelli, Vittorio De Sica, Federico Fellini, Roberto Rossellini y compañía sorprendieron al mundo ofreciendo un cine de calidad y humanismo incuestionable. Pero, aparte de grandes cineastas y magníficos guionistas, el cine italiano siempre gozó de grandes actores y actrices, grandeza heredada por Toni Servillo, quien, en su papel de Titta di Girolamo, un nombre un tanto frívolo, da vida a alguien introvertido, lacónico y solitario en grado superlativo. Titta apunta en su agenda «no subestimar las consecuencias del amor». Pero más allá de esa advertencia, poco se sabe de él, solo aquello que desea que se conozca; es decir, casi nada. De su mundo hermético, blindado de cara al exterior, tenemos acceso a la cotidiana soledad que la cámara muestra en el hotel donde el personaje vive desde hace ocho años. Pero, poco a poco, Sorrentino nos permite adentrarnos en la mente de Titta, y en su insatisfacción.
Lo obvio sería decir que hay mucho de Fellini en Sorrentino. Pero el estilo del de Rimini desborda de fantasía y de un «yoísmo» deformado que aleja al moralista que podría haber sido de apostar por el realismo. Fellini, su cine, es más grotesco, onírico y a la vez natural. No se nota la intención, no la anuncia a gritos de cámara ni de música. Crea un mundo suyo, donde deforma lo popular y lo íntimo, y, ahí, si quieres, entras en complicidad o no podrás hacerlo tuyo. El de Sorrentino parece que te obliga a entrar y que aceptes sus reglas. No hay invitación y no te sientes como parte. La seducción fellinesca desaparece en el cine del napolitano, que también tiene sus propias obsesiones, sus temas e imágenes recurrentes, sea Nápoles, Maradona, la Iglesia, la apariencia, el aislamiento, la incapacidad de comunicación incluso con uno mismo o la deriva de la sociedad italiana moderna. Aunque no solo la italiana, más bien se trata de la humana, la cual remarca el aislamiento. Esta película es un ejemplo, y he de reconocer que fue la primera suya que vi. De modo que en ese instante no pude ver aspectos comunes con otras de sus obras. Vista tiempo después, tras descubrir su cine, no me cabe duda de que, aunque todavía introvertido, el recargado y burlesco estilo Sorrentino estaba ya ahí.

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