Ir al contenido principal

Megalópolis (2024)



No me hables de futuro, es una ilusión, cuando la creación conquistó mi corazón 


por Antonio Pardines



¿Visión de futuro? ¿Quién la tiene? Nadie y todos, lo que nos deja en una situación desértica. Pero sí hay quien ve mejor y peor, más y menos probabilidades que la mayoría de sus contemporáneos. Y a Francis Ford Coppola lo ubico entre quienes, sin poder abandonar su presente, buscan algo nuevo en lo viejo o utilizando lo ya existente, que es como se llega a la novedad y a ser original, lo cual resulta más difícil que alcanzar lo novedoso. Ni en arte ni en cine existe la generación espontánea. Existen las influencias y las obsesiones, la búsqueda de la expresión y de la perfección que todo artista pretende aun sabiendo que jamás podrá alcanzarla. Pero en eso consiste el juego de construir de la «nada», al menos parte de él. Consiste en soñarla e intentar llevar el sueño al mundo «despierto». Coppola lo hizo en varias ocasiones, la más sonada, debido a la ruina financiera que le supuso, fue la de Corazonada (One from the Heart, 1982). Con Megalópolis (Francis Ford Coppola’s Megalopolis: A Fable, 2024) se dio otro batacazo económico y hay quien afirma que cinematográfico.


El cine sin riesgo no puede aspirar a ser arte, ni siquiera a ser cine distinto a una lata de conservas de marca blanca o de precio popular. Y Coppola quiere ser un cineasta artista que filma cada trabajo suyo, personal o de encargo, como parte de un todo, como parte de sí mismo, y si te cuesta digerirlo no es que sea malo, quizá se deba a que tu paladar no está acostumbrado. Y eso es novedoso. Por otra parte, quiere dejar su impronta, dejar su nombre, quiere dejar un legado, pues, aunque nunca podemos acceder a ella, cree en la posteridad. Así que afirmar que esta pieza audiovisual es una mala película sería igual que decir que se trata de una obra deslumbrante, sin parangón. Afirmar lo uno o lo otro solo sería una cuestión de gusto y sensibilidades distintas, y tal vez exageradas. Más allá del debate que pueda generar alguien del prestigio y mítica de Coppola, a quien tantos que no comprenden su intención artística le piden un Padrino tras otro, una obra como la suya no puede reducirse a un solo título. Su obra persigue un sueño: la idea de ser el artista cinematográfico total que siempre ha querido y buscado ser. Por eso controla todos los aspectos, por eso se echa a la espalda su preparación, su producción y su ejecución. La distribución ya es otro cantar, como también pueda serlo para los escritores. 


Suyos son sus aciertos y sus errores. Y esto es de lo más que se puede afirmar de un artista: su capacidad de intentar hacer realidad su propio universo imperfecto. Y es imperfecto porque lo construye y lo idealiza alguien vivo, complejo, contradictorio, en conflicto entre el quiero y no puedo, y el puedo y no quiero. De modo que arruinarse persiguiendo esa cima audiovisual, que lleva buscando desde tiempos y títulos atrás, no es una ruina —de la financiera, alguien de su posición y de sus derechos de autor puede recuperarse—. Lo sería no perseguir su quimera, una que aparte de estética incluye las ideas que le rondan. Ideas como el tiempo y el proceso creativo. La ilusión temporal ya asoma en La ley de la calle (Rumble Fish, 1983), Peggy Sue se casó (Peggy Sue Got Married, 1986), Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, 1992), Jack (1996) o El hombre sin edad (Youth without Youth, 2007), incluso en La conversación (The Conversation, 1974) o Apocalypse Now (1979), en las que el tiempo parece ser el «no tiempo», un limbo para sus protagonistas.


Ese devenir asoma en su obra, y no hay quien lo detenga, ni siquiera quien, como Drácula o César (Adam Driver), tenga la posibilidad, milagro y condena, de salir de él. El arquitecto, mesías, visionario, aspirante a emperador de Megalópolis persigue el futuro, quiere hacerlo realidad en la construcción de la ciudad perfecta. Y, consciente de que para construir debe buscar el equilibrio, destruye. Vive en un constante proceso creativo, aunque carente de la fuerza vital de un Tucker. Asume que su futuro, el que proyecta para él y los demás, es el mejor de los posibles.


Por eso su idea choca con la más conservadora y materialista del alcalde Cicerón (Giancarlo Esposito) y de magnates como Craso (Jon Voight), y otros patricios de esa Nueva Roma inspirada visualmente en la Antigua, en Manhattan y en la Metrópolis de Lang en la que el conflicto se daba entre la mano y el corazón, es decir, entre la masa obrera y la supuesta intelectualidad que gobernaba la ciudad —la lucha obrero-empresario que se había desatado en el XIX y que continuaba en el XX—. Aquí se da entre el sueño creativo y humanista, una utopía y, como tal, irrealizable, pero que pone en marcha, y el materialismo de consumo que agudiza la ilusión de placer…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...