Ir al contenido principal

El abanico de Lady Windermere (1925)



Dos abanicos elegantes, irónicos y refrescantes


Por Antonio Pardines



En su país natal, Ernst Lubitsch era un director estrella, a la altura de un Fritz Lang, un Joe May o un Murnau, o incluso más elevado. Así que era cuestión de tiempo que alguien de Hollywood se fijase en él. Y ese alguien fue Mary Pickford que, aparte de actriz estrella, era una productora «independiente» que buscaba un cambio de imagen que le permitiese dar el paso a producciones más complejas, en las que a su esplendor de icono indiscutible de la pantalla se uniese el de gran actriz. Rosita, la cantante callejera (Rosita, 1923) fue un éxito de taquilla, pero no convenció ni a Lubitsch ni a Pickford. Ninguno de los dos parecían moverse con comodidad. Todo lo contrario sucedió en Los peligros del Flirt (The Marriage Circle, 1924), la primera gran comedia hollywoodiense de alcoba de Lubitsch, la que aventuraba el «toque» que lo convertiría en uno de los directores más populares y admirados de Hollywood; lo de ser imitado quedaría aparte, ya que nadie era capaz de imitar ese «toque» suyo que le hizo ser reverenciado por cineastas de la talla de Billy Wilder, Otto Preminger o William Wyler. Al año siguiente de Los peligros del Flirt, realizaría otra de sus grandes comedias silentes. La produjo la Warner Brothers y esto puede chocar a quien piense en el sistema de estudios que empezaba a imponerse en Hollywood, ya que El abanico de Lady Windermere (Lady Windermere’s Fan, 1925) se ajusta, en su elegante ambiente, más a la imagen de un film Metro Goldwyn Mayer, o incluso uno Paramount, que a uno producido en los estudios de los hermanos Warner.


Por entonces, el estudio buscaba ser uno de los grandes —como la Universal, la Famous Players (Paramount) o la recién fundada MGM— y, para ello, estaba desarrollando junto a Vitaphone el sonoro. No le quedaba otra que revolucionar el mercado, para sanear sus arcas. Y si bien no logró dar el bombazo con Don Juan (1926), lo haría poco después con El cantor de jazz (The Jazz Singer, 1927), ambas dirigidas por Alan Crosland, que ha pasado a la historia del cine por ser el pionero del sonoro, más que por su mediocre genio cinematográfico. La imagen de Warner permanece asociada a sus películas sacadas de la calle, de la cotidianidad, de sucesos descritos por la prensa, aunque esto sería más habitual a partir de la entrada en juego de Darryl F. Zanuck. Eran más terrenales que fantasiosas, más carnales; todo lo contrario que los films de Ernst Lubitsch o el teatro de Oscar Wilde. Tanto el alemán como el irlandés tenían estilo, tenían su propio toque, sus universos creativos propios en los que el deseo y la apariencia eran dos de sus pilares. Así que ver a Lubitsch adaptando a Oscar Wilde prometía ingenio, humor sofisticado, ironía y elegancia al servicio de la sátira de clase, de la alta sociedad a la que pertenecen Lord y Lady Windermere (Bert Lytell y May McAvoy), y también Lord Darlington (Ronald Colman), la elite a la que pretende acceder la maternal arribista Edith Erlynne (Irene Rich), y en la que se sospecha que prima el deseo sexual sobre el amor y el cotilleo sobre la reflexión y la autocrítica. Ni el director ni el escritor solían crear sus obras alrededor de la clase obrera; y cuando Lubitsch lo hacía, sus personajes parecían caballeros y princesas, por ejemplo en las espléndidas Ninotchka (1939), El bazar de las sorpresas (The Shop Around the Corner, 1940) y El pecado de Cluny Brown (Cluny Brown, 1946), y lo parecían porque, en sus comedias, nunca quiso rodar realidad, sino lo irónico que sucede detrás…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...