miércoles, 3 de junio de 2026

Megalópolis (2024)



No me hables de futuro, es una ilusión, cuando la creación conquistó mi corazón 


por Antonio Pardines



¿Visión de futuro? ¿Quién la tiene? Nadie y todos, lo que nos deja en una situación desértica. Pero sí hay quien ve mejor y peor, más y menos probabilidades que la mayoría de sus contemporáneos. Y a Francis Ford Coppola lo ubico entre quienes, sin poder abandonar su presente, buscan algo nuevo en lo viejo o utilizando lo ya existente, que es como se llega a la novedad y a ser original, lo cual resulta más difícil que alcanzar lo novedoso. Ni en arte ni en cine existe la generación espontánea. Existen las influencias y las obsesiones, la búsqueda de la expresión y de la perfección que todo artista pretende aun sabiendo que jamás podrá alcanzarla. Pero en eso consiste el juego de construir de la «nada», al menos parte de él. Consiste en soñarla e intentar llevar el sueño al mundo «despierto». Coppola lo hizo en varias ocasiones, la más sonada, debido a la ruina financiera que le supuso, fue la de Corazonada (One from the Heart, 1982). Con Megalópolis (Francis Ford Coppola’s Megalopolis: A Fable, 2024) se dio otro batacazo económico y hay quien afirma que cinematográfico.


El cine sin riesgo no puede aspirar a ser arte, ni siquiera a ser cine distinto a una lata de conservas de marca blanca o de precio popular. Y Coppola quiere ser un cineasta artista que filma cada trabajo suyo, personal o de encargo, como parte de un todo, como parte de sí mismo, y si te cuesta digerirlo no es que sea malo, quizá se deba a que tu paladar no está acostumbrado. Y eso es novedoso. Por otra parte, quiere dejar su impronta, dejar su nombre, quiere dejar un legado, pues, aunque nunca podemos acceder a ella, cree en la posteridad. Así que afirmar que esta pieza audiovisual es una mala película sería igual que decir que se trata de una obra deslumbrante, sin parangón. Afirmar lo uno o lo otro solo sería una cuestión de gusto y sensibilidades distintas, y tal vez exageradas. Más allá del debate que pueda generar alguien del prestigio y mítica de Coppola, a quien tantos que no comprenden su intención artística le piden un Padrino tras otro, una obra como la suya no puede reducirse a un solo título. Su obra persigue un sueño: la idea de ser el artista cinematográfico total que siempre ha querido y buscado ser. Por eso controla todos los aspectos, por eso se echa a la espalda su preparación, su producción y su ejecución. La distribución ya es otro cantar, como también pueda serlo para los escritores. 


Suyos son sus aciertos y sus errores. Y esto es de lo más que se puede afirmar de un artista: su capacidad de intentar hacer realidad su propio universo imperfecto. Y es imperfecto porque lo construye y lo idealiza alguien vivo, complejo, contradictorio, en conflicto entre el quiero y no puedo, y el puedo y no quiero. De modo que arruinarse persiguiendo esa cima audiovisual, que lleva buscando desde tiempos y títulos atrás, no es una ruina —de la financiera, alguien de su posición y de sus derechos de autor puede recuperarse—. Lo sería no perseguir su quimera, una que aparte de estética incluye las ideas que le rondan. Ideas como el tiempo y el proceso creativo. La ilusión temporal ya asoma en La ley de la calle (Rumble Fish, 1983), Peggy Sue se casó (Peggy Sue Got Married, 1986), Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, 1992), Jack (1996) o El hombre sin edad (Youth without Youth, 2007), incluso en La conversación (The Conversation, 1974) o Apocalypse Now (1979), en las que el tiempo parece ser el «no tiempo», un limbo para sus protagonistas.


Ese devenir asoma en su obra, y no hay quien lo detenga, ni siquiera quien, como Drácula o César (Adam Driver), tenga la posibilidad, milagro y condena, de salir de él. El arquitecto, mesías, visionario, aspirante a emperador de Megalópolis persigue el futuro, quiere hacerlo realidad en la construcción de la ciudad perfecta. Y, consciente de que para construir debe buscar el equilibrio, destruye. Vive en un constante proceso creativo, aunque carente de la fuerza vital de un Tucker. Asume que su futuro, el que proyecta para él y los demás, es el mejor de los posibles.


Por eso su idea choca con la más conservadora y materialista del alcalde Cicerón (Giancarlo Esposito) y de magnates como Craso (Jon Voight), y otros patricios de esa Nueva Roma inspirada visualmente en la Antigua, en Manhattan y en la Metrópolis de Lang en la que el conflicto se daba entre la mano y el corazón, es decir, entre la masa obrera y la supuesta intelectualidad que gobernaba la ciudad —la lucha obrero-empresario que se había desatado en el XIX y que continuaba en el XX—. Aquí se da entre el sueño creativo y humanista, una utopía y, como tal, irrealizable, pero que pone en marcha, y el materialismo de consumo que agudiza la ilusión de placer…

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